El pecado de Dino Salas

Antonio Oieni

El pecado de Dino Salas

Dino Salas, cacique de la Congregación Wichi San Ignacio de Loyola, sufre una larga detención, en Orán, bajo cargos de supuesta explotación laboral en una finca aledaña a su comunidad.
La causa, abierta en el juzgado federal de Raúl Reynoso, partió de una denuncia anónima, atribuida a un miembro de esa comunidad. Las 28 familias que la integran, sin embargo, están indignadas por la injusta detención de su cacique.
Según la denuncia, Dino sería una especie de tratante de personas explotadas en un campo vecino que, de acuerdo a las propias constancias judiciales, tiene a sus empleados y jornaleros correctamente registrados.
Las contradicciones no quedan ahí. La acusación también alude a una supuesta transferencia de 300 hectáreas de las tierras comunitarias de la Congregación San Ignacio de Loyola a la empresa Estancia El Carmen. Basta un vistazo a la cédula de la matrícula en cuestión (el catastro 17045 de San Martín) para comprobar que eso no ocurrió ni podría suceder porque esas tierras son intransferibles. Además, sería absurdo que una empresa nacional que tiene miles de hectáreas propias en producción y una marca de prestigio que resguardar (Molinos Cañuelas) destruya su imagen institucional por 300 hectáreas ligadas a la autodeterminación de una comunidad originaria.
Este es el punto, porque el único pecado que cometió Dino fue soñar con un modelo productivo y de desarrollo humano que no todos están dispuestos a aceptar para los pueblos originarios. Los proyectos de producción agrícola y textil que empezaron a mostrarse en la Congregación Wichi San Ignacio de Loyola, proponen un cambio de paradigma que rompe moldes y estructuras ideológicas que no ayudaron a torcer la penosa realidad de las comunidades indígenas.
Por eso Dino se ganó enemigos y lleva tres semanas preso, mientras narcos salen excarcelados en días.

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