Confieso que, hacia finales de la campaña electoral de 2015, el candidato Mauricio Macri me sorprendió positivamente con su Plan Belgrano.
Estábamos frente a un diagnóstico certero acerca de la situación de Salta y del norte argentino, y ante un conjunto articulado de propuestas que, si bien no agotaban el repertorio necesario para transformar la realidad regional, podían valorarse como un excelente punto de partida.
Este acierto programático de Macri aparecía realzado por la pobreza intelectual y política de la así llamada "Acta compromiso Scioli-Urtubey", hecha pública en ese mismo tiempo electoral, cuando nuestro hierático gobernador intentaba convencernos de las bondades de la fórmula Scioli-
Zanini.
Habiendo pasado un año desde entonces, es bueno interrogarse acerca de la suerte de aquella especie de atinada plataforma regional, pergeñada -todo hay que decirlo- en los cenáculos porteños con la sospechada y secreta presencia de un solo salteño (que supo actuar en el club de los "iluminados").

Hacía adónde vamos

Resulta forzoso reconocer que, en los aspectos sociales y económicos que interesan a Salta y al norte, todo sigue igual, cuando no desmejorando.
El paco y otras adicciones siguen haciendo estragos. Nuestra producción continúa asfixiada por la presión impositiva, por las regulaciones unitarias y, sobremanera, por los costos de la logística que, como bien dice el Plan Belgrano "hacen que (determinados cultivos) sean inviables en cualquiera de los escenarios que estamos manejando por arriba de los 700 km de los puertos".
La pobreza aumenta. El trabajo registrado disminuye. Las necesidades básicas de agua y cloacas, que padecen dos millones de hogares en el norte (muchos en mi pueblo de Vaqueros), siguen sin atenderse.
Nadie ha movido un dedo para que, como se propone en el Plan Belgrano, "se terminen los feudos, los reinados y las dinastías políticas en el norte argentino y en todo el país".
Curiosamente (o no tanto), todos los señores feudales del norte se han sumado, con el entusiasmo de siempre, a las huestes del nuevo oficialismo. Las dinastías que lucran con el Estado, sin rehusar los ámbitos de la justicia, se han travestido de amarillo, abandonado -por un momento- su apego a la marcha "Los muchachos peronistas".
El desarrollo del famoso Plan Belgrano se ha circunscripto hasta aquí a minúsculas pujas de poder entre las fuerzas que integran la coalición Cambiemos, y a no menos infecundas idas y venidas de gobernadores y ministros nacionales. Eso sí, algunos pocos salteños nativos o por opción se han visto beneficiados con el ingreso a la alta burocracia. Para colmo de males, los vaivenes presupuestarios habrían, según advierten exlegisladores, dejado sin financiamiento las obras de mayor envergadura.
Las personas más benevolentes podrían argir que las obras de infraestructura no pueden erigirse en un santiamén. Pero es que el gobierno de Macri tampoco ha logrado poner en marcha aquellos servicios o medidas prometidas como urgentes ni aquellas que precisan solo de la firma de un decreto presidencial.

Construir una alternativa

¿Qué podríamos hacer los salteños frente a este panorama? Son varias las opciones.
La primera, encabezada por nuestro gobernador, ensaya un nuevo seguidismo y convoca a apoyar a Macri como antes a Cristina. Resulta extraño que una persona de reconocida sagacidad política como el señor Urtubey persista en una estrategia que llevó (a él y a la Provincia) de fracaso en fracaso en tiempos kirchneristas.
La segunda reclama inteligencia, vocación federalista, convicciones democráticas y unidad. Algo así como la construcción de una gran coalición político-social alrededor de un programa de regeneración institucional, desarrollo económico y bienestar social.
Lo que equivale a abandonar la abulia cívica, la santa resignación, el clientelismo y otras lacras que enturbian nuestra convivencia y nos condenan a vivir en una sociedad fragmentada y al margen de la ley, con crecientes cuotas de violencia. Una sociedad en la que reinan el nepotismo, el amiguismo, la opacidad y los negocios espurios. El primer paso sería, a mi modo de ver, renunciar a las tentaciones dinásticas, devolver la independencia al poder judicial y construir los órganos de control con la participación de las minorías. Lo que reclama encontrar a "un héroe de la retirada", una especie desconocida en nuestra historia provinciana.
Los importantes documentos "Consenso de cambios para el progreso de Salta" (2015), y "Bases para un trato federal, equitativo y reparador entre Salta y la Nación" (2015) bien podrían funcionar como puntos de partida de una estrategia que apunta a lograr se cumplan, mejoren y completen los compromisos electorales del Plan Belgrano.
Solo así podremos presentar exitosamente ante los poderes nacionales nuestras reivindica ciones regionales.

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