Un billete en hindi e inglés promete que mi tren a Nueva Dheli partirá del anden 1 a las 19.15. Presuroso le dije a mi chofer que quiero estar una hora antes para ver la India sintética, que condensa una estación de tren, Sing (el chofer) con una sonrisa permanente me dice, aunque llegue 5 minutos antes igual tendrá tiempo, no obstante una hora antes de la partida estipulada me llevo a la estación central de Varanasi.
Con un saludo reverencial como si despidiera a un británico que se va para volver pronto, extendiendo su mano amigable, a este compañero de tantos kilómetros recorridos juntos, me despido con una mezcla de seguro nunca más nos volveremos a encontrar y tal vez mañana en algún lugar recóndito de esta caja de sorpresas que es la vida nos entrelazaremos en interminables y parsimoniosas charlas mientras gastaba mis siete vidas con su conducción, pero esto amerita otro capítulo.
Al darme vuelta me da la bienvenida un edificio inmenso, adornado con cientos de guirnaldas en colores verdes, blancos y rojos. Los colores de la bandera, ya que celebran el día de la república.
Y allí mismo donde mis ojos repletos de imágenes, necesitan parpadear para abrir nuevos archivos... me asaltaron miles y miles de personas, vacas, monos, autos, motos y nada de lo que una mente occidental pueda estar preparado para ver. Esto es lo que se llama viajar en tren en India.
Me acerco al inmenso cartel de información verifico el anden de mi tren y atención, en el acto me di cuenta del último aprendizaje que me dejó mi Coche hindú Sing.
Mi tren tiene una demora de ­­4 horas!! Tiempo suficiente para vivir la India desde una estación de trenes que, aunque fue diseñado por ingleses, no tiene nada que ver con la puntualidad británica.
¿Qué hago en 4 horas aquí?
Aprender!! Inmediatamente en mi mente inquieta salí y busqué un lugar libre en algún banco... encontré el banco más grande del mundo: era el suelo lleno de mugre, tierra y cuanta cosa puede estar sobre él; por donde pasan casi 500.000 personas al día y animales. Y ese piso está ocupado totalmente.
Miro buscando y preguntándome qué hago allí y así me lanzo a vivir lo inevitable.
Encuentro un lugar debajo de un cartel que publicita no se qué, y desde ese espacio donde todos estamos a la misma altura se puede ver un mar calmo de gente. Sólo se ofuscan los que llegan y confirman sus demoras, pero se van calmando, los ojos salen a la caza del lugar, se hacen espacio y se preparan para el gran ritual hindú en todos los lugares... hacer nada.
En esa nada, que es lo único que entra en el vacío hay que encontrar lugar adentro, vaciando lo que no nos permite recibir, lo que sucede en cada milímetro alrededor.
Y como todo lo que sucede conviene, conviene que salgamos a dejar entrar esta India impactante.
En este espacio, la organización de un tumulto es una definición romántica, el caos viene a pasar sus vacaciones.
Aquí esta una de las síntesis de un país desbordante que ya se auto proclama ser un sub continente.
En este campo de concentración, pues es necesario estar así, porque en cualquier momento la demora anunciada te avisan que esta saliendo tu tren y velozmente tendrás que salir de meditación, allí mismo aparece un leproso con sus pies carcomidos arrastrándose, casi limpiando la alfombra de tierra extendiendo su mano y mirándote con un solo ojo entrenado para la súplica y cuando recibe su limosna recién abre el otro, se va moviendo con una danza pendular, pasa al lado del vendedor de diario, que vocifera con gritos largos mientras que le compran para leer, pero más para acostarse sobre las noticias que hablan de una India poderosa de la que ellos poco participan.
Aparecen hombres de la mano, una costumbre, parecen jugar a la farolera, buscando que levanten la barrera, pero no hay coroneles, sólo policías con largos palos para poner orden a la distancia, con sus mauser sacados del museo pasean erguidos sabiéndose de una casta moderna privilegiada.
Todo tiene rastros de "Pan", una mezcla de tabaco Ashis, chocolate y especias que literalmente los de estas tierras están masticando todo el día y cuando no lo mastican lo escupen en cualquier lugar quedando regado el suelo de una mancha roja.
Los errantes son una cantidad de seres que en sus atuendos de sólidos e intensos colores marchan a ningún lado con paso firme solo acompañados por un palo, buscando el nirvana, mientras una limosna le recuerda que hay que poner algo en el estómago.
Los lustrabotas trabajan en equipo, de repente te encontrás con heces de vaca en tus zapatos justo cerca de uno de ellos, y cuando buscas que te limpien y saquen ese nauseabundo olor, por supuesto que el costo aumenta automáticamente, ver esto me causo mucha risa, es que el socio del lustrín con un palito flexible le va tirando a los prospectos con puntería inigualable el regalo de la reencarnación del dios shiva, para poner una metáfora... eso es trabajo en equipo.
Las mujeres enfundadas en sus saris multicolores sentadas rodeadas de bolsos las casadas y libres de todo, las solteras...
Las casadas muestran en la línea del medio de su peinado una raya roja que de acuerdo a la vida que le augura a su marido es más larga o más corta, se nota que hay de todas las expectativas, inmediatamente sonrió pensando como sería la raya de ciertas personas que conozco.
El vendedor de juguetes para niños recorre los laberintos humanos cargando en su cabeza una inmensa bandeja repleta de maderas haciendo sonidos mientras que en su mano derecha va jugando e intensifica más en la proximidad de un cliente donde se detiene haciendo magia de sonidos.
