Matías Pedro Ramírez cumple hoy 21 años. Y los cumple porque la medicina hizo su aporte inequívoco y fundamental, y también por el amor de su familia y la determinación de vivir de aquella criatura que nació con todo en contra.
Un creyente puede considerar el caso de Matías como un milagro; un no creyente, como un suceso extraordinario de la ciencia o de la naturaleza humana o de algún otro motivo que hizo posible que hoy celebre un año más. Sea como fuere aquel pequeño que llegó al mundo en la entonces Maternidad Provincial, este domingo tiene muchas cosas para celebrar, pese a haber sido desahuciado por algunos médicos, haber recibido muchos pronósticos negativos, haber pasado por 9 operaciones y llevar una vida repleta de privaciones y de cuidados especiales. A las pocas horas de nacer, Matías empezó a revelar un sinnúmero de síntomas poco habituales. Dos meses tardaron los médicos para confirmar el diagnóstico de un verdadero combo de patologías raras, entre las que se destacan panhipopituitarismo, atresia de las vías biliares, malformación de Arnold Chiari II, síndrome convulsivo por hipoglucemia.
Allí empezó la odisea de Fani, su mamá, que motorizada por el amor sin condiciones hizo todo lo que tenía que hacer -adentro y afuera de su casa- por la recuperación. Esta fuerza, a la que también aportó el papá, Eduardo Ramírez, tuvo desde el primer minuto el apoyo de los médicos Samuel Naón, Gladys Villarreal, Carlos Nallim, Carlos Evelyn, Gladys Pernas, Alberto Gentile.
Piden trabajo
Matías vivió -primero por impronta materna y ahora por decisión propia- ajustado, estrictamente, a sus tratamientos. Toma muchos y costosos medicamentos que le provee el Programa Federal de Salud (Profe) y los médicos amigos que a menudo llegan a su domicilio de la Manzana 201, C, casa 14 del barrio Parque General Belgrano, con bolsas de remedios, esos que como muestras entregan los laboratorios. Pero los otros gastos son elevadísimos y sus padres no tienen trabajo. Fani está desempleada; su papá Eduardo hace changas como albañil, igual que su hermano Gustavo (27) y su hermana Ana Belén (19) tampoco tiene trabajo.
La familia Ramírez agradecerá siempre toda la ayuda recibida. La necesita, claro, pero piden a gritos un trabajo fijo que les permita afrontar por sí mismos las erogaciones que demandan las enfermedades de Matías.
Cerca del Oñativia
Los Ramírez viven en Parque General Belgrano. Pero no podrán estar mucho tiempo más allí: en la etapa actual del tratamiento Matías necesita atención varias veces por semana en el hospital Arturo Oñativia. Por prescripción médica, tiene que vivir cerca de allí. Ellos no tienen auto y pensar en todos esos traslados en remis o taxis desde el norte de la ciudad hasta ese punto del macrocentro, supone un gasto que no están en condiciones de afrontar. Por eso buscan una vivienda accesible a sus posibilidades para alquilar en esa zona, pero les resulta difícil porque los valores son altos. Siguen esperando encontrar, a la mayor brevedad, una casa en las inmediaciones para que todos puedan dormir un poco más tranquilos.


El agradecimiento a los que colaboraron
Matías siente que