Eran dos hermanos que, al llegar de España, se entusiasmaron con el campo argentino y decidieron que en él estaba su futuro. Sus respectivas mujeres compartían su entusiasmo. Y el chaval, de unos 9 años, hijo de José, el mayor de los hermanos, también.
Se afincaron por un par de meses en las vecindades de San Miguel de Tucumán, pero el clima tucumano les resultó muy agresivo.
Finalmente acordaron trasladarse a la campiña de Salta. El clima es más benigno, dijeron. Y para esta provincia se mudaron.
Arrendaron una pequeña finca a pocos kilómetros de la capital, y como eran laboriosos y tenían experiencia en la actividad agrícola, con el éxito de su primera cosecha se vieron recompensados.
Un mediodía, mientras almorzaban, la mujer de Blas, el menor de los hermanos, comentó que había probado un pan "la mar de sabroso" que le había convidado la señora Josefa, nuestra vecina de la proveeduría. Ella hace el pan, y ella lo vende. Está hecho en "horno de barro", dijo.
-¿En horno de barro? ¿Qué es eso?, preguntó su marido.
-Sí, hombre. Yo sé. Tú los viste. Ahí también cocinan otras cosas, como carne de vaca y cerdo, que se desarma entre los dientes. ­Una manteca!, dijo su hermano.
-Oye, dijo Blas, bien podríamos hacer que nos construyan uno.
Las mujeres aprobaron la sugerencia y don José envió a su hijo Paquito a buscar a don Florio, un criollo del lugar, "que seguro sabe de estas cosas".
Bien. Cuando el horno estuvo construido y listo para ser usado, los dos hermanos españoles, "nacidos en Andalucía", decían orgullosos, resolvieron festejar el suceso con una comida, a la que invitaron a vecinos amigos y conocidos. Compraron un lechón para la ocasión, que condimentaron las mujeres de la casa, asesoradas por doña Lucía, la dueña de la proveeduría.
Mientras tanto, los varones se encargaban de tener el fuego a punto.
Y pronto el lechón fue introducido en el flamante horno, que estaba ubicado en el patio trasero. Desde la galería no se lo divisaba.
En la galería, en la que había sido puesta la mesa, los anfitriones y sus invitados bebían tragos y esperaban el manjar prometido.
Como a la hora, don José le pidió a su hermano que vaya a ver si el lechón ya estaba para ser ofrecido. Don Blas volvió con la novedad que "nada todavía".
-¿El fuego está bien?
-Perfecto, por las dudas le tiré unas leñas.
Pasó un buen rato, el don Blas volvió a ver "si ya estaba". -­Nada, nada! Está igual que cuando los pusimos.
-­Paquito, ordenó don José, ve urgente a pedirle a don Florio que venga! Parece que el horno que nos hizo falla por donde se lo mire. ­Ve!
Vino don Florio, ya enterado de la situación y, a unos diez metros del horno, soltó la risa que se convirtió en carcajada.
­Como para no reírse!
­Don José y don Blas, españoles de Andalucía, según ellos, pero de Galicia, según Paquito que fue quien aportó datos a este cronista, habían encendi do un fuego espléndido, crepi tante, debajo del horno de ba rro! En su interior solo estaba el lechón que así no se iba a coci nar aunque tronase.

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