Hace algún tiempo que la brillante idea de Edison, la bombilla con filamento metálico, ha empezado a formar parte de los museos de tecnología. Su problema es que solo en torno a un 2-3% de la energía eléctrica necesaria para que sus resistencias de wolframio o tungsteno se pongan incandescentes (los filamentos de estas lámparas alcanzan una temperatura de 2.700 grados centígrados) se transforma en luz visible; el resto se dispersa en forma de calor. De ahí que lámparas fluorescentes compactas y de tecnología led, mucho más eficientes, la hayan sustituido progresivamente.

Pero no demos todavía a la vieja lámpara incandescente por muerta, porque investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) se han empeñado en recuperar su cálido resplandor en nuestros hogares por obra y gracia de la nanotecnología. Llamado cristal fotónico, el invento de estos expertos consiste en una estructura realizada con finísimas capas alternas de cristal, óxido de tantalio y dióxido de silicio que actúa a la vez como espejo y filtro. Por un lado, deja pasar la luz visible emitida por la resistencia de tungsteno, y por el otro, refleja la radiación infrarroja, que es reabsorbida y reutilizada para generar más luminosidad.

Los expertos del MIT también han rediseñado el filamento, que en vez de ofrecer su tradicional aspecto enroscado forma una especie de lámina. Así se ha conseguido aumentar su superficie y, por consiguiente, su capacidad de reabsorber la radiación infrarroja. Según cuentan los propios investigadores en Nature Nanotechnology, su lámpara alcanza una eficiencia del 6,6%, triplicando prácticamente la de las bombillas convencionales, aunque confían en que puedan superar el 40% si añaden nuevos materiales y mejoran la estructura de su cristal fotónico.

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