El asesinato de un embajador ruso a manos de un policía turco en Ankara es de por sí un mensaje cifrado, que se interpreta cuando el agresor termina inmolado mientras interpela reclamando por la tragedia humanitaria en la ciudad siria de Alepo.
El laberinto de Medio Oriente aparece hoy más intrincado que nunca.
La pantalla teocrática del Estado Islámico lleva al paroxismo la sobreactuación terrorista, y se convierte en un ariete de las grandes potencias regionales, como Arabia Saudita, y otros intereses más disimulados.
Hoy el Estado Islámico se enfrenta a los regímenes pro-
chiítas de Siria e Irán, que buscan reubicarse en el tablero mundial de la mano del líder ruso Vladimir Putin.
Los giros espásmodicos de la dictadura turca de Recep Erdogan han llevado a este régimen del enfrentamiento armado con Moscú (hace un año su fuerza aérea derribó un avión ruso, un momento en que abrió sus puertas a los terroristas del EI, o ISIS) a la actual alianza con Putin, que desembocó en la caída de Alepo.
Esta larga batalla de cinco años en la ciudad más grande de Siria se convirtió en una crisis humanitaria de dimensiones históricas, al tiempo que posicionó a Damasco y a Irán.
El policía Mevlt Mert Altnta no mató al embajador Andrei Karlov por un capricho, sino por una decisión militar perfectamente calculada.
Es difícil prever hoy las consecuencias de esta provocación. Si Rusia tiene éxito en sostener el régimen sirio de Bashar al Assad y si, a su vez, alienta las aspiraciones nucleares de Irán, los resultados podrían ser una pesadilla.
A esto debe sumarse lo sorprendente y novedoso del mundo en el siglo XXI. La llegada Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos es la frutilla del postre de un proceso que ha permitido encaramarse al primer plano a muchos líderes de mano dura y escaso apego a las tradiciones democráticas y a los derechos humanos.
El crimen de Ankara, ciertamente, es para no distraerse.

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Sección Editorial

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