Durante los próximos cinco meses, el mundo estará pendiente, como nunca lo estuvo en las últimas décadas, de lo que ocurra con las elecciones presidenciales del martes 8 de noviembre en Estados Unidos. Gobiernos y empresas postergarán decisiones importantes hasta conocer quién será el próximo presidente estadounidense, ante la profunda incertidumbre sobre cuál sería el escenario internacional en el caso de un posible triunfo de Donald Trump, quien irrumpió el año pasado como el "candidato imposible" para transformarse ahora, al menos en el campo del pensamiento "políticamente correcto", en la temida "bestia negra" de la política mundial.
Por aquello de que el éxito atrae el éxito, las encuestas indican una impresionante trepada de Trump en las encuestas electorales. La última medición de Reuters-IPSOS lo colocó con el 40% de la intención de voto, a sólo un punto porcentual del 41% de Hillary Clinton. Si bien la volatilidad de la opinión pública impide certificar si se trata de una tendencia sostenida o sólo de la espuma exitista ante el retiro de sus adversarios en la competencia del Partido Republicano, los analistas se ven obligados a computar que Trump, aún sin ser el candidato favorito, tiene posibilidades de acceder a la Casa Blanca. Y esa sola hipótesis conlleva un cambio significativo en la agenda política global.

Una sociedad insatisfecha

Un estudio realizado por el "Wall Street Journal" permite internarse en los aspectos cualitativos de esa intención de voto. El 53% de los consultados considera a Clinton como mejor preparada que Trump para ejercer la primera magistratura. En ese punto, el magnate recibe sólo el 21%. Pero cuando la pregunta es sobre quién de ambos está en mejores condiciones para "liderar un cambio en los Estados Unidos", el 37% se inclina por Trump y el 22% por Clinton. La conclusión es que, con su serena veteranía, Clinton corporiza la tranquilizadora imagen de la continuidad y, con su desbocada impetuosidad, Trump encarna la azarosa aventura del cambio.
En una sociedad hondamente insatisfecha, esa constatación no es para nada halageña para la candidata demócrata. Permite también entender una novedad que desvela a los politicólogos: un sondeo reciente, hecho en West Virginia, consignó que un tercio de los votantes del precandidato izquierdista Bernie Sanders, el digno aunque perdidoso rival de Clinton en las primarias de su partido, estaría dispuesto a votar por Trump. Este indicio confirma la presunción de que, más allá de las opciones ideológicas de izquierda o de derecha, en la base del fenómeno de Sanders existe un sentimiento "anti-político" similar al que se advierte entre los partidarios de Trump.
Emerge entonces una hipótesis inesperada: a pesar de su fuerte imagen negativa en la opinión pública, orilla el 67%, el candidato republicano estaría potencialmente en mejores condiciones de retener el voto conservador, que en las primarias republicanas se inclinó por su principal contrincante interno, el senador texano Ted Cruz, que Clinton, cuya imagen negativa también es alta (56%), de atraer el voto de los demócratas que apoyan a Sanders.

El desconcierto en acción

La desorientación del "establishment" republicano lleva a que algunos de sus dirigentes barajen alternativas desesperadas. Hasta hace unas semanas, todas las apuestas iban a que Trump no consiguiese mayoría propia de delegados y que, en el escenario de una convención abierta, se pudiera elegir a un candidato que no hubiese participado en las primarias. Frustrada esa posibilidad aparece ahora la variante de alentar subterráneamente la irrupción de un "tercer candidato", que competiría por fuera de la estructura partidaria y buscaría capitalizar los elevados índices de rechazo de Trump y Clinton. En los mentideros políticos, se mencionan varios nombres, entre ellos Mitt Romney, quien perdió frente a Barack Obama en las elecciones de 2012, o del ex gobernador de Texas, Rick Perry.
En la historia electoral estadounidense, la experiencia de los "terceros candidatos" ha sido escasa y poco exitosa. En 1992, el multimillonario Ross Perot, con una impresionante campaña publicitaria, logró el 19% de los votos. Con esa performance, fracturó la base republicana y posibilitó el triunfo de Bill Clinton. En 1968, en un caso planteado políticamente a la inversa, el ex gobernador demócrata de Alabama, George Wallace, se presentó como candidato independiente, dividió el voto de su partido y permitió la victoria del republicano Richard Nixon. Todo indica que, en las presentes circunstancias, la presentación como tercer candidato de una figura de extracción republicana sólo serviría para asegurar la derrota de Trump.

Hillary, contra las sogas

En este escenario, entra a jugar otro riesgo: la agresividad de Trump en la campaña puede colocar a Clinton en una situación harto incómoda. El republicano no vacilará en emplear los más variados recursos de confrontación sin tener que someterse a la prueba de la veracidad de sus promesas. Su rival, con su larga trayectoria en la Casa Blanca durante ocho años junto a su marido y luego en la Secretaría de Estado de Obama, tiene vedada esa posibilidad. Es más lo que tiene que defender que lo que está en condiciones de prometer.
Es fácil imaginar situaciones en las que Trump puede acorralar a Clinton en temas de alto impacto en la opinión pública.
La prensa estadounidense da cuenta en estos días de los trascendidos sobre un informe del Congreso en los que se acusa a funcionarios del Gobierno de Arabia Saudita de complicidad en los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001.
“Por aquello de que el éxito atrae el éxito, encuestas indican una trepada de Trump en las encuestas”
Semejante imputación pone a la Casa Blanca bajo la sospecha de encubrimiento. Washington no puede arriesgar una disputa con Ryad, su tradicional aliado en el mundo árabe, pero Trump, con las manos libres, puede asumir una actitud de confrontación con los sauditas que difícilmente podría sostener desde el gobierno, pero mientras tanto puede rendirle grandes beneficios electorales.
En otro plano, sucede algo similar con la discusión sobre la declaración de China como "economía de mercado", que el gobierno de Beijing aspira a obtener en los próximos meses en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC), un reconocimiento que le permitiría afrontar en mejores condiciones las continuas acusaciones de "dumping" industrial.
Clinton tendrá que manejarse con cautela, mientras que Trump está dispuesto a prometer lo imposible y enarbolar la bandera del proteccionismo en defensa de las empresas y trabajadores norteamericanos.
En definitiva, Clinton tiene que eludir su responsabilidad política por haber formado parte de una administración durante la que Estados Unidos perdió la hegemonía política que había logrado en 1991 con la desaparición de la Unión Soviética, quedó sumido en el pantano de una guerra contra el terrorismo islámico y está cerca de dejar en manos de China el título de primer potencia económica mundial.
Trump promete volver a los "viejos buenos tiempos". Los estadounidenses eligen y el mundo entero aguarda su decisión.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora