Hace poco menos de un siglo, Keynes dio una conferencia que denominó "El fin del Laissez-Faire", en la que consideraba agotada la etapa iniciada con la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra que puso fin a la monarquía absoluta.
El absolutismo político tenía su equivalencia económica en la ominosa presencia del Estado en la economía que el Laissez-Faire con sus reclamos del retiro de esa intervención y la plena vigencia de las libertades vino a poner fin.
El planteo de Keynes en esa conferencia, por su parte, exigía una rectificación de los postulados de prescindencia absoluta ya que la falta de instrumentos de política económica generaba crisis económicas cada vez más violentas.
No obstante, advertía que "el Estado no está para hacer lo que hace el mercado, sino para hacer lo que nadie hace", vale decir, planificar la demanda futura de infraestructura, energía, educación, corregir las asimetrías excesivas en la distribución del ingreso, etc. además de sus nunca cuestionadas funciones administrativas, de justicia y demás.
Desafortunadamente, y pese a que Keynes algunos años después complementara sus ideas sentando las bases teóricas de su nueva propuesta en la que no abominaba del mercado pero exigía al Estado controles que impidieran las funestas crisis del Laissez-Faire, el propio Keynes nunca fue comprendido del todo, ni en sus reclamos políticos ni en sus fundamentos económicos.
Por una parte, una porción de la Academia siguió porfiadamente las reglas del Laissez-Faire, aceptando la otra parte -algo a regañadientes- algunas recomendaciones keynesianas, a la vez que los fascismos y stalinismos, en política, aplicaban de un modo sui generis y por su cuenta algunas de las ideas de Keynes, aunque claramente en ausencia de las libertades públicas, que eran abolidas por el fascismo-
stalinismo.
Con todo, a la larga, más por imperio de las circunstancias que por reconocimiento analítico, las economías modernas llevan hoy a la práctica a grandes rasgos las ideas keynesianas prístinas: plenas libertades políticas y económicas, pero con controles.
Lamentablemente, por otra parte, algunos países, como la Argentina, adhirieron a la contrapropuesta fascista-stalinista y, aun sin saberlo, muchos, como le pasaba a Mr Jourdain, comulgan con ellas en el presente bajo el nombre más moderno de "populismo".
No bastó con que este populismo fracasara reiteradas veces en los países en que se intentó aplicarlo, incluyendo las repetidas y desastrosas puestas en escena en la Argentina, con los resultados de antes y ahora por todos conocidos: inflación, estancamiento económico, pobreza en aumento, inseguridad, corrupción, enfrentamiento de la sociedad, además de restricción de libertades políticas.
Auspiciosamente, a partir del 10 de diciembre de 2015, en la Argentina se ha iniciado una etapa "keynesiana" que promete un nuevo ciclo de "paz y administración" que ojalá se concrete y perdure.
Sin embargo, el populismo, pese a haber sido derrotado en las urnas, se mantiene todavía poderoso y no duda en abrazar banderas que hasta hace poco denostaba, como la defensa de las instituciones y la independencia de los poderes públicos, apenas mantenidos por la férrea defensa de esas mismas instituciones y la población, porque todo vale para mantener al populismo vigente.
Por lo tanto, la tarea a realizar para desplazar definitivamente tanto el Laissez-Faire obsoleto, como al populismo retrógrado, no es sencilla y requiere no sólo de medidas económicas y políticas acertadas, sino también de una defensa conceptual permanente de los principios de libertades en todos los aspectos, controlando los abusos.
Ojalá esto sea entendido porque probablemente, si el populismo triunfa nuevamente en el futuro, habrá que esperar por largo tiempo un nuevo "turno" para la Argentina, mientras el mundo sigue progresando y alejándose, a la vez que nuestros problemas estructurales continuarán agudizándose, más allá de los oportunos e imaginativos "relatos" que sin duda el populismo inventará para continuar defendiendo lo indefendible.
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