Primero fue una sensación de vacío en el estómago por esa imagen que la paralizó. Por la ventana de su oficina que daba a la vereda de la calle Gorriti había visto a varios hombres que descendieron de un Unimog, vestidos con ropas de fajina y que rodearon a su esposo apuntándole con sus armas largas. No pasaron más que unos segundos cuando escuchó la voz prepotente, autoritaria de un muchacho -un oficial- que ingresaba a paso firme y le ordenaba que abriera todas las oficinas.
Aunque Olimpia no lo sabía, el trillado, el patético argumento de que en ese lugar en el que ella pasaba la mayor parte del día y al que le dedicaba prácticamente su vida, se colaboraba con "los guerrilleros" habían disparado el procedimiento para detectar elementos "antisubversivos".
A 10 días de su detención, tal como se lo había dicho el padre Ansaldi, Néstor regresó; pero nunca volvió a ser el mismo. Durante días se vio pálido, sombrío, taciturno. Pasó el tiempo, años, y como su mujer le había prometido conocer quién era aquel informante un día lo supo y eso alcanzó para lograr la paz deseada por todos en la familia.
El oficial hizo ingresar a un par de soldados que dieron vuelta todo; muebles, cajones, cajas repletas de documentación. Mientras veía lo que los hombres hacían de ese lugar al que le transmitía el orden, el buen gusto con que se manejaba en su vida diaria, de a ratos volvía a poner su atención en su esposo, que en la vereda permanecía rodeado de los hombres armados.

Vigilar todo al mismo tiempo

No quería dejar solos a los hombres que sin decir palabra tiraban de un lado a otro todo lo que encontraban, ante el temor de que quisieran "plantarle" (como se suele decir en la jerga policial) algo que la comprometiera.
No supo cuánto tiempo transcurrió hasta que el joven oficial -con la misma actitud descortés y abusiva con la que había llegado- decidió retirarse y ordenarle a sus hombres que terminen la requisa.
Cuando volteó para mirar nuevamente hacia la vereda ni su esposo ni los hombres que minutos antes lo apuntaban con sus armas largas estaban allí.
Se quedó sola en medio de ese desorden y el vacío fue más grande aún que al principio. Solo atinó a cubrirse el rostro con ambas manos y romper el llanto desconsolado.

Fortaleza de mujer

Pero esa impotencia solo la dominó unos pocos minutos porque desde el fondo de su ser sintió que toda la responsabilidad caía sobre sus hombros y esa fortaleza pudo más que su angustia.
Entró a su oficina, apartó los cajones dispersos por el piso, se secó las lágrimas, respiró profundamente y sin poder aún contener el temblor de sus manos, comenzó a hacer llamadas telefónicas.
Trataría de pedir auxilio porque Olimpia Pérez del Busto, la directora de Radio Tartagal, la primera emisora creada en el norte de la provincia de Salta, era consciente de que a esas horas la vida de Néstor Santos Martínez Gil, su esposo y padre de sus hijos, pendía de un hilo.

Un mes antes del golpe de Estado

Corría el mes de febrero de 1976, poco más de un mes antes de que se produjera el golpe de estado que tiñó de sangre y llenó de dolor a la República Argentina.
Néstor Santos Martínez Gil.jpg
Néstor Santos Martínez Gil
Néstor Santos Martínez Gil
La primera llamada que hizo fue a un amigo de la casa, porque eso era Radio Nacional Tartagal, la casa donde muchos se encontraban. El teniente coronel Héctor Ríos Ereñú le aseguró que nada sabía acerca de la detención de su esposo, por tanto, muy poco podía hacer al respecto.
Con los años, y después de los juicios por los que muchos militares como el propio Ríos Ereñú fueron juzgados y condenados, habrá caído en la cuenta en que lo más probable era que el entonces jefe del Regimiento 28 de Infantería con asiento en Tartagal le haya mentido como a tantos familiares de víctimas de la represión.

La noche llegó en silencio

Cuando Olimpia (Ody) se dio cuenta, ya había caído la noche. Había hecho muchas llamadas porque en verdad conocía a mucha gente.
No en vano era la directora de la única radio que existía en cientos de kilómetros a la redonda, el único medio de comunicación después de Radio Salta.
Las horas de ese día pasaban inexorables y avanzada ya la noche llamó al padre Gualterio Ansaldi, párroco de La Purísima y capellán del regimiento.
Allí volvió a quebrarse y lloró sin consuelo; el cura le prometió hacer todo lo que estuviera a su alcance para ayudarla.
Supo que así sería porque pudo percibir la sorpresa y el estupor en la voz del sacerdote italiano, que desconocía por completo la suerte que había corrido su marido.

Una falsa acusación

Una y otra vez repasaba en su cabeza las últimas horas para encontrar alguna razón, algún indicio del por qué, mientras luchaba para no desplomarse. Transcurrida una semana, el mismo párroco Gualterio Ansaldi se presentó en su casa. Olimpia al ver el rostro del sacerdote respiró con alivio porque en lo más profundo de su ser sintió que todo volvería a estar bien.
Con el tiempo se supo que Néstor Santos Martínez Gil, de profesión escribano, un fuerte empresario local había sido trasladado a Salta, acusado de que en una de sus fincas, ubicada en Salvador Mazza, en el límite con Bolivia, se entrenaban subversivos.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia


juan ramon concepcion
juan ramon concepcion · Hace 2 meses

Por esos años, en la misma epoca, fue secuestrado (siendo concejal del Partido Justicialista) mi suegro Raul Evangelista Lizarraga, vivio quizas la misma situacion, detenido y trasladado a Villa las Rosas, despues de algunos meses, aparecio, tambien nunca volvio a ser el mismo, fallecio joven (53 años le quemaron los riñones....jamas se hizo justicia, los papeles en la carcel se quemaron.....


Se está leyendo ahora