El Upa, o Upita, como lo llamaban las chicas, era el perro del barrio. El Upa era un Gran Danés de aspecto atemorizante, pero, en verdad, era manso y simpático (si un can puede ser simpático, según entendemos la simpatía algunos humanos).
"Es más bueno que el pan", solía loarlo doña Eduviges Elizabide, dama que, en el fondo de su corazón, le temía.
Evitaba estar a solas con él desde esa mañana en la que el perrazo que, además de dócil y simpático, era muy juguetón, la saludó poniéndole las dos patas (las de él), en los hombros, y lamiéndole la cara.
-­Me quiso comer!, dio alaridos la beneficiada por el afectuoso gesto del enorme can, que se alejó, visiblemente ofendido.
-¿Vos que opinás?, le dijo más tarde, al enterarse de los sucedido, el vate a su inseparable amigo, el maestro Delmiro.
-No sé, dijo éste. Es raro. Mirá, a doña Eduviges muy pocos la tragan y, como quedó muchas veces demostrado, el Upa es suficientemente inteligente como para tragarse ese sapo.
Y el vate: -¿Habrá pensado doña Eduviges que el Upa querría cortejarla? No creo, che.
Al animal ese le basta con la perrita de los Aguilera.
Y los dos compinches se fueron desternillados de risa a sosegar el garguero con un buen aperitivo en el Bar Madrid.
El asunto fue que todo el barrio comentó el episodio. La mayoría calificó de "muy exagerada" la reacción de la matrona, y hubo los que lamentaron que el Upa no la hubiese "masticado, aunque fuese un poquito".
Pasaron los días, como se acostumbra decir. El Upa, perro del barrio, como se dijo, no tenía un hogar oficial. Él dormía donde lo pillara el sueño. Una noche en una casa, la otra noche en la casa vecina. Así era su vida.
A la que más seguía era a doña Eduviges que, cada vez que veía al perro tras de ella buscaba refugiarse en cualquier casa de la vecindad.
Al perro le agradaba ese jueguito, y no dejaba pasar oportunidad para jugarlo. La cosa ya era un clásico en el barrio. Cada vez que iba a la carnicería de don José, o a la despensa del "turco" Jacinto, doña Eduviges se hacía acompañar por una de sus hijas.
La gente salía a la puerta para verlos. Y no faltaba el desbocado que lo azuzaba al cánido: - ­Dale, Upa, pillala!
Doña Eduviges enfermó, y dejó varios días de aparecer en el barrio. Upa parecía confundido. Todas las mañanas recorría la carnicería y los almacenes de la cuadra. No encontraba lo que buscaba. ¿Había desaparecido? Y hasta hacía guardia a la puerta de la casa de la señora.
Hasta que una mañana tuvo su recompensa. Vio a doña Eduviges en la carnicería de don José. Cuando ella salió, el perro le cortó el paso. Se levantó en sus patas traseras y puso sus manos (o patas delanteras, como queráis) sobre los hombros de doña Eduviges, y le lamió el rostro.
Cuando todos esperaban una reacción de rechazo, doña Eduviges, ­oh sorpresa!, le rascó la cabeza al Upa que, de puro feliz, casi la abraza.
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