Pueblo y masa son términos que admiten interpretaciones diferentes. Pueden parecer sinónimos, pero, aunque nombrar lo que materialmente puede ser lo mismo, corresponde a subjetividades bien distintas y la diferencia entre pueblo y masa es uno de los temas centrales de la política, especialmente a partir de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX.
La diferencia
Para la mayor parte de los autores, el concepto de "pueblo" tiene una connotación positiva, mientras que no ocurre así con el concepto de "masas" aunque materialmente puedan ser considerados una misma cosa.
El pueblo existe como concepto desde muy antiguo, está en la Grecia clásica debatiendo en el ágora bajo la categoría de "ciudadanos"; en casi todas las inscripciones oficiales romanas aparecen las cuatro iniciales SPQR, que significan "Senatus populusque romanus", o sea que la institución que legitima la calidad oficial del monumento al que nos referimos es el Senado y el pueblo romano.
Más adelante, el cristianismo habla de un "pueblo de Dios" representado por todos los hombres de la tierra, judíos o gentiles, unidos como hijos de un mismo padre.
En el siglo XIX, cuando la instalación de estados-nación obligó a la creación de símbolos que identificaran y unieran a los habitantes de un mismo suelo, surgieron los himnos nacionales, en muchos de los cuáles aparece el pueblo como sujeto central de la identidad de cada nación: En Francia surgen los "citoyens" junto con la igualdad de derechos, pero al mismo tiempo con deberes irrenunciables para con la patria; en Alemania, el himno escrito por Hoffmann en 1831 habla reiteradamente de la unidad, la justicia y la libertad que son la garantía de la felicidad del pueblo; el himno de los Estados Unidos, escrito por Scott Key en 1812 durante la guerra contra Inglaterra, es más bien una oración a la bandera, pero se insiste en que ella ondea sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes (el pueblo de esa nación); nuestro himno habla del "¡Gran pueblo argentino!" y hasta el himno ruso, que afronta el difícil desafío de representar a más de cien pueblos diferentes, también insiste en la unión de dichos pueblos y la sabiduría popular heredada de sus antepasados. La idea de pueblo tiene en general una connotación positiva, pero es difícil que hablemos con similar consideración de las masas; aquella nos evoca la soberanía popular y la sensación de pertenecer a un determinado grupo por propia elección.
La famosa frase de Lincoln en el discurso de Gettysburg en que plantea que su país ha luchado para mantener el "gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo" nos ofrece tanto una definición de democracia como del valor que tiene el pueblo en este sistema de convicciones: en el pueblo reside la soberanía, por lo tanto el derecho a ejercer el gobierno siempre y cuando sus acciones se dirijan "para" el pueblo, es decir, con otras palabras, al "bien común" y "por" el pueblo, lo que indica que, por medio de sus representantes, es éste quien gobierna.
En cambio, cuesta mucho encontrar a las "masas" acompañadas de adjetivos con signo positivo: es mucho más común escuchar hablar de masas ignorantes, masas descontroladas, masas hambrientas, masas indignadas que de masas debatiendo civilizadamente en un paraninfo los destinos últimos de una nación.
La amenaza de las masas
Un teórico de la libertad como Benjamín Constant, en 1820, defendía al individualismo por sobre las masas: "Todo es moral en los individuos, pero todo es físico en las masas". Treinta años de revoluciones y guerras lo habían llevado a ser muy escéptico respecto al poder de las multitudes desorganizadas.
Como había dicho Condorcet años antes: "masa es un conjunto que ha perdido su individualidad, que funciona como grupo y que tiene que tener un aglutinante o una dirección excitantes. Algo parecido afirma Robert Michels, un teórico alemán algunos años posterior quien demuestra su escepticismo diciendo que "Es más fácil dominar una gran multitud que un grupo pequeño de gente... ".
Y no muy lejos está la visión de Ortega y Gasset, quien dedica lo que tal vez sea su más conocido estudio al problema de las masas, al cual considera el más importante de la época en que está viviendo. Advierte admirado la aparición de las muchedumbres en la sociedad para plantear luego que "el concepto de muchedumbre es cuantitativo y visual", lo que traducido a términos sociológicos nos lleva a una definición de masa, que para Ortega es "el hombre medio", con lo cual la definición cuantitativa de "muchedumbre" se traduce en otra cualitativa: "es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres sino que repite en sí un tipo genérico...", "la masa puede definirse como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en la aglomeración. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo en bien o en mal, por razones especiales, sino que se siente "como todo el mundo" y sin embargo "no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás" (La Rebelión de las Masas, Espasa Calpe, Madrid)

