Cuando tengamos que preguntarnos por la identidad de una región, conviene que no nos pase como al ciempiés del cuento, al que le preguntaron en qué orden movía las patas y, obligado a pensarlo, se trabó de tal modo que ya no pudo caminar.
Mejor es dejar que estas cosas fluyan, que las usemos casi sin saberlo, porque los asuntos de cualquier identidad están siempre en movimiento.
En cuatro siglos de literatura salteña de Walter Adet, se puede ver que esa materia específica se arma de verdad, en nuestra provincia, a fines del siglo XIX con Joaquín Castellanos.
Hasta ese momento había habido aproximaciones, aunque la poesía popular, anónima y de transmisión oral ya tenía recorrido propio, de procedencia lógicamente hispana; recogida años después por Juan Alfonso Carrizo en su célebre cancionero.

Castellanos, Dávalos y La Carpa
Pareciera que, para empezar más o menos por el principio, hay que hablar una vez más de Castellanos, luego de Juan Carlos Dávalos y en seguida (por razones de brevedad) de La Carpa, aquel grupo regional convocado desde Tucumán por el jujeño Raúl Galán en 1944. A este grupo, no sólo de poetas, le tocó terminar de armar la identidad cultural del Noroeste; aunque también sucedió que esa identidad, como todas, comenzó a modificarse en cuanto estuvo diseñada: es el inevitable juego del verbo ser.
No sé si aquellos poetas (Raúl Galán, Manuel Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, María Adela Agudo, Jorge Calvetti, María Elvira Juárez, Néstor Groppa, entre muchos más) fueron conscientes de la tarea que les tocó.
Pasado el tiempo, es evidente que se trató de un momento imprescindible para la consolidación de una manera, de un punto de vista propio. Ese grupo generacional se dedicó, en gran medida, a dar testimonio de la naturaleza y de la vida en su entorno: así lo expresaron en sus manifiestos. Fue tiempo de plantar cimientos sólidos y aguantadores, y de definir los materiales de la construcción. Esta es la razón de por qué esa tarea, y desde luego sus resultados, fueron asumidos como propios por la gente del lugar: en ese espejo se reconocieron y se sintieron a gusto. Fue un momento tal vez irrepetible por la suma de elementos que se dieron cita: no solo la poesía, también la narrativa, la pintura, lo mejor y más auténtico de nuestro folclore, y por supuesto, el enorme acopio de la cultura popular, recogida en telares, alfarería y cancioneros.
Con un rápido repaso, se ve la magnitud: es difícil que vuelva a juntarse tal cantidad de nombres propios para dar una versión seria, verosímil y armónica de nuestra tierra.
Pero dicho esto, hay que reconocer que las condiciones en el Norte cambiaron tanto desde entonces que, a pesar del cariño que se tenga por los mitos propios, era inevitable que los artistas modificaran su ángulo de visión y que, en consecuencia, buscaran resultados también distintos.

La ciudad y el campo
He leído hace no mucho en un informe de la ONU que el 92% de los habitantes de Argentina vive en ciudades, o al menos lleva una vida que puede denominarse urbana. Con este dato a mano, quiere decir que sólo un reducidísimo 8% reside actualmente en el campo: un sitio solitario que al parecer está más solitario que nunca. El campo existe, y más aún eso que llamamos naturaleza, pero con cambios sustanciales. Cuando yo era un muchacho la vida en Salta, y en general en todas las ciudades de la región, estaba invadida por el campo, con carros y gente a caballo alrededor de la plaza central. Hoy puede asegurarse que, al revés, el campo está invadido por la ciudad: en cualquier campo hay motos, bicicletas, televisores y teléfonos celulares; y en muchos, computadoras y vida cibernética.
Un cambio tan brutal tenía que modificar el testimonio de los poetas y de los artistas del entorno: la vida de la gente se parece a la de otras poblaciones, aunque existan diferencias y orgullo por esas diferencias. Pero en las provincias del Norte, como en todas partes, los problemas son más bien urbanos, y las particularidades locales suelen ser, sobre todo, reclamos del turismo.
Esto no quiere decir que haya terminado lo que se llamó, con fuerte predominio en el Norte, "literatura de la tierra"; pero sí es posible detectar cambios importantes en su tratamiento.

Canto a la naturaleza
Lo que observo es que sí ha terminado por ahora algo que era casi obligatorio: el canto a la naturaleza. Y posiblemente habría que decir simplemente el canto. Es como si en la sociedad actual (esto sucede en todas partes) estuvieran suspendidas momentáneamente las razones de la celebración. Hace cincuenta años el canto era algo espontáneo, una consecuencia de versificar, mientras que hoy, cuando aparece, resulta más voluntarioso; lo que antes estaba unido al propio argumento de las cosas, hoy pareciera ser más un esfuerzo deliberado.
Una modificación como la que estoy describiendo no crea necesariamente ajenidad con una obra literaria, si esa obra resiste los avatares del tiempo. La Inglaterra descrita por Dickens ha desaparecido y sin embargo sus novelas siguen en pie. Pero una noticia como aquella obliga a reubicar la materia de la que está hecha una obra: ya no será realista, ni testimonial, como ella misma supuso y se presentó, sino en todo caso mítica. Por supuesto que, aunque disminuida, esa población existe y puede por su propia convocatoria trabajar en el imaginario colectivo. Estas son las razones que sostienen por ejemplo la obra de Juan Rulfo. No sé cuánto de su mundo mexicano sigue existiendo y cuánto es tarea suya: cuánto de Comala está hecho de materia palpable y cuánto de la mejor literatura. De lo que no hay dudas es de que su trabajo sigue tan vivo como siempre.

Después de La Carpa
Hay grupos muy posteriores a La Carpa que han desarrollado plenamente su obra, y se puede advertir los cambios. Salvo el viento general de la época, los puntos que los unen no responden a proyectos comunes sino a la enorme variedad conseguida a lo largo del siglo XX. Walter Adet, Holver Martínez Borelli, Teresa Leonardi o Jacobo Regen en Salta, Juan José Hernández, Juan González o Arturo Álvarez Sosa en Tucumán, Leonardo Martínez en Catamarca o Héctor David Gatica en La Rioja, para nombrar sólo a unos pocos, no configuran recíprocamente un parentesco, pero sí un abandono espontáneo, cada uno a su modo, de lo celebratorio que predominaba en el Norte, aunque siga existiendo (lo que no es lo mismo) la necesidad de dar testimonio de la vida en la región. Este abandono no configura necesariamente un parricidio literario, sino la natural renovación de la mirada sobre el arte, producto del tiempo, de otras lecturas, de un cambio de sensibilidad: en algunos casos sólo variantes, pero con peso suficiente como para que se deba hablar de cambio; y en cualquier caso con las modificaciones formales que se registran, porque no hay que olvidar que la época, toda época, habla a través de la forma.
Esto dio pie para que en el Norte cundiera la multiplicidad de la poesía actual, con la dificultad de caracterización que conlleva todo presente; además del hecho de que un mismo poeta puede caber en varios casilleros clasificatorios por el corte transversal que tiene una materia en mutación. Las obras distintas de Mario Romero, Leopoldo Castilla, Alberto Tasso, Ernesto Aguirre, Inés Aráoz, Jorge Paolantonio, María del Rosario Andrada o Rogelio Ramos Signes (poetas de distintas provincias) aportan nuevos asuntos, nuevas situaciones y otros conocimientos; y ante la imposibilidad de analizar ahora todo el arco poético, donde conviven tradiciones que continúan con tradiciones que se abandonan, sólo señalaré lo que posiblemente sea lo más definitivo: el fenómeno de apertura de las fronteras culturales, con los cruces consiguientes. La vinculación y el entretejido que supuso el intercambio de la información es hoy un hecho, que con el tiempo derivó en eso tan obsesivo que se conoce como globalización. Se trata de un proceso que viene de lejos, y que impactó en la cultura del Norte como en toda cultura de este planeta.

La poesía actual de Salta
La poesía más reciente de Salta (ante la imposibilidad de pasear por todo el Norte) es un tejido en pleno movimiento. No sé qué tienen en común, salvo la época, los trabajos de Darío Villalba, Alejandro Luna, Eduardo Robino, Idángel Betancourt, Fernanda Agüero, Carlos Aldazábal o Salvador Marinaro, pero sé que el punto de vista de todos ellos ha supuesto una modificación. No es que lo propio, lo que se suponía como propio, haya desaparecido, pero la información general de estos poetas es la que comparten con los poetas de cualquier lugar de la lengua. Me ha tocado leer en el verano pasado un libro de cuentos de Fabio Martínez, Los dioses del fuego, que es un excelente ejemplo de los desplazamientos para hablar de la tierra propia. El paisaje ha cambiado, y sobre todo han cambiado los ojos de los que miran.
Así ha ocurrido y es posible que vuelva a ocurrir. Hay necesidad de pasado en todos los pueblos, por eso la memoria se llena de sucedidos e historias: eso que los pueblos buscan para sentirse parte de un todo. Pero la identidad, por fuerte que sea, será inevitablemente movida por el viento histórico, que sopla más que en nadie en los artistas. Una identidad como la del Norte sirve para dar respaldo y también para ser discutida y modificada: es lo que ha estado sucediendo todo el tiempo; y no es necesario esperar otros dos siglos para confirmarlo.

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