El huevo de la serpiente

Francisco Sotelo

El huevo de la serpiente

El huevo de la serpiente es una película de Ingmar Bergman, estrenada en 1977 y protagonizada por David Carradine y Liv Ullmann que interroga sobre los orígenes profundos del fenómeno más complejo de los últimos siglos de Occidente: el nazismo.
Cuatro décadas más tarde del estreno, y 93 años después de la época que describe la película, en la Argentina es posible hacer una relectura de su contenido.
El huevo de serpiente puede ser confundido con el de un ave u otro reptil. La diferencia es que las crías, apenas salen del cascarón, ya están en condiciones de matar con su veneno.
El nazismo ya no existe y las organizaciones llamadas neonazis son engañosas.
Los herederos del führer son otros, menos toscos que esos grupos de marginales y resentidos.
La clave del nazismo y de sus herederos actuales hay que buscarla en organizaciones políticas huérfanas de ideología; en eso se diferencian, entonces y ahora, de las diversas versiones del marxismo, las formaciones populistas que por el camino de las emociones intentan canalizar la insatisfacción con la cultura occidental, con el sistema republicano, con la democracia representativa y, en definitiva, con la modernidad.
Son los populismos de izquierda y de derecha que pululan por Europa. No nacieron de un proyecto teórico ni de un capricho, sino de focos insatisfechos de necesidades. Algunas son básicas; muchas otras, creadas por la sociedad de consumo. Pero todas son necesidades insatisfechas.
Allí está también la explicación de los inexplicables procesos del pretendido "socialismo del siglo XXI", que hoy muestran al grotesco Nicolás Maduro como timonel del naufragio venezolano y a Cristina Fernández de Kirchner y gran parte de sus funcionarios imputados en causas de corrupción de gravedad inusitada.
La agresión que sufrió la periodista Mercedes Ninci en Comodoro Py muestra a La Cámpora en toda su dimensión.
No se trata solo de los patoteros clásicos que rodean a Andrés Larroque, Guillermo Moreno, Luis D'Elía o Fernando Esteche, fácilmente asociables con el fascismo.
En esa violencia, que además de atacar a la libertad de prensa incluye una agresión de género, son cómplices personas de cierto vuelo académico, como Raúl Zaffaroni o Axel Kicillof; dirigentes de perfil progresista, aunque obsecuentes, como Martín Sabbatella, y todo el elenco de actores kirchneristas que llevaron a la pantalla la denuncia contra la violencia del pasado.
Ninguno de ellos estaba en Comodoro Py reivindicando a un líder revolucionario encarcelado por una dictadura sino a una expresidenta que debe responder ante la ley por la venta de 16 mil millones de dólares a precio vil, que obligó al Estado a recomprar esos mismos dólares con un 50 por ciento de ganancia en cuatro meses.
"Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado", dice uno de los protagonistas de la película de Bergman. Lo que ocurre es que el futuro de ese embrión es absolutamente impredecible.
La disyuntiva que afronta la sociedad argentina no pasa ya por las ideologías; tampoco parece simple formular una contraposición filosófica o jurídica.
A medida que la calidad de vida, el desarrollo humano y la educación declinan, los diagnósticos y las respuestas que dominan la opinión pública, cada vez más, expresan alineamientos y emociones, y pocas ideas.

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