La aparición del dengue y de las otras enfermedades transmitidas por el mosquito Aedes aegypti, combinada con la pobreza, se ha constituido en un cóctel mortal para algunos, en otros fue afectada su calidad de vida, con gran malestar social y económico, debido a la imposibilidad de controlar al mosquito y en la atención de los pacientes en los hospitales y centros de salud, que se han visto desbordados por la cantidad de casos, con personal e insumos escasos.
La falta de una respuesta adecuada al problema de salud, como es el dengue, por parte del Gobierno y del ministro de Salud, Oscar Villa Nougués, de los municipios, como es el caso concreto de Orán, donde los neófitos, como el intendente y diputado, padre e hijo, tuvieron como consecuencia la sola medida del cambio del director de Epidemiología de la Provincia.
Después de dos meses de inacción y de peleas de conventillo, fue necesario que viniera un intendente de otra ciudad para dirigir un operativo de descacharrado que aportó cientos de toneladas de chatarra, el hábitat del Aedes.
La población ha debido apelar a Dios, procesión mediante. Que se produzca el milagro, ya que las autoridades siguen ausentes.
La enorme inequidad
Los sistemas de salud del mundo tienen como finalidad lograr una atención de la salud con equidad, de calidad y que satisfaga a sus destinatarios, impactando de esa manera positivamente en la vida de los pueblos.
Las políticas tendientes a resolver la situación durante la instauración de la democracia han sido diversas, con un Estado presente, como proveedor, regulador y de control de atención de la salud, pero en algunas etapas de la vida democrática con una presencia mínima.
El sistema de salud argentino tiene como responsables a las provincias y en algunos lugares, como es el caso de Buenos Aires, a los municipios.
Nuestro país exhibe regiones que muestran una gran desigualdad e inequidad, donde conviven personas que padecen enfermedades propias de comunidades desarrolladas, como son las enfermedades crónicas y degenerativas, entre ellas las cardiovasculares y el cáncer, primera y segunda causas de muerte respectivamente y por otro lado aquellas propias de la pobreza, como son las transmisibles (infecciosas y parasitarias), con mayor cantidad de casos en las provincias del norte argentino, como son las diarreas, las enfermedades del aparato respiratorio entre otras.
No es extraño, en este escenario, que se produzcan crisis nutricionales graves, como las que causaron la mortandad de decenas de niños de los pueblos originarios, ante el desconcierto de las autoridades sanitarias que, sistemáticamente, en estas como en otras manifestaciones de la exclusión, prefieran ocultar el dato y modificar el diagnóstico.
Cuando un niño mal alimentado se muere por deshidratación, la razón de fondo es la desnutrición; cuando un vecino de Orán amanece con fiebre y después de unos días muere, lo más probable en estos días es que sea víctima del dengue, aunque como todo ser humano su deceso se produzca por un paro cardiorrespiratorio. Uno se muere, siempre, cuando se para el corazón y se deja de respirar.
La irrupción del mosquito
La provincia de Salta, con la aparición relativamente reciente del dengue, chicungunya y zica, ha seguido desnudando las carencias en materia de políticas de salud, tanto en los aspectos preventivos como en la recuperación y rehabilitación de la salud.
Los serios problemas de desnutrición que aquejan a nuestro pueblo son un estigma vergonzoso para la humanidad, debido a la cantidad de muertes, el costo económico y social de la enfermedad, a lo que se suma el daño en el rendimiento intelectual de los niños que la padecen, condicionando el futuro de nuestro pueblo, por los problemas que se generan en el aprendizaje a nivel escolar y de integración social.
Esta situación tiene como acompañante a la pobreza y es solucionable si logramos la accesibilidad a los alimentos, de calidad, con contenido calórico, proteico, graso y vitamínico.
La pobreza estructural
La pobreza, situación difícil de resolver, tiene múltiples dimensiones, no solo las citadas: la carencia o la inadecuación de la vivienda, la inaccesibilidad a un sistema de salud de calidad y oportuno; inaccesibilidad al sistema educativo, determinadas por procesos políticos, económicos y sociales, al igual que las que condicionan el acceso a los mercados y a un empleo digno, son factores determinantes de las múltiples privaciones que inciden en la salud de la población.
La exclusión que sufren muchos ciudadanos frente a los mecanismos de participación política en las instituciones del Estado es otra de las dimensiones de la pobreza.
La pobreza, desde los orígenes de nuestra nación, fue más importante en el norte argentino, que históricamente sufrió postergaciones debido a la ausencia de políticas que le permitieran salir del marasmo, caracterizada por altas tasas de desocupación y subocupación, con bajos salarios, jubilaciones y pensiones y por lo tanto un gran porcentaje de población excluida de la seguridad social, inaccesibilidad al sistema educativo o el mismo de mala calidad, inaccesibilidad al agua potable y sistema sanitario de
excretas.
Los grupos vulnerables y postergados concentran riesgos por exposición, o carecen de atención o no tienen acceso a ella; es lo que ocurre con los pueblos originarios y criollos, que viven en zonas rurales y en los barrios periféricos de las ciudades más grandes de la provincia, que enferman o mueren producto de las malas condiciones de vida.
Existen indicadores que permiten evaluar sensiblemente las condiciones de vida de la población y de la capacidad del sistema de salud para resolver los problemas más trascendentes y prioritarios de la comunidad, como es la medición de la tasa de mortalidad infantil (TMI) y la Esperanza de vida al nacer (EVN).
El norte del país tiene los peores indicadores de salud, evidenciados por una elevada tasa de mortalidad infantil y menor expectativa de vida, atribuibles a las enfermedades infecciosas y la desnutrición propias de la pobreza.
La región del noroeste de Argentina (NOA), integrada por las provincias de Catamarca, Jujuy, Salta, Santiago del Estero y Tucumán, son con las del noreste de Argentina las que se encuentran en peores condiciones socioeconómicas y de salud en Argentina. Si observamos la tasa de mortalidad infantil del NOA, Salta aparece entre las peor posicionadas por su magro desempeño en evitar enfermedades que se creían ya superadas y es así que esa tasa sombría se encuentra en el segundo lugar, después de Tucumán. La esperanza de vida al nacer en Salta es inferior en casi tres años con respecto al promedio nacional. Los años de vida potencialmente perdidos (APVP), por enfermedades infecciosas, la posicionan a Salta en el primer lugar en el NOA entre las peores.
El incremento de enfermedades como la tuberculosis colocan a la provincia en el primer lugar junto con Jujuy en el ranking de las peores. En cuanto al sida, la situación es patética, ya que sitúan a Salta a la vanguardia de las peores, exhibiendo más de la mitad de muertes de todo el NOA.
La Argentina es un país rico, con mucha gente pobre y, además, una fractura aberrante que castiga y se ensaña con nuestras provincias del Norte. No solo no tenemos desarrollo, sino que las actuales autoridades ignoran las experiencias históricas.
La salud pública en los sectores de menores ingresos se garantiza con iniciativa, con agentes sanitarios que ganen la calle, transmitan confianza, midan los indicados de riesgo, eduquen, vacunen e informen.
Esa es la razón de ser de un ministerio de Salud.
Sin un compromiso del Estado, sin conciencia acerca de la dimensión del desafío y sin un criterio sanitario adecuado al momento de seleccionar funcionarios e instrumentos, la provincia seguirá empantanada en este escenario deshumanizante, y profundamente injusto.


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