La posibilidad de que Donald Trump sea el próximo presidente de EEUU y que el referéndum del 23 de junio determine que Gran Bretaña abandone la Unión Europea constituye en sí misma un hecho que pone en crisis a la ciencia política contemporánea. Cualquiera de ambos acontecimientos puede ocurrir o no, pero la circunstancia de que hayan ingresado en el territorio de lo posible alcanza para forzar un replanteo de certezas tenidas hasta ahora como inamovibles. A fines del siglo XX eran un tópico favorito de las izquierdas y los nacionalismos de los países del otrora llamado Tercer Mundo, en particular en América Latina y África, tienen ahora su epicentro en los países desarrollados y son capitalizadas por las derechas, en especial en Estados Unidos y Europa Occidental, cuyas sociedades padecen una honda insatisfacción, que se expresa a través del cuestionamiento de sus sistemas políticos. El asombro de los analistas aumenta al comprobarse que parte de la base electoral de Bernie Sanders, el precandidato de la izquierda del Partido Demócrata que compitió con Hillary Clinton por la nominación presidencial, está más cerca de votar a Trump que a la candidata de su propio partido. Esto demuestra que su presunto "izquierdismo", más que una impugnación al capitalismo, es una expresión de rechazo al sistema político, encarnado por el matrimonio Clinton. Las elecciones primarias permitieron entrever signos de este escenario inédito. El "núcleo duro" de los votantes de Trump se encuentra entre lo que antes solía caracterizarse humorísticamente como los "varones blancos enojados", pero que ahora empieza a señalizarse, con mayor precisión sociológica, como la clase trabajadora blanca, que desde hace quince años sufre una reducción de sus ingresos y una amenaza a la estabilidad de sus empleos. Esa franja de la sociedad se siente además atacada por fenómenos como el avance de la mujer y las minorías raciales y étnicas, por el matrimonio igualitario y por todas las demás expresiones de una creciente diversidad cultural que cuestionan su ubicación en la pirámide social.
Las estadísticas revelan que aquel descenso del nivel de vida de los trabajadores está en línea con una elevación de los ingresos del 10% más rico de la población. Sanders basó su campaña en el ataque a los privilegios de ese 10%. Trump, uno de los mayores multimillonarios norteamericanos, hincó el diente en dos factores externos: la inmigración ilegal, que a su juicio perjudica al sector más pobre de la sociedad estadounidense, porque le disputa los trabajos de menor calificación, y la invasión de artículos importados de los países asiáticos, principalmente de China, fabricados por multinacionales norteamericanas. Esa simplificación identifica las causas de los males de EEUU en las consecuencias inevitables de la globalización: la migración de las personas hacia los países donde se pagan mejores salarios, el traslado de las empresas hacia los mercados donde consiguen mayores ganancias y la diversificación cultural de las sociedades, que va de la mano de su modernización.

La derecha europea

Mientras tanto, en Gran Bretaña los sondeos reflejan un crecimiento del "sí" en la consulta acerca del abandono de la Unión Europea, acontecimiento que sería un golpe brutal al proceso de unificación continental impulsado en la década del 60 por Alemania y Francia y considerado en el mundo académico como un modelo casi ideal en materia de integración económica y política. Ese avance del "sí" en el referéndum británico presenta semejanzas con el fenómeno Trump en EEUU. La salida de la Unión Europea recoge apoyos a derecha e izquierda. Hunde sus raíces en el rechazo al sistema político. Ese descontento hace que el Partido Laborista fuera ganado por el izquierdista Jeremy Corbyn (versión inglesa de Sanders) y el Partido Conservador tenga que afrontar el desafío de la extrema derecha, encarnado por el Partido de la Independencia (UKIP). En Europa continental, esa reacción provoca un giro hacia una derecha eurófoba, que preconiza el rescate de la soberanía nacional frente a la transnacionalización de la economía y el poder político. En Francia, el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen se consolida como la primera fuerza política. En Alemania, la ultraderecha representada por Alternativa por Alemania se transformó en un nuevo actor del sistema político. En ambos casos, su prédica está centrada en la necesidad de enfrentar a dos enemigos externos: la Unión Europea y la inmigración islámica. Europa, cuna del Estado-Nación, ve diluida su identidad cultural y reacciona en consecuencia. Mientras todo esto ocurre en la superficie, hay un trasfondo estructural: en los últimos veinticinco años, desde la disolución de la Unión Soviética, que disparó el avance irrefrenable de la globalización, EEUU y Europa Occidental vienen perdiendo la preeminencia económica que habían mantenido durante siglos a manos del mundo emergente, encabezado por los países asiáticos y en especial China. El eje de la economía global se traslada del Atlántico al Pacífico, del Norte al Sur y de Occidente a Oriente. Trump y la ultraderecha europea capitalizan la frustración que genera en sus respectivas sociedades.

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