Al cumplirse el próximo 24 de marzo los cuarenta años del golpe de Estado que dio origen a una dictadura feroz, con el saldo de miles de desaparecidos, torturados y asesinados, cabe realizar una reflexión histórica sobre la dimensión de esa tragedia.
Ese período estuvo signado además por la guerra con Chile que se evitó a último momento gracias a la mediación de Juan Pablo II, y por la derrota militar en el Atlántico Sur. Fue la culminación de una etapa violenta en la vida de la Nación que había comenzado el 6 de setiembre de 1930, cuando el Ejército desplazó de la presidencia a Hipólito Yrigoyen.
Desde entonces y hasta 1983, las Fuerzas Armadas funcionaron como una alternativa de poder al que llegaban por la fuerza y prescindiendo de los principios de la ley, la democracia y la república. Hubo golpes de Estado en 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976. Durante cada interregno democrático, los militares se fueron convirtiendo, con una naturalidad asombrosa, en árbitros de la vida política. Es evidente, también, que ningún golpe se realizó sin participación de la dirigencia civil.
A lo largo de 53 años prevaleció en la Argentina una cultura de facto, de la cual la dictadura fue la expresión extrema. El autoritarismo político dio origen a organizaciones armadas de izquierda y de derecha y a patotas políticas y sindicales que contaron con la connivencia de instituciones, partidos y núcleos académicos. Ese proceso trágico regó de sangre, de dolor y de odio a la sociedad argentina.
Entre 1976 y 1983, con el pretexto de defender las tradiciones occidentales y cristianas, se aplicó el terrorismo de Estado, comparable con las peores prácticas del stalinismo y el nazismo.
A partir de 1983, luego de décadas de una agobiante espiral de violencia, el país comenzó a transitar el camino de la democracia. La investigación de la Conadep y el juicio a los máximos jefes de las Fuerzas Armadas y de las organizaciones insurgentes instauró un auténtico hito histórico; apenas asumió el gobierno de Raúl Alfonsín y cuando el peligro de un nuevo golpe seguía latente, el "nunca más" mostró a una sociedad dispuesta a seguir otro rumbo.
Es hora de un análisis despojado de intenciones militantes, para que el dolor generado por el terrorismo comience a transformarse en enseñanza de vida.
Los asesinatos cometidos por la guerrilla y los imputables al aparato represivo ilegal causaron daños irreparables. Ninguna revolución, por equitativa y libertaria que se pretenda, justifica que la militancia política se transforme en práctica criminal ejercida desde la clandestinidad. Ninguna tradición y ningún valor ético legitiman la tortura, la desaparición de personas ni el robo de niños.
Aún se debate, en términos dogmáticos, si hubo o no guerra.
Hubo violencia, hubo crímenes y hubo arrasamiento de la vida institucional. Las organizaciones PRT-ERP y Montoneros hablaban y planificaban sus acciones en términos de guerra de guerrilla urbana y rural.
En ese contexto, la muerte era concebida como un instrumento político.
Los represores, en ese momento, hablaban de "delincuencia subversiva" y, posteriormente, justificaron las atrocidades que cometieron aplicando el concepto de "guerra sucia".
Ninguna guerra es limpia, pero ninguna guerra, además, justifica los tormentos a los prisioneros ni su muerte sumaria.
No hubo dos demonios, sino seres humanos enceguecidos por el odio mesiánico y la ambición de poder.
El precio de ese desatino se pagó en vidas humanas, libertades y posibilidades de futuro para la Nación.
El gravísimo riesgo que hoy se corre es la negación y la resistencia a la autocrítica.
Cuarenta años después, miles de familias ignoran la suerte corrida por sus hijos y nietos mientras que los responsables, juzgados y condenados, guardan impiadoso silencio.
Por otra parte, las generaciones que nacieron después de aquel golpe, construyen una imagen idealizada de esa época sombría. La década de los 70 ya se ha inscripto como uno de los momentos más crudos y decisivos de los dos siglos de historia argentina.
Es imprescindible que se corra el velo de silencios cómplices, de ideologías y de pasiones para que ese "nunca más" incorporado por el fiscal Julio César Strassera en su alegato contra las juntas se despliegue definitiva mente y para que nuestro país destie rre todas las formas de violencia polí tica y social.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial


Se está leyendo ahora