Acumulación era la de antes...
Cuando los economistas estaban más interesados que ahora en las teorías sobre la acumulación del capital, había varias que rivalizaban entre sí, como la de Ricardo por ejemplo, que consideraba imprescindible que Inglaterra reorientara su producción desde la agricultura hacia la industria, o la de Marx, que entendía que era imposible que bajo el capitalismo pudiera expandirse indefinidamente la acumulación del capital, lo que abriría las puertas al socialismo. Más acá en el tiempo, la teoría neoclásica sostiene que no habría límites a la acumulación en tanto la tasa de ahorro y/o la tecnología le facilite las cosas a las economías, más algunos refinamientos modernos relativos a los aportes de la innovación y desarrollo, o el capital humano. Por alguna desconocida razón, los economistas dejaron de ocuparse de las teorías de la acumulación y, más o menos eclécticamente, se limitan ahora a hacer recomendaciones cortoplacistas respecto al papel de los bancos centrales que deben cuidar el valor de las monedas domésticas, y los gobiernos que deben mantener un razonable equilibrio fiscal, en una postura bastante cercana al antiguo laissez faire que recomendaba que, como por lo general los gobiernos generan más males que bienes públicos, cuanto más se abstuviera el estado de intervenir, mejor; algo así como minimizar costos, ya que no habría forma de maximizar beneficios sociales vía operatoria de los gobiernos. Lo anterior andaba más o menos bien para las economías desarrolladas -haciendo caso omiso del lenguaje "económicamente correcto" que sugiere evitar llamar a las economías subdesarrolladas, precisamente subdesarrolladas y a las desarrolladas, desarrolladas... aunque luego de la crisis de 2008 las cosas se complicaron. Dejando de lado las economías del primer mundo -la expresión tampoco es elegante, ¿no? - las de los otros mundos, ante el colapso de las teorías marxistas y la poca efectividad de la teoría neoclásica -¿cómo se puede pedirles a las economías subdesarrolladas que eleven la tasa de ahorro o mejoren una tecnología que no poseen?- probablemente se sintieron en libertad de inventar nuevas teorías de acumulación, como la del venezolano Nicolás Maduro, cuya economía tiene crónica de muerte anunciada y prácticamente verificada, o la de la Argentina kirchnerista, teoría que nunca se supo muy bien en qué consistía, excepto por sus efectos: aumento de la pobreza, de la inflación, del déficit fiscal, cierre externo, etc. Los acontecimientos recientes, unidos a viejas denuncias desoídas en tiempos de la justicia kirchnerista, muestran que, en realidad, la Argentina de la era K sí tenía un modelo de acumulación: el de la riqueza personal de los ahora exgobernantes. En efecto, ahora se entiende porqué el expresidente Kirchner, de quien nadie tenía conocimientos de su existencia en tiempos de la dictadura militar, resultó ser un defensor de la primera hora de las víctimas de sus excesos y habilitó generosas donaciones a las organizaciones de derechos humanos. También queda claro porqué tanta resistencia a defender el autoabastecimiento energético y en forma simétrica, el claro entusiasmo por la importación de combustibles. O la encendida defensa de la obra pública que, aunque se materializaba con cuentagotas -al punto de haberse inaugurado repetidas veces obras que en realidad nunca se concluyeron- sumaba infinitos montos. También, la proliferación de hoteles en la Patagonia y la consiguiente valoración de terrenos que previamente se compraron a precios insignificantes. Podría continuar dándose ejemplos con la "marroquinería", traducida en numerosos bolsos, bolsones, valijas y otras parecidas, todas ellas con idéntico contenido, aunque de distinto monto. En resumen, todo tiene sentido y se explica en la "acumulación de capital", no de la economía, sino del de los ahora exgobernantes. Por supuesto, la elección de un discurso "progresista" era lo de menos: probablemente, si la oportunidad se les hubiera dado en otra época -la menemista, por ejemplo- los K hubieran sido neoliberales de la primera hora, como de hecho lo fueron mientras preparaban su ingreso al poder desde la Patagonia. Al margen de la efectiva o no orfandad de los modelos de crecimiento, desarrollo y acumulación, no debería ser muy difícil aceptar que lo que cuenta para que las economías se desarrollen no es la elevación de una tasa de ahorro necesariamente exigua por la propia condición de subdesarrollo; o la aparición de shocks tecnológicos virtuosos donde la investigación y desarrollo, necesariamente también, van a la zaga de la que se genera en las economías centrales -nuevamente, con perdón del término-. Por el contrario, lo que permite salir del atraso y la pobreza es la inversión, tanto pública como privada, para lo que hay que crear las condiciones que hagan la economía doméstica atractiva para propios y extraños, con un rol central en la infraestructura. Aunque se lo ha señalado en forma reiterativa en estas notas, la Argentina tuvo etapas en que estas ideas se concretaron: durante el período posterior a la Organización Nacional, con la construcción del ferrocarril, el telégrafo y las grandes obras públicas, y más acá en el tiempo, durante la presidencia de Frondizi, con la masiva presencia de inversiones reproductivas que permitieron una "renta" traducida en una larga década de crecimiento del PBI, sin los tropiezos característicos del "pare y siga" -caída del PBI por colapso en la balanza de pagos, seguida de una recuperación hasta la próxima crisis-
Sin embargo, así como los dos ejemplos mencionados se acompañaron de un enfoque claramente distintivo de experiencias anteriores, para que la Argentina le ponga una bisagra a su atraso y decadencia, debe imponerse un cambio de paradigma que haga eje en la necesidad de gobiernos transparentes, con división de poderes y seguridad jurídica, donde los delitos, por más que sean perpetrados desde el poder, sean repudiados y oportunamente castigados. El desarrollo es incompatible con la corrupción, se escriba la palabra con C o con K....

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