El peronismo no termina de aceptar el abrupto cambio que lo llevó de ser el dueño absoluto del poder a mirar la Casa Rosada desde afuera. Y pide a gritos una renovación tras 12 años de dominio kirchnerista. Sin embargo, sufre una división interna que le impide afirmarse como fuerza de oposición.
Las diferencias que hay entre los referentes del Frente para la Victoria y el peronismo tradicional ya son inocultables: se reflejan semanalmente en "cumbres" partidarias protagonizadas por dirigentes que pretenden dar muestras de fortaleza, con fotos simbólicas de alianzas forjadas por necesidad.
Por un lado está La Cámpora, que impulsa una afiliación masiva al PJ con el objetivo de ganar las elecciones que deberían realizarse antes de mayo, para evitar que se venzan los plazos legales y el Gobierno nacional pueda -a través de la Justicia- intervenir el PJ. En esa línea también se encuentra Guillermo Moreno que reapareció en los medios con un mensaje que busca la unidad, pero que amenaza revelar las traiciones de los kirchneristas durante la mayor parte del gobierno de Cristina Kirchner, pero que ahora no lo son.
Por el otro, aparece el peronismo federal que tiene como referente a Juan Manuel Urtubey, quien cree que el tiempo del kirchnerismo ya se agotó y en la última reunión postuló a José Luis Gioja como candidato a la conducción del justicialismo.
La elección fue porque consideran que la figura del sanjuanino generaría más consenso que ninguna y podría evitar el quiebre partidario.
De reojo mira un grupo de intendentes pejotistas que busca la renovación y se quiere hacer fuerte en bloque: la primera prueba la dio en la legislatura bonaerense, en la que intervino para evitar que los legisladores del FpV siguieran trabando el presupuesto de la Provincia. Está por verse a quién apoyarán en la interna o si tendrán el tiempo necesario para forjar una opción propia.

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