El presidente Mauricio Macri envió días atrás un mensaje a la sociedad sobre el drama de la delincuencia en la provincia de Buenos Aires. Se esmeró en introducirlo en su agenda gubernamental. Convocó a una minicumbre de funcionarios de Seguridad nacional con asistencia de la gobernadora Vidal, presionada por los intendentes de su jurisdicción para que haga eficiente el funcionamiento policial.
El mensaje presidencial fue hecho en el contexto de la marcha de miles de vecinos bonaerenses, asolados por la inseguridad que reivindicaron a sus muertos por los delincuentes. Esos mismos ciudadanos repudiaron la corrupción del aparato de seguridad, los encubrimientos y colaboraciones para con la delincuencia.
Las movilizaciones vecinales en el Gran Buenos son cada vez más numerosas y grandes; cuestionan a las autoridades por no actuar en este ciclo de violencia delincuencial ininterrumpida. Los vecinos pudieron visibilizar su petición ciudadana. Marcharon "con el pie en el barrio y el grito en el cielo", como canta Sabina en "Las cien mentiras" con argumento de enorme realismo para la Argentina.
Hasta 2015 el delito aumentó en el país durante los últimos siete años, según Seguridad de la Nación. En la provincia de Buenos Aires, durante 2015, la tasa de homicidios intencionales fue del 12,2 cada 100 mil habitantes, cifra crítica para la seguridad bonaerense.
La delincuencia trae consigo una enorme prosperidad económica a sus operadores ilegales y asociados. Por detrás de las asociaciones ilícitas hay un mercado organizado, polirubro, que determina la rentabilidad, la demanda y la oferta que tiene el bien ilícito que prolifera en una sociedad de consumo.
El capitalismo criminal exacerba las psicopatías, las perversiones y el sadismo de algunas subjetividades en forma inusitada. El lenguaje de la violencia apropiadora del patrimonio y exterminadora de la vida, excluye a todos los otros discursos. La falta de seguridad pública lastima a miles de familias, incluidas las de los policías que mueren a manos del delito. Ese lenguaje creó un victimismo de indignación, miedo e impotencia porque daña derechos. Estos sufrimientos surgen "de la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad", escribió Sigmund Freud al comentar los malestares culturales.
La delincuencia, otra forma superior del capitalismo criminal, es en parte una alianza económica entre la peor política y la famosa "maldita" policía bonaerense que separaron a la ciudadanía de los sistemas reales de seguridad comunitaria. Macri sabe o intuye esta nefasta dislocación social y es por eso que se dispone a desmovilizar toda indignación, miedo e impotencia del victimismo. Da un paso adelante para avisar que empieza a cumplir lo prometido en la campaña electoral.
Como idea política, le preocupa que en cada convocatoria ese victimismo haga sentir que el gentío movilizado fue segregado y no escuchado por el Estado, cuya cabeza es él. Los malhechores solo exponen el pellejo por dinero y control del mercado y revelan un deseo de muerte para muchos por el ideal de ser los "neocorleones" en el desarrollo endeudado argentino. Macri los sabe peligrosos porque conspiran contra su gobierno y su alegría.

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