La incomodidad goza de mala fama, pero nos impele hacia las ventajas y las oportunidades. Hace unos quince años Pablo Vilariño (36), sentado en las clases de Derecho de la universidad pública de La Docta, sentía incomodidad. Había elegido una carrera por herencia, por la tibieza de tener asegurado un nicho laboral, mientras que sus talentos reales se le agitaban en el pecho como las alas de un gorrión estremecido.

Por eso decidió migrar, aunque por aquello que decía el filósofo Martin Buber "todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe", Pablo desconocía que era el inicio de una travesía que en una curva lo dejaría justo en su lugar en el mundo: Formentera y ejerciendo su verdadera vocación: el tatuaje.

"Primero me voy a Estados Unidos, donde estuve un año y medio. Allí tenía una buena amiga, medio novia, y me fui un poco a la deriva con 500 dólares en el bolsillo y dos maletas. Llegué a Carolina del Norte, que no es un lugar de turismo ni de migración. Llegué a un núcleo familiar, a una familia de la América profunda", comienza Pablo su relato. Su primer trabajo fue de jardinero en una iglesia episcopal. Esta labor práctica le fue despejando la mente y entonces empezó a buscar contacto con tatuadores, a los que les repelía la corta edad y el origen del "pibito latino", por lo que le cerraron herméticamente las puertas de su mundo underground. El salteño se fue a Virginia, siguiendo a su amigovia que estudiaba en una universidad de ese estado. Ahí lo emplearon en un hostal y también como tutor de inglés y español en una universidad. Este último ad honórem, en el marco de un programa gubernamental.

"Trabajaba en un departamento y les enseñaba español a los norteamericanos e inglés a los mexicanos. Tenía mi pequeña clase y era un profe muy poco convencional, pero estuvo bueno", recuerda. Pronto se le acabó el visado, le denegaron la renovación y regresó a Argentina. Aquí permaneció un mes sintiendo los acordes de un mar brutal contra rocas escarpadas. Decidió que no iba a permitirse vivir lejos del mar y como por su abuelo paterno existía la posibilidad de obtener la ciudadanía, se fue a España. "Para mí este país era un mapa, no tenía ni idea de lo que era Europa. Dije Barcelona por el mar, porque me acostumbré en Virginia a tener el mar, lo tenía al lado y se volvió para mí casi como una experiencia religiosa", dice Juan. A Barcelona llegó no mucho más provisto que a EEUU, con 400 euros y dos maletas.

El Faro

A pesar de lo auspicioso de su ascendencia española, la ciudadanía se transformó para Pablo en un proceso tedioso que le demandó ocho años. Se asentó en Barcelona, estudió arte en una escuela privada, ilustración, dibujo para prensa, dibujo artístico y pintura. Allí tuvo acceso a seminarios sobre teoría del color, uso de sombras y contrastes son que soñarían los tatuadores noveles de aquí.

Pronto se instaló en su "lugar en el mundo" Formentera, una isla mediterránea y municipio que forma parte, junto con Mallorca, Menorca e Ibiza de la Comunidad Autónoma Balear. En Formentera hace cuatro años puso su negocio, de sugestivo nombre: El Faro. Pablo es un tatuador exquisito, de notable talento y creciente fama. Su agenda empezó a nutrirse de tal forma que ya no consigue hacer números certeros. Este año, calcula haber hecho unos cinco mil tatuajes. Esta profesión también le ha alimentado la vocación por el continuo viaje. De hecho pasa seis meses en Ibiza y el resto en Barcelona, un mes o dos, y en Los Ángeles (Estados Unidos). Este año el viraje hacia 2017 lo encuentra en Salta, donde también está tatuando.

"En Formentera no tengo un día libre. Es bonito tatuar y le debo a esto la experiencia de mundo, porque me puedo mover sin pensar 'hostias cómo me banco el viaje'. Hoy tengo la tranquilidad de decir me voy a California porque sé que puedo conseguir trabajo", señala. Agrega que el de imprimir dibujos en la piel como si de un lienzo se tratara es "un medio de comunicación muy bueno. Te permite entablar una conversación o una relación por todo el mundo y si lo tengo que volver a hacer no cambiaría nada". Añade que la vida en viaje también tiene "su lado oscuro, por supuesto yo a los 20 o 25 dormía en cualquier lado. Tengo 36 y tengo mucha ruta encima y a veces añoro mi casa". Pablo en su propiedad guardas sus colecciones de sombreros, camisetas negras, rock y camisas de flores. El resto, de valija en valija. De hecho una maleta armada para cada país: una para Argentina y otra para Estados Unidos.

Hoy de vuelta en su pago por un mes y medio y rodeado de familiares y amigos hace un espacio para agradecer. "Me abrí una puerta en un lugar difícil, un lugar que es un campo muerto y solo florece en verano, cuando de 4 mil habitantes estalla a 100 mil (por la afluencia turística). Es un buen lugar para un emprendedor, y aunque estoy recién con mi primer negocio, sé que voy por la senda correcta porque esto me conecta con mi identidad. Entonces encontrarte en un lugar así, donde me hice un espacio solo en una sociedad muy cerrada... Aparte es un paraíso ¡A veces me olvido dónde vivo!", dice.

En viaje

"Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal". Las palabras del escritor italiano Cesare Pavese tal vez resuenen profundo en un corazón lejos del pago. Ocurre que las relaciones personales, ni mejores ni peores, carecen de esa empatía que solo puede surgir entre coterráneos.

"Al parecer establecer contacto es más fácil, pero también es más difícil apretar el nudo. Son relaciones menos sustanciadas, no hay tanto afecto, una persona que te conoce de la infancia, que conoce a tu familia, tus fantasmas, sobre todo en el mundo del tatuaje, que es cerrado y supercompetitivo. Más ahora, que hay más tatuadores que nunca y de gran nivel si te quedás quieto te pasa el río... camaleón que se duerme...", reflexiona Pablo, en esta parada en su Salta. A este salteño se le antojó una belleza con renovado brillo la Balcarce. También los estratos sociales algo desdibujados y personas de diversas clases compartiendo espacios de la ciudad que antes eran privativos de unos u otros. "La Salta que yo dejé era una Salta que ya no hay. Veo vestigios: era un lugar más estructurado, más estratificado, más conservador, mucho más duro de romper. Hoy creo que no tiene nada que ver, veo que está mutando y todavía le falta cocción. Aun así me contenta", concluye.


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