Se llamaba Sixto Almada y había llegado de Paraguay en 1962. Era alto, de tez morena y rugosa, pese a que solo tenía 38 años de edad.
No bien arribó a Salta, asentó sus reales en el barrio Hipódromo, en Limache. Por entonces, era el más alejado de la ciudad y el único que estaba más allá de la banda sur del río Arenales, camino a Cerrillos.
En esa pequeña barriada, donde vivía casi exclusivamente la gente que estaba ligada al turf, fue donde don Sixto Almada, alias el "Paraguayo", se hizo famoso.
Fue en 1965, cuando en la noche del 24 de junio, en Limache, se encendieron los tradicionales fogones que todos los años hacían para San Juan. Pero esa noche, don Sixto Almada, en lugar de armar un fogón, solo se ocupó de encender, a la puerta de su casa, una gran fogata con leña.
Para ello echó mano a unos troncos de un eucalipto caído que, previamente, había trozado a hachazos.
Cuando los curiosos le preguntaban si estaba por hacer un asado con el fuego que cuidaba, el paraguayo respondía que se preparaba para realizar el tradicional "Tatá pi yé hasa", que en guaraní significa, según él, "con pies descalzos sobre las brasas".
Luego explicó que esa ceremonia solo se podía realizar para San Juan, pasada la medianoche del día 24. Es decir, a esa hora el paraguayo prometió caminar sobre las brasas que estaba preparando. Y obvio, la noticia corrió como reguero de pólvora por la pequeña barriada.
Fogones y caminata
Y así fue que aquella noche del 24 de junio de 1965, después de la 9 de la noche, los vecinos del barrio Hipódromo, uno a uno, fueron encendiendo sus fogones.
Los habían hecho con ramas de sereno, paja, sunchos y bien artillados con una buena reserva de pocotos cosechados en los alrededores.
Dicen que aquella noche más de 15 fogones lanzaron sus lenguas de fuego hasta el cielo, para jolgorio de chicos y grandes, pero que cuando el último comenzó a agonizar, todos los mirones dieron media vuelta y rumbearon para la casa del paraguayo.
Querían verlo a las 12 de la noche caminar sobre las brasas, tal cual había prometido.
La gente se agolpó frente al domicilio de Almada y faltando unos 15 minutos para la hora señalada, don Sixto salió "pata pila" de su casa portando un gran rastrillo. Se acercó a la leña ardiente y de a poco comenzó a desparramar las brasas en el suelo, mientras el gentío observaba expectante los movimientos del hombre, que permanecía serio, mudo, casi en estado de meditación.
De pronto, Sixto se acercó a un hombre y le preguntó la hora; luego le pidió que le avisara cuando fuesen las 12 de la noche en punto. Después caminó lentamente hasta un extremo del fuego; allí se deshizo del rastrillo, se arremangó los pantalones y se paró serio, firme, bien erguido y con la mirada perdida en el más allá.

La caminata
El gentío lo observaba respetuosamente; parecía que nadie respiraba; el silencio era casi sepulcral si no fuera por unos perros que como a media cuadra se les había dado por pelear. En eso, el hombre del reloj gatilló las tres palabras que todos los curiosos esperaban con ansias: "Son las 12". dijo. Entonces el paraguayo bajó los ojos, miró las brasas y despacio pero sin titubear, dio cinco o seis pasos sobre el fuego hasta que salió a la otra banda del braserío.
Espontáneamente todos aplaudieron, pero curiosamente nadie miraba su rostro o sus ojos, sino los pies. Sixto dio unos trancos y se recostó sobre el tronco de un árbol.
Allí, ayudándose con los brazos levantó su pierna derecha y mostró la planta del pie. La gente se agolpó para mirar de cerca esa planta que debía estar llagada, pero increíblemente no tenía ni una ampolla; nada; solo rastros de tierra y ceniza.
Don Sixto Almada había cumplido con San Juan y su fe lo había salvado de las quemaduras.

Una vieja tradición traída del Paraguay

Almada se comprometió repetir la proeza en la plaza 9 de Julio. Después que en aquella noche limachina de San Juan don Sixto Almada alcanzara la fama por caminar sobre las brasas, la prensa salteña comenzó a hablar de un milagro. Las dos emisoras de Salta, LV9 y Radio Nacional, lo entrevistaron y el diario El Tribuno no solo lo entrevistó, sino que además lo comprometió para que al año siguiente, el 24 de junio de 1966, volviera a caminar sobre las brasas, pero la próxima vez, en una fogata encendida en la mismísima plaza 9 de Julio.
El compromiso se formalizó y el público que quisiese asistir para presenciar semejante proeza debía abonar una entrada. La recaudación iba a ser destinada a solventar los gastos que por entonces demandaba la construcción del mausoleo de doña Corina Lona, fundadora de la Escuela de Ciegos.

Tradición paraguaya

En la conversa con este diario, don Sixto Almada contó que caminar sobre las brasas para San Juan era una vieja tradición paraguaya que él había conocido siendo muy niño.
"Recién me animé a caminar sobre las brasas en 1952, a los 24 años. Lo hice con mucha fe y por eso no me quemé. El secreto está en la fe ", dijo.
En cuanto a la distancia que podía caminar sobre el fuego, aclaró que no tenía un límite cierto, pero que entre medio metro y un metro, para él ya era suficiente para cumplir con San Juan.
Al final contó que no bien llegó a Salta no se animó practicar esa tradición traída de sus pagos porque temía que la gente de aquí lo tomara por brujo.

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