Evo Morales es uno de los fenómenos más raros e interesantes de la política latinoamericana de nuestros días: el primer presidente indígena de Bolivia, un país donde el 62% de la población lo es, con muy pocos estudios y sin una experiencia política destacable, cuya victoria electoral en 2005 sorprendió a muchos, en medio de una de las tantas crisis que sufrió la nación del Altiplano.
Este hombre que a la sazón tenía 46 años y se había destacado solo como dirigente de los productores de coca de la región de Chapare, hoy puede acreditar en su haber una sorprendente serie de logros que en poco más de diez años han transformado a su país.
En ese lapso se dictó una nueva constitución que reconoce a Bolivia como Estado plurinacional y comunitario, lo que significa el respeto de las identidades de cada una de las naciones indígenas y su derecho a regirse por sus tradiciones ancestrales; les devolvió la dignidad legal a todos ellos con la ley de reconducción comunitaria y condenó por ley toda forma de discriminación y racismo.
En el plano económico el PBI boliviano más que se duplicó en estos diez años, al igual que el ingreso promedio de los bolivianos. Las reservas internacionales se sextuplicaron y la inversión pública se quintuplicó, a la vez que se atendió a los sectores más débiles como niños y ancianos con distintos planes de asistencia. Bajó drásticamente la deuda externa mientras las exportaciones se triplicaban y Bolivia obtenía créditos internacionales a tasas que demostraban la confianza de la comunidad de negocios en su capacidad económica.
Nacionalizó empresas petroleras, de comunicaciones, de agua y de energía sin que esto descalabrara la economía: al contrario, la pobreza se redujo en porcentajes notables mientras que el abismo entre ricos y pobres, que era una marca vergonzosa el tejido social, se redujo también en un altísimo porcentaje. También erradicó prácticamente el analfabetismo, construyo viviendas y redes de electricidad, agua y cloacas.
Logros importantes en lo político, social y económico, que sintetizó una sobrina mía al regreso de su segundo viaje a Bolivia: Antes, el colla miraba al suelo, me dijo; ahora te mira a los ojos.
Con todos estos logros, se puede entender fácilmente no solo que haya sido reelegido dos veces como presidente sino que ganó todas las demás elecciones y consultas populares (ocho en total) que se realizaron durante su gobierno.
En contraste, resulta difícil entender que en el referéndum convocado para habilitar una tercera reelección, la ciudadanía no lo haya apoyado. Sorprende, a tenor de los méritos que hemos señalado, pero es difícil que se lo haya rechazado por las denuncias de corrupción, a la cual los pueblos de la región parecen acostumbrados, ni por todo lo que no hizo, lo que no resulta significativo comparado con la cantidad de objetivos cumplidos, ni por simple racismo o resentimiento de los sectores propietarios, en un país con tal índice de indígenas. El proyecto de reelección fue rechazado por otros motivos, menos visibles pero igualmente importantes al momento de decidir el voto.
Evo no ganó y esto no se explica más que por saturación. Lleva ya once años en el poder y su figura carismática es omnipresente en el espacio público boliviano. Es comprensible que la gente, aun reconociendo sus virtudes y agradeciéndole por todo lo que recibieron en estos años, quiera un cambio, por lo menos de caras.
La perpetuación en el poder no hace bien a la democracia, y por lo que se ve el electorado boliviano lo ha advertido. En cambio, los hombres nuevos enriquecen al sistema.
Esto lo vio claramente Washington, cuando el 1796 se negó a una segunda reelección a pesar de que se encontraba habilitado.
Uno de los principios de la vida republicana es la alternancia, y Washington, en esos tiempos en que la casi totalidad de los países del globo eran monarquías sin fecha de vencimiento, hacía una declaración de principio y una advertencia para los futuros ensayos republicanos.
La mayor parte de los líderes políticos se enamoran del poder. Y es legítimo que si piensan que ellos son las personas indicadas para llevar a cabo las políticas en curso, la reelección les parezca una buena cosa; pero los votantes, aun reconociéndolos o admirándolos, intuyen que el cambio es necesario. Y no solo el cambio del presidente sino también de un elenco, que cuanto más tiempo se mantiene al frente de la administración, más posibilidades tiene de actos de corrupción.
Lo decía con humor Bernard Shaw: a los políticos, como a los pañales, hay que cambiarlos a menudo y por las mismas razones.
También es saludable que la gente quiera cambios, aunque las cosas "anden bien". Porque la sociedad es la que cambia, la que progresa, y aunque no todo cambio sea bueno sí es bueno que lo manejen personas nuevas. En todo caso, el viejo líder, como en la Roma republicana, podrá ocupar su asiento en el senado y continuar siendo un hombre de consulta para los nuevos gobernantes.
El tiempo le va limando su lozanía a los mejores políticos y los pueblos lo señalan. Que lo digan sino Churchill o De Gaulle que a pesar de ser idolatrados como salvadores de la patria, llegó un momento en que sus mismos electores les dijeron que hasta allí habían llegado. La democracia lo prevé y es bueno que los líderes lo acepten cuando les llega el momento.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora