El 35,8% de pobreza en el NOA y el 40% en el NEA muestran la cruda realidad de un país fracturado. Sin embargo, el 32% de pobres a nivel nacional luego de 33 años de democracia y de una década de prosperidad de origen externo, alentada por los precios de los cereales y del petróleo, son la evidencia de un país fracasado.
El populismo y la incompetencia convirtieron a la Argentina en una fábrica de pobreza. No es cuestión de buscar culpables. El intenso debate desencadenado, apenas el Indec dejó de disfrazar la realidad, obliga a revisar qué lugar ocupa la pobreza en la agenda mental de la dirigencia. Como la cultura política de hoy sigue impregnada de las ideas tradicionales, un análisis de lo que significaron los pobres para los dirigentes de la generación del 80, los del radicalismo y los del peronismo, muestra que muchos valores de esos movimientos fundacionales solo quedan hoy en la retórica.
Es claro que a partir de la reactivación económica iniciada en 2002, el PBI, la pobreza y las cuentas de algunos funcionarios y amigos crecieron a tasas chinas. Pero el árbol no debe tapar el bosque.
Haber distorsionado los datos del Indec para disimular la inflación y la pobreza fue solo una parte. La pobreza por ingreso, que eso es lo que mide el organismo, es variable y fluctuante.
La exclusión, en cambio, es pobreza estructural y superarla llevará muchos años a partir de que un gobierno tome la decisión de intentarlo. La exclusión supone quedar al margen de la vivienda digna, del empleo decente, de la educación, del esparcimiento; hoy, los sectores pobres sufren, además, la violencia del paco, que es un nuevo factor en un escenario socialmente complejo.
El Indec informó el miércoles sobre un 6,3% de indigentes. No menos de 2.700.000 personas que no tienen para comer. Esto sucede en un país con capacidad de generación de alimentos para 400 millones de personas, y con perspectivas de duplicar esa producción.
La explicación debe buscarse en la ineficiencia del Estado y en la indiferencia generalizada en nuestra sociedad hacia la suerte de los demás.
Las estimaciones del Observatorio de la Universidad Católica Argentina advierten, asimismo, sobre un 15% de argentinos que ya quedaron fuera del sistema; alrededor de seis millones y medio de personas que suman tres generaciones de desocupados.
El censo 2010 informó que 36 mil hogares salteños (el 12%) cocinaban con leña; y que 133 mil (45%) lo hacían con garrafa. La realidad social del interior de nuestra provincia permite formular un diagnóstico sombrío: en las ciudades grandes, el 20 % de la población vive en asentamientos. La desempleo es incalculable, los municipios se convirtieron en cajas provisorias de trabajo y los subsidios sirven para brindar una mezquina base de sustento para que la gente pueda "rebuscárselas con changuitas", fuera de la ley laboral y, con frecuencia, en el comercio clandestino.
La pobreza en nuestras provincias es estructural, pero no obedece a falencias culturales, como se argumenta a veces.
La primera explicación hay que buscarla en la grieta de la educación pública: hoy encontramos escuelas para incluidos y escuelas para excluidos. Para la mitad de los niños, las perspectivas de futuro están cercenadas desde el aula.
La otra explicación la ofrece la actividad económica. El Norte Grande, sin industria, transporte ni infraestructura básica suficiente, tiene una población de 8.300.000 habitantes, el 21% de la del país, y contribuye con el 9,8% del PBI nacional (6% el NOA y 3,8% el NEA).
La idea del país federal tampoco sale de la retórica.
No es la única ilusión. La realidad social demuestra que los problemas de las personas no los resuelven la "mano invisible del mercado", la mecánica burocrática del estatismo ni muchos menos la alquimia populista que trata de navegar a dos aguas entre el Estado y el mercado.

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Sección Editorial

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Erik Larsen
Erik Larsen · Hace 2 meses

La mano invisible del mercado no es lo que soluciona los problemas de la gente, estamos de acuerdo. Lo que soluciona los problemas es salir a laburar. Para salir a trabajar y encontrar trabajo, es necesario que la mano del mercado opere libremente y sin restricciones. Pero siempre vienen los gobiernos a atar esas manos, y después dicen que el mercado no funciona, pero en realidad son ellos los que maniataron al mercado.


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