Los argentinos vivimos un momento muy especial, una transición política que está en plena marcha y que en pocos días se plasmará cuando Mauricio Macri asuma como jefe de Estado y presidente de todos y cada uno de los argentinos. De los que lo votaron y de los que no lo hicieron.
Hay abundantes signos que permiten anticipar el comienzo de un nuevo ciclo.
El kirchnerismo cierra una etapa en la que acredita logros que no pasarán desapercibidos para la historia, pero deja también un legado de problemas no resueltos, o agravados, que deberá resolver el nuevo presidente. La inseguridad, la mala calidad educativa, la pobreza y el narcotráfico son desafíos perentorios y ningún sector político ni sindical tiene derecho a obstruir esa tarea. Es la hora del diálogo.
Las rispideces registradas estos primeros días son gestos antidemocráticos. Es reprochable la actitud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner al negarse a hablar del país y de los problemas que su gestión deja, con su sucesor, quien tiene que aplicar el proyecto que eligió la ciudadanía.
Lo que sucedió el jueves pasado en el Congreso fue vergonzoso. El oficialismo, resquebrajado, recurrió a cualquier medio para cooptar a los diputados de izquierda, lograr quórum y sancionar en 16 minutos y a libro cerrado, un centenar de leyes cuyo contenido esos 129 legisladores desconocen. Simplemente, trataban de imponer condiciones a la nueva gestión y de mostrar que no aceptan la derrota.
La democracia consiste en la alternancia, el pluralismo y la libertad de pensamiento. Aquellas conductas son autoritarias, propias de quien solo entiende el poder en términos de dominación y sumisión.
Es imprescindible que la coalición Cambiemos, las diversas expresiones del peronismo y el resto de la oposición asuman que la única lealtad la deben al pueblo de toda la nación; la mayor traición sería subordinar la sociedad a los caprichos personales.
Hoy vivimos en un país fracturado, donde el federalismo es una mera expresión de deseos. Históricamente, quienes se sucedieron en el poder han pensado y gobernado con la mirada puesta en la región central.
Salta y el Norte Grande, con un potencial agroalimentario, minero, energético y turístico desaprovechado, hace mucho quedaron fuera de la agenda nacional.
La crisis de las economías regionales no solo es un problema de los productores, sino que se traduce en pobreza, desempleo, migración, asentamientos precarios y decadencia de los niveles educativos y sanitarios.
La solución pasa por el consenso sobre un proyecto de país, que garantice obras de infraestructura, sistemas de transporte, modernización tecnológica y capacitación laboral de igual jerarquía para todas las regiones.
Sin inversión no habrá producción, empleo ni comercio exterior. La condición para la inversión son las reglas claras de juego, que solo pueden existir cuando el Congreso se reúne para debatir leyes y sancionarlas con un razonable consenso.
Es imprescindible la inclusión del Norte argentino a un proyecto nacional. Las leyes, que son la matriz de un proyecto de esa naturaleza, deben durar en el tiempo, sin estar condicionadas a reglamentaciones que las desvirtúen, a cambios de humor o de gobierno, ni a decretazos.
Todos los países del mundo han crecido y crecen solo cuando ofrecen seguridad jurídica.
Los grupos más recalcitrantes del kirchnerismo, a través de los medios oficialistas, quieren instalar la idea de que Mauricio Macri y su adversario, Daniel Scioli, representan a dos países distintos, es decir, lisa y llanamente, desconocen la democracia.
Son, en todo caso, dos miradas diferentes, que deben convivir y colaborar en función del bien común.
La actitud de Scioli, al reunirse con su sucesora, María Eugenia Vidal, para analizar la transición, así como la de algunos ministros que recibieron a sus reemplazantes, y la continuidad de Lino Barañao como ministro de Ciencia y Tecnología, son gestos de jerarquía republicana.
Las descortesías, lo mismo que el ocultamiento de información, no son solo groserías, sino que están re ñidas con los deberes de funcionario público.
Nuestro país no lo merece. Es hora de incorporar otra cultura cívica y otras prácticas políticas. Es hora, en definitiva, de que los argentinos podamos construir un país regido verdadera y genuinamente por la ley.

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