Las elecciones presidenciales en EEUU se presentan, apenas 48 horas antes de la votación, como una incógnita acerca de los resultados; más allá de esa incertidumbre, todo indica que están en juego la institucionalidad política y los vínculos de la primera potencia mundial con el resto de los países.
Demócratas y republicanos representan miradas políticamente antagónicas sobre la plataforma común a ambos partidos históricos, que son los valores nacionales, el texto constitucional y el reconocimiento inconmovible a los padres fundadores de la Nación.
Con un discurso demagógico, muy cercano al populismo, Donald Trump es un empresario sin trayectoria ni formación política que se impuso en las primarias a los precandidatos genuinamente republicanos y nadie descarta que pueda convertirse en el nuevo presidente. Su presencia produjo un golpe muy fuerte en la política tradicional. Es tal el impacto que lo desconoce la misma dirigencia del partido al que representa pero al que en realidad no pertenece.
Frente a las limitaciones de Hillary Clinton y las muchas críticas que inspira su partido Demócrata, la desmesura, la imprudencia y el autoritarismo de Trump generan temores que van más allá de lo ideológico.
Si finalmente ganara el empresario, ese triunfo sería una muestra de que la insatisfacción económica en amplios sectores y el desencanto de parte de la población con el sistema político ponen en crisis a las instituciones y las tradiciones políticas norteamericanas.
Contrariamente a lo que él mismo pretende y que algunas personas consideran acertado, es incomparable la figura de Trump con la de Ronald Reagan, el presidente que llegó a la Casa Blanca precedido por una carrera cinematográfica, pero que se desempeñó siempre como un republicano cabal, encolumnado con su partido y, sobre todo, que se manejaba con conceptos políticos claros y definidos.
En los años 80, Reagan pasó a la historia como el gran vencedor de la "guerra fría", un logro para el que puso en juego el tacto y la prudencia de un estadista. Su estrategia hacia Rusia en nada se parece a los actuales acercamientos de Trump con Vladimir Putin; tampoco la política comercial que insinúa el candidato tiene semejanza con la apertura que caracterizó a la gestión Reagan.
Trump asienta su campaña en la saturación que experimentan muchos norteamericanos con la política tradicional y se esmera en mostrarse como lo contrario a ella, aunque no hay ni en su vida ni en su proyecto datos contundentes que permitan vislumbrar la posibilidad de un crecimiento institucional, democrático ni económico. Su retórica violenta y xenófoba no ha hecho más que desparramar amenazas contra los inmigrantes latinos y los islámicos que viven en Estados Unidos, además de utilizar un discurso misógino y alentar a los sectores más reaccionarios, que buscan casi instintivamente un país más cerrado en su economía, sus fronteras y sus costumbres.
Donald Trump no divide a los norteamericanos en demócratas o republicanos, sino que plantea una confrontación entre lo previsible, condición elemental para ser presidente de la nación más poderosa del mundo, y la incertidumbre de la arbitrariedad, la improvisación y el oportunismo. Se trata de un candidato que no ofrece soluciones sino que apela a las emociones, y que, como agravante, arroja dudas sobre la transparencia electoral y amenaza con desconocer los resultados, en caso de que pierda. Las encuestas muestran una ventaja para la candidata demócrata, aunque los números obligan a admitir que el resultado no está cerrado. Este año, las predicciones electorales han sorprendido al mundo, con resultados inesperados en el referéndum británico por la permanencia o no en la Comunidad Europea y en el que se realizó en Colombia para avalar el acuerdo de paz con las FARC. Es cierto que en ninguno de esos casos se elegía un presidente y que gran parte de los resultados es atribuible al elevado ausentismo de los votantes. Pasado mañana será un día importante para el mundo. Más allá de los méritos o debilidades atribuibles a Hillary Clinton, o del entusiasmo o temores que despierte Trump, está en juego el sistema político en la mayor potencia del planeta y el resultado de la elección, necesariamente, condiciona el futuro escenario internacional.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia