"Me dijeron que en el Reino del Revés, nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez, y que dos y dos son tres" (María E. Whalsh). Cuando éramos niños, nuestros padres nos decían que ante cualquier problema que tuviésemos a la salida de la escuela, debíamos acercarnos al policía vigilante de la esquina, el nos protegería y nos guiaría. Hoy no nos dirían lo mismo. Pareciera que muchas cosas funcionan al revés. Lo cantaba María Elena Walsh y lo profetizaba el tango Cambalache. Y a pesar de que pululan noticias sobre policías vinculados a delitos graves, creo que hay muchos hombres y mujeres policías concientes de su vocación de servicio, que no llegan a ser noticia, simplemente porque cumplen con su deber. En muchos ámbitos de la vida pública, de las distintas instituciones están las cosas patas para arriba. Poli ladrón, Poli narcos, corrupción política y judicial por todo el país, son noticias que preocupan. Hace unos días el arzobispo de Tucumán, a raíz de la muerte del padre Juan Viroche, habló de corrupción en ámbitos de las fuerzas de seguridad, de la política y de la puerta giratoria en la justicia tucumana. Sintiéndose interpelada, la Corte de Justicia de la vecina provincia citó al prelado para que especifique sus declaraciones. Algunos lo vieron como algo correcto y otros lo interpretaron como un típico apriete institucional. Lo cierto es que los actores sociales con responsabilidades importantes van dejando en el país una estela de dudas sobre su desempeño, poniendo en peligro la validez de la representatividad, la gobernabilidad y el concepto mismo de autoridad. Muchos ya no creen en el sistema de organización de la sociedad y de la democracia y se va creando un clima de mal humor social. Quizás en Tucumán se vislumbra con mayor nitidez este emergente social, una verdadera y profunda grieta entre el pueblo y sus representantes en los tres poderes y en las instituciones sociales, culturales o religiosas, que hacen a la vida cotidiana de una ciudad. Seguimos mirando a las autoridades como soberanos, cuando soberano es el pueblo. Nuestra inconciente colectivo aún vibra al ritmo de la colonia, después de 200 años de independencia. Tal vez por ello, el problema más grave es que nos hemos acostumbrado a esperar todo de arriba. Pretendemos que el estado o las instituciones se hagan cargo de nuestras cosas y a veces ni siquiera tenemos capacidad para exigir que el Estado u otras instituciones hagan al menos, lo que les corresponde. Si queremos poner las cosas en su lugar debemos comenzar por nosotros mismos. Exigir al Estado, a nuestros representantes que nos den la seguridad necesaria para vivir en paz. Que controle su funcionamiento y combata la corrupción. Cuando llegamos a situaciones de crisis, todos, absolutamente todos, hemos aportado algo para que no funcionen bien las cosas. El mundo no se divide entre buenos y malos. Cuando hay un funcionario político, judicial o de seguridad corrupto, hay un ciudadano, empresario o simple contribuyente que paga, que es cómplice. No pocas veces hemos celebrado la picardía de los que son transgresores a la ley, y luego no queremos sufrir sus consecuencias. Las generaciones pasadas, de nuestros padres y abuelos, lucharon mucho por mejorar la calidad de vida de la comunidad, se organizaban en sociedades de fomento y de progreso, sostenían con sus recursos los emprendimientos comunitarios, trabajaban por su honor, sin ninguna paga. Hoy esperamos todo de arriba, se ha perdido mucho la capacidad de unidad y de esfuerzo. Si no nos organizamos en comunidad, con un profundo sentido solidario, no podremos desenmascarar esa lacra que carcome nuestro futuro, llamada corrupción, que afecta a todos los niveles institucionales. Nuestra indiferencia y silencio nos convierten en unos cómplices más de este mundo al revés.

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