La celebración de la Navidad genera un clima propicio para recordar dos hechos muy significativos que protagonizaron los principales líderes cristianos en el transcurso de 2016. En febrero, el papa Francisco se reunió en La Habana con el patriarca Kiril, jefe de la Iglesia Ortodoxa de Todas las Rusias; en octubre, el pontífice católico participó de un homenaje a Martín Lutero, al cumplirse los cinco siglos de la Reforma Protestante.
Más allá de la connotación estrictamente religiosa o espiritual de esos encuentros, es claro que los jefes del cristianismo están preocupados por las perspectivas que plantea el nuevo orden mundial que se va perfilando en el siglo XXI y que tienen una clara expresión en fenómenos dramáticos como el terrorismo, que es la nueva forma de la guerra, los refugiados y, en sintonía con estos, la profunda crisis de confianza en la economía global y en el sistema republicano y democrático.
Contrariamente a lo que podría suponerse luego de cinco siglos de hegemonía laica, la fuerza de la religión viene recuperando preponderancia a despecho de visiones antidogmáticas como el liberalismo y el positivismo, o concepciones antagónicas con las religiones tradicionales, como el marxismo y el socialismo utópico, que dominaron el pensamiento occidental.
Las iglesias cristianas están convencidas de que en el orden mundial multipolar y multicultural, a ellas les toca asumirse como líderes trasnacionales y globales, con poder de decisión en los altos niveles políticos. Francisco, Cirilo y los pastores luteranos que recibieron al Papa en Suecia conocen a la perfección el poder de convocatoria de la fe y no ignoran que va mucho más allá de lo litúrgico, porque puede ser decisivo para la construcción de nuevos vínculos entre las naciones y, especialmente, la paz planetaria.
También saben, porque la historia así lo indica, que el pensamiento religioso inorgánico puede ser manipulado por núcleos de poder político y económico y orientado hacia fines que nada tienen de trascendentes ni espirituales. Uno de ellos, el más crudo y dramático, es el terrorismo, pero no es el único. Ciertos cultos populares muy difundidos hoy en el tercer mundo llevan ese sello de la utilización de las creencias.
"El mundo necesita un gesto de unidad de los cristianos. El mundo necesita un gesto que diga que la paz es posible", dijo en Suecia el pastor luterano Jens-Martin Kruse, al recordar que Lutero había sido declarado "hereje" por Roma en 1518 y que él llamó "anticristo" al papado.
En La Habana, Kiril y Francisco definieron a Cuba, enclave del comunismo más rústico en el siglo XX, como "símbolo de las esperanzas del Nuevo Mundo" y destacaron que "el gran potencial religioso de América Latina, sus tradiciones cristianas multiseculares, forjadas en la experiencia personal de millones de personas, son la base de un gran futuro para esta región".
Estas expresiones permiten interpretar las posiciones que expresa el papa Francisco desde una perspectiva más elevada que la mera coyuntura política.
La preocupación de los líderes cristianos por la unidad había sido explícita ya en los tiempos de Benedicto XVI y es urgida ahora por las persecuciones que grupos políticos que invocan al Islam ejecutan contra católicos, ortodoxos, evangélicos y, sobre todo, musulmanes a los que acusan de herejía. Pero los pronunciamientos incluyen también advertencias severas acerca de la "creciente desigualdad en la distribución de los bienes materiales aumenta el sentimiento de injusticia respecto al sistema de relaciones internacionales que se ha establecido".
En ese planteo, que implica una visión crítica del consumismo y del capitalismo global, también se pronuncian en contra de las uniones no matrimoniales, el aborto, la eutanasia y la reproducción asistida.
El ecumenismo del siglo XXI cobra así una dimensión política y un mandato ético con perspectiva histórica. Más allá de la opinión que merezcan estas definiciones a quien las analiza, es imprescindible comprender que las inspira una mirada a muy largo plazo sobre el mundo.
La religión, está claro, no es cosa del pasado. Kiril y Francisco fueron inequívocos: "El futuro de la humanidad depende en gran medida de nuestra capacidad de dar juntos testimonio del Espíritu de la verdad en estos tiempos difíciles".

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