Una infancia que sufre el desplazamiento territorial escapando de la guerra civil en Siria, y otra, esclavizada por el teoterrorismo islamista que entrena niños y adolescentes combatientes para la yihad, son la misma pasión de una cultura que desea a los chicos y a la vez los rechaza. El niño en toda guerra es sujeto pasivo y arrastrado de forma pasional, por otro activo.
Estas dos infancias viven todas las ficciones de los dueños de la guerra que mezclan la religión con la geopolítica militarista de la región.
El último informe de Unicef da cuenta de que el conflicto en Siria afectó a 8,4 millones de niños, es decir a más del 80% de la población infantil (exiliada y no exiliada).
Por su parte, el Estado Islámico lava los cerebros a los niños a favor de su violencia global. Son enviados a luchar y a inmolarse como combatientes suicidas. La Universidad de Georgia indicó que los involucrados provienen de al menos 14 países y más del 60% tenía entre 12 y 16 años. En una muestra de 89 chicos muertos, uno de cada tres falleció durante enfrentamientos armados, y otro 39% murió mientras conducía coches bomba. Son enlazados en la pulsión de muerte de la segregación religiosa y/o racial, fruto doctrinario de las leyes de un amo feudal.
En Siria, los niños crecen en la angustia de las batallas y en el duelo del exilio. El periodista argentino y analista internacional, Gustavo Sierra, en su libro emblemático "Los chicos del ISIS", describe magistralmente a esa patética infancia.
Ya son 2,1 millones que no van a la escuela. Sus colegios están derribados por las bombas como los hospitales, y arrasados los lugares de recreación. Ante panorama tan desolador, sus padres huyen y se convierten en exiliados pobres y con difícil inserción en los países de acogida.
Hasta que llegue la democracia liberal a las partes en conflicto y salgan de los fundamentalismos, faltan grandes inversores. Unicef dijo que se necesitan US$1.400 millones, solo este año, para ayudar a los niños del exilio. Unicef solo recibió 6% de los fondos necesarios.
Estos chicos de la guerra, seguramente, nunca tendrán su Davos que gestione capitales.
Los niños desplazados y los que luchan como soldados, sufren por igual. Ven a sus familias rotas, algunos se deben separar de sus padres y quedan huérfanos, asustados, perdidos y carenciados. Esta vulnerabilidad en los chicos es consecuencia de la cultura del trauma que propone un riesgo existencial a sus padres.
Esa cultura hace mucho dejó de tratar a los niños como si vivieran en una edad paradisíaca y les exige que cumplan los mandatos de los adultos y se sujeten a las palabras de otro que construye los contextos sociales, éticos y el momento histórico. O sea, les sofocó el deseo propio y ahora deben soportar los pesados ideales de la tradición de sus progenitores.
El yihadismo y la condena al asilo, entretejen una misma infancia, donde lo particular de cada niño se licúa en el colectivismo absurdo de un conflicto que es para todos. La crueldad reúne las pasiones de amor u odio que cubren al ser de estos chicos. Es la locura de una nueva guerra en el siglo XXI y un profundo infanticidio evitable.

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