Por el título, el lector se preguntará: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Bueno, aunque no lo crea, el museo alemán de los Zeppelin y el "Cordero" Ruiz Moreno tienen algo en común, al menos en esta nota. Y pruebas al canto; en agosto pasado visité el Museo de Zeppelin en la ciudad alemana de Friedrichshafen, a orillas del lago de Constanza (Bodensee). Particularmente, conocer ese museo fue algo muy especial, pues de niño guardo la historia que mi padre solía contar sobre los famosos dirigibles alemanes Zeppelin, cuyos vuelos despertaban admiración en cuanta ciudad sobrevolaban. Y así fue hasta que el fuego destruyó casi totalmente al más grande de todos: el Hindenburg.
De la historia de los Zeppelin, mi padre contaba que uno de ellos alguna vez había llegado a Buenos Aires; ciudad donde despertó tanta admiración como en París, Roma, Río de Janeiro o Nueva York.
Y así fue que con estos recuerdos a cuestas, entré al museo, dispuesto a enterarme de los más mínimos detalles de estos monstruos voladores; uno de ellos de 236 metros de largo. Sin duda, más grande que un avión de hoy.
El museo
A poco de ingresar al edificio, en planta baja, está el automóvil Zeppelin, coche que los alemanes vendieron en todo el mundo, explotando comercialmente el prestigioso nombre de los dirigibles. En el primer piso se encuentran todos los datos técnicos de estas aeronaves. También, los restos rescatados del incendio del Hindenburg en Nueva York: motores; cabinas de duraluminio; radiotransmisor Telefunquen; uniformes de los tripulantes; asientos y diversos elementos mecánicos que pertenecieron al súperdirigible, orgullo de la aeronavegación alemana hasta 1937, año del siniestro.
Pero fue en el reconstruido salón de té del Hindenburg, donde sentí cierta desilusión: en un mural que adorna el lugar no figura la ciudad de Buenos Aires. Es un mapamundis de varios metros donde están las rutas recorridas por los dirigibles con sus destinos. Allí están todas las ciudades alcanzadas por el Hindenburg, incluso Río de Janeiro, pero no están las rutas del Graf Zeppelín, su antecesor.
Más aún, hay un listado de ciudades con fechas de arribos y partidas; horas o días de permanencia en los destinos. Pero en ninguna parte encontré a Buenos Aires, omisión que me sorprendió. Para peor, antes de ingresar al museo yo había comentado a mis acompañantes que una vez uno de estos súperdirigibles había visitado la Argentina. La verdad es que quedé confundido y sin saber a ciencia cierta si a esa historia se la había escuchado a mi tata o si era pura imaginación mía.

Un Zeppelin en Buenos Aires

De regresar a Salta, el "Cordero" Ruiz Moreno de La Paya me obsequió su penúltimo libro: "La Historia de la Unión Provincial - Soy conservador... y qué". Y así fue que, leyendo y hojeando este libro, me doy "con una grata sorpresa sorpresiva", al decir de un salteño ya ido: en una de sus páginas, Ruiz Moreno de La Paya aclaraba, papel a la vista y en letra de molde, una omisión del Museo de Zeppelin, respecto a las ciudades visitadas por estas naves. Efectivamente, el Graf Zeppelin había llegado a Buenos Aires, el 30 de junio de 1934.
¿Y porque Ruiz Moreno da este dato en un libro de política local? Por que justamente -y aquí lo sabroso- en ese único viaje del Graf Zeppelin a la Argentina, trajo a bordo a un salteño: don Luis D'Andrea, agricultor y dirigente conservador de El Carril, dato que ningún medio nacional rescató. Y más aún, el libro del "Cordero" incluye una foto donde el carrileño aparece vestido de traje y sombrero, con el Graf Zeppelin a sus espaldas. Es en el predio de Campo de Mayo, donde aterrizó el dirigible alemán.


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