La irrupción de las masas

Ahora bien: las masas cobran importancia en el momento en que ya sea por su número, por su utilidad para un determinado modo de producción, por su irrupción en la sociedad o por su importancia política, vinculada al sufragio, se convierten en un actor o cuanto menos en un interlocutor al que no se puede ignorar al momento de tomar decisiones. Las masas entran en la política no tanto porque los politólogos contractualistas hubieran descubierto la existencia de una voluntad general superior a la voluntad del soberano sino más bien por su impresionante crecimiento, por los cambios tecnológicos que exigieron una forma distinta de utilizar la mano de obra, por su concentración en grandes aglomeraciones urbanas, por los avances en materia de salubridad y entre otras cosas, por el crecimiento notable, en la segunda mitad del siglo XIX, de la alfabetización.
Pero estos avances de la civilización que se dieron especialmente en el siglo XIX, para Ortega, no han sido debidamente apreciados por las masas beneficiarias, que no las consideran como organización sino como naturaleza. Como no ven en las ventajas de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo con grandes esfuerzos y cautelas se pueden sostener, creen que su papel se reduce a exigirlas perentoriamente, cual si fuesen derechos nativos.

La democratización

Durante la primera mitad del siglo XIX, los gobiernos se esforzaron por llegar a soluciones salomónicas, permitiendo el sufragio pero tratando de que, mediante las leyes que lo reglamentaban, pudiera ser controlado. Pero a partir de la revolución de 1848, (en Argentina a partir de 1821) el sufragio universal se convirtió en un reclamo generalizado y resultó cada vez más difícil postergarlo.
Como afirma Hobsbawm, "La política democrática no podía posponerse por más tiempo. En consecuencia, el problema era cómo conseguir manipularla". Las soluciones fueron varias, desde la bismarkiana de limitar al mínimo las atribuciones de las asambleas elegidas por sufragio universal, hasta la creación de movimientos y partidos de masas que debían actuar dentro del sistema.
Claro que la amenaza principal del sufragio universal para los grupos que habían detentado el poder desde tiempos inmemoriales, era que abría las puertas a la posibilidad de que los partidos socialistas alcanzaran el gobierno y destruyeran el sistema democrático liberal, pero este peligro fue conjurado por la misma dinámica que lo ponía en marcha.
En primer lugar por la división del movimiento socialista y la revisión de la teoría marxista por una fracción que entendía que su participación en el sistema parlamentario podía llevar a alcanzar en forma pacífica importantes reformas en favor de los trabajadores, luego porque el electoralismo de masas fue entusiastamente defendido por los partidos marxistas y, en tercer lugar porque llevó a sectores gobernantes a iniciar un ambicioso plan de seguridad social para enfrentar la agitación revolucionaria. Esta política, iniciada por Bismark en la década de 1880, (pensiones a la vejez, bolsas de trabajo, seguros de enfermedad y desempleo, etc. ) fue pronto imitada en Austria y los gobiernos liberales británicos y algo más tarde (1911) por Francia. En Argentina los primeros esbozos de estado de bienestar los vemos en el proyecto de código de trabajo de Joaquín V. González en 1904, el famoso Informe de Bialet Masset sobre el estado de la clase obrera, la modificación del sufragio de 1904 para hacerlo más democrático y luego la Ley Sáenz Peña de 1912.
Entre 1880 y 1914, las clases dominantes descubrieron que la democracia parlamentaria, a pesar de sus temores, era perfectamente compatible con la estabilidad política y económica de los regímenes capitalistas. Los temores a que el sufragio universal diera lugar al gobierno de masas "incultas y embrutecidas" no se cumplieron y por el contrario, tuvo lugar el nacimiento de partidos de masas que, con un nuevo estilo de organización, propaganda y una mayor sensibilidad social, mantuvieron el orden político y el sistema capitalista que alcanzó un extraordinario desarrollo durante el período; pero al mismo tiempo, el nuevo hombre-masa, depositario de la soberanía nacional, lejos de asumir sus nuevos derechos y los beneficios del adelanto técnico como bienes que de los que debía responsabilizarse como ciudadano, los entendió como algo natural y obvio que no le implicaba cumplir con deber alguno para continuar disfrutándolos (por lo menos en la opinión de Ortega).
De esta manera podemos hablar de un cambio radical que quedó a mitad de camino para la mayoría de los que creyeron en él: tanto para quienes pensaron que el ejercicio del voto iba a revertir en una mayor educación y conciencia cívica en la ciudadanía como para quienes apostaron a que la llegada al parlamento de representantes obreros redundaría en la caída pacífica del sistema capitalista, así como para quienes pensaron que la clase obrera, como clase en sí, se transformaría en el ejercicio político en clase para sí, tanto como para quienes pensaron que las masas serían fácilmente manejables y no se produciría cambio alguno en las relaciones de poder o en las con diciones del proletariado.

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