Indudablemente, los ruidos aquí tienen una importancia mayúscula.
Los niños juegan con sus ojos profundos taladrantes de candor, con los otros de aquella isla de gente que esta a escasos metros, permanecen sentados al lado de los mayores, en silencio, sólo sus ojitos movedizos muestran sus ganas de jugar. Desde afuera ingresan poderosas las canciones de mantras de un grupo de bramanes que están cantando ya hace horas con sus sonidos particulares y sus pequeños platillos taladrantes, cantan a la elevación... y piden que llegue el tren.
Los olores a comida inundan en oleadas el lugar con ráfagas de especias donde el picante y su majestad el curry hacen saber de su omnipresencia.
Los vendedores de frutas en grandes bandejas circulares ofrecen peladas una sinfonía de colores de dudosos sabores
Los jóvenes con sus vestimentas cada vez más occidental se sacan fotos mostrando sus impecables dientes en una sonrisa que sale armada pero intensa, por supuesto que el festival de celulares se hace presente en cada foto y no buscan fondo... no hace falta, donde te pongas habrá gente.
En la esquina de la inmensa sala de espera hay un notario en su escritorio móvil que certifica lo que necesites a último momento y con un festival de sellos atestigua la transformación de un papel en poder.
Los acarreadores de equipajes con sus carros de la época del genocidio alemán llevan paquetes, quién sabe que a dónde y para quién.
Con sus caras enfundadas en arrugas, muestran la trayectoria generacional del oficio, se abren espacio entre el gentío solo con un lacónico grito y el mar de almas se mueve en cuestión de segundos y todos volvemos como el mar a tocar nuestra playa.
De repente el inmenso, único interlocutor, el cartel, se rompe ocultando toda esperanza, lejos de preocuparse, mis ya compañeros ni se inmutan, mientras pienso, bueno me quedaré a vivir aquí mientras juego a encontrar las siete actividades que haría.
Sorpresivamente las encuentro y nuevamente siento que todo lugar es nuestro lugar si aprendemos a encontrar qué hacer o no hacer.
A todo esto aparece intempestivamente la gran compañera de la noche de Varanasi: la niebla que pone una capa de misterio aún mayor a este espectáculo de ruidos y silencios
Todo ahora se convierte en una densa sensación de ahogo, de humedad y frío. Las pashminas hacen una gran danza reacomodándose al ritmo de sus dueños que con destreza sin igual, cubren su cabeza, el pecho y en una vuelta magistral la espalda quedando en una sugestiva punta en el medio de su sus piernas el extremo del género, hasta con olor a cachemira, el infaltable golpecito de la mano derecha sobre el hombro izquierdo hace como de pegamento para que ese bello género guarde reposo abrigando y dando glamour a un espacio por momentos tenebroso.
A mi lado el señor del turbante bordó, note que esta a punto de escupir su pan, y sólo estoy atento a que no me salpique ese líquido hacedor de ensoñaciones y así como así, en un instante abre su boca y una catarata de saliva roja va a parar allí adelante, al límite del anden, mira para otro lado y otro poco de pan ingresa a su boca sedienta de más ensoñaciones y de un piso que se resigna a recibir su pintura roja permanentemente.
A unos metros y sobre el anden, un pequeño monolito de un metro y medio se yergue en medio del anden con una canilla desmantelada, me acerco y nuevamente el asombro aparece con un cartel que informa: urinal le avisa a la próstata que aquí también se pensó en ella, no en el entorno pero en ella si, y allí mismo, sin recato alguno hacemos cola, sino cualquier pared es voluntaria mansa de estas inquietudes.
Aquí todo se aguanta, las demoras, el tránsito, el ruido, pero las ganas de orinar, defecar o eructar, eso sí que no.
Es más, estoy escribiendo esto ya casi llegando a Dheli en mi asiento compartido de hindúes y es una sinfonía de todos los ruidos gástricos que se imaginen, acompañados por los de la nariz en este coro interior estrepitoso.
Más de 10 millones de personas transporta el tren en India por día conectando más de 7.000 estaciones que son la réplica de este microcosmos, lleno de color, olores y sensaciones. Indudablemente compruebo que viajar en tren en India es haber estado en las entrañas de la síntesis en donde lo místico se confunde con lo pragmático. Todos esperamos algo aunque sea un tren y eso ya habla que hay un lugar y un tiempo en donde el aquí y ahora juegan a embriagarnos con un no futuro con un no destino haciéndonos dar cuenta de que la prisa es eso que te lleva a volver para quedarte quieto observando cómo el mundo adentro tuyo se mueve buscando descansar... hay tiempo, hay vida y como sí fuera poco esto, el tren se detuvo no sé cuanto tiempo, y mi vida se mueve más adentro en cada instante en esta experiencia única e iniciática. Me dispongo a prepararme para no hacer nada: gran deporte hindú.
Y ya llevo 18 horas desde que Singh me dejó en la estación... nada al lado de las millones que pasé en mi vida... camino a nueva Dheli .

¿Qué te pareció esta noticia?

Temas

Sección Editorial

Comentá esta noticia


Rosana  GARCÍA
Rosana GARCÍA · Hace 1 mes

INTERESANTE artículo....descripción que te permite cerrar los ojos y conocer un pedacito de mundo...

Rosana  GARCÍA
Rosana GARCÍA · Hace 1 mes

Interesante nota y muy descriptiva ....cierro los ojos e imagino un pedacito de mundo...

VENGADOR
VENGADOR · Hace 1 mes

ESTE ES EL FUTURO DE LA CLASE MEDIA DE MACRI

martin catalan
martin catalan · Hace 1 mes

Y varias veces.

martin catalan
martin catalan · Hace 1 mes

Interesante.. Lástima que escribiste mal la palabra Delhi.

Se está leyendo ahora