Una mirada a nuestros primeros 200 años de vida independiente nos permite identificar dos ejes: El auge y posterior crisis del ideario republicano sostenido por quienes lideraron los inicios de nuestra vida como nación soberana. El segundo, atañe al peso determinante de las tensiones, querellas y guerras alrededor del funcionamiento de las instituciones de gobierno y de producción y de la articulación Estado/sociedad.
Estos enfrentamientos radicalizados afectaron y afectan a la paz de los argentinos, a la vigencia de la "constitución económica" (de inspiración alberdiana), a nuestros vínculos con el mundo, a las relaciones laborales, al estado de bienestar, y a los regímenes de responsabilidad política, civil y penal de los gobernantes.
El Congreso de Tucumán de 1816 fue un ámbito de excepcional calidad intelectual y moral que, al declarar la independencia y analizar el diseño de la naciente república, tuvo en cuenta el contexto mundial y las ideas avanzadas en materia de libertades y de buen gobierno. Los congresistas miraron a Europa y a los Estados Unidos buscando un modelo de civilización para extenderlo a lo largo y ancho de nuestro territorio y a todos los sectores sociales.
Las guerras de la independencia y las disensiones internas, le impidieron culminar su triple cometido: sancionar una Constitución aceptada por los principales actores políticos, consolidar la paz interior y educar al soberano.
Pudo, no obstante, enunciar preocupaciones y metas que configuran la "gloriosa carga" (Borges), una suerte de mandato o encomienda a las futuras generaciones.
Nuestro proceso constituyente
Tuvimos que esperar cuarenta años para que la Argentina se diera una Constitución de las características imaginadas en 1816. La Carta reflejó algunos consensos, pero también influencias del resultado de la batalla de Caseros y su contexto.
A lo largo de su vida la Constitución de 1853/60 sufrió tensiones y cuestionamientos a su legitimidad. Así ocurrió, por ejemplo, en 1949 y más adelante a raíz de enmiendas y aboliciones dictadas por gobiernos de facto.
Hoy, pese a nuestras inconsecuencias y a las alteraciones que emanan del irregular funcionamiento del entramado político contemporáneo, afortunadamente el texto del siglo XIX concita un alto grado de autoridad política y de consenso social y jurídico.
En el ínterin (1994), las fuerzas políticas entonces mayoritarias lograron un sólido consenso alrededor de principios fundamentales y alumbraron un renovado bloque constitucional federal y cosmopolita. Un consenso que, de varias maneras y por encima de ciertos aspectos coyunturales, enlaza con los ideales de 1810/1816, y profundiza principios asumidos en 1853/1860.
Me refiero a la incorporación en la cúspide de la pirámide- de los tratados internacionales sobre derechos humanos, y al reforzamiento de su vigencia por la intervención garantista de tribunales supranacionales.
Pero, como es notorio, este acotado consenso político se quebró muy pronto. Por tanto, los argentinos tenemos por delante la enorme tarea de rescatar, perfeccionar y desarrollar los acuerdos históricos, acotar las discrepancias, y trasladar las reglas y los principios escritos a la vida cotidiana. O, dicho en otros términos, el desafío de construir una Democracia Constitucional (Ferrajoli).
La conmemoración del Bicentenario del Congreso de Tucumán debería ser, entonces, ocasión propicia para repasar y revalorizar su ideario fundacional. Para analizar nuestro déficit democrático. Para procurar, desde las distintas posiciones (por antagónicas que sean o parezcan), construir consensos y perfeccionar los pocos que sostienen nuestro precario andamiaje político, social y económico.
Para atender nuestras carencias en los vitales terrenos de la educación, la cultura cívica, el apoyo a la familia, la formación profesional, la convivencia entre las personas (tenemos severos problemas de violencia en muchas áreas) y con el ambiente, y la cohesión territorial y social. Para, en fin, reconstruir los incentivos que promuevan la cultura del trabajo, la honradez y la solidaridad.
Por supuesto que aquel ideario histórico requiere nuevas elaboraciones que, sin mengua de su contenido esencial, incorporen los avances teóricos y empíricos que día a día se suceden en el ámbito de las ciencias sociales, de la ingeniería institucional, de las relaciones internacionales, de las tecnologías de la información y la comunicación.
Pienso que debemos abordar, con toda urgencia, estas tareas, sabiendo que muchos (sino todos) los paradigmas que guiaron y consolidaron a las sociedades nacionales del occidente democrático y desarrollado, que nos sirvieron de punto de referencia, se encuentran en crisis o han sido renovados.
Nuestra realidad contemporánea se muestra cargada de elementos que llaman a un cierto pesimismo: estamos lamentablemente lejos de un debate que conduzca a consensos estratégicos. Lejos de un estado de ánimo colectivo propicio para enterrar la ley del odio (esa “hidra feroz”).
Hacia un nuevo consenso
A lo largo de estos 200 años es fácil advertir la clara supremacía de los períodos de confrontación, enconos y desencuentros más o menos violentos, frente a los acotados momentos consensuales.
Y no me refiero a las legítimas discrepancias, conflictos y tensiones, propios de las sociedades plurales, sino a las encendidas disputas alrededor de asuntos sustantivos e incluso menores que, en otras latitudes, se han saldado -hace tiempo ya- con consensos duraderos que facilitaron el progreso y la convivencia.
A lo largo de nuestra historia trazamos líneas con pretensión identitaria para marcar divisiones profundas entre “nosotros” y “los otros”:
-Mayo, Caseros, Revolución Libertadora
-Rosas, Irigoyen, Perón, Kirchner
-Unitarios - Federales
-El régimen - La causa
-Autarquía - Integración
-Peronismo - Antiperonismo
-Patria peronista - Patria socialista
-Terrorismo bueno - Terrorismo malo
-Populismo - Liberalismo excluyente
Si bien algunos líderes ofertaron consensos -“ni vencedores ni vencidos” (Urquiza, Lonardi), “Gran Acuerdo Nacional” (Lanusse), o el Mensaje de Perón ante el Congreso (1 de mayo de 1974)-, ninguna de estas proclamas encontró ecos entre los vencidos o convocados. Al final, siempre, “el furor de mando alentó los fuegos de la protesta”.
Cada vez que confrontamos alrededor de los principios democráticos, de los derechos fundamentales, de las libertades, del modelo económico constitucional, de la paz interior, o de la conformación de las instituciones, entramos en emergencia.
Y rondamos la tragedia cuando adoptamos visiones totalitarias que subordinaron todos los poderes a la voluntad de un jefe o caudillo, o proclamamos que la mayoría puede someter a las minorías e, incluso, gobernar al margen de la Constitución. Cuando nos dejamos guiar por la ley del odio o cuando algunos apelaron a las armas.
Necesitamos edificar un nuevo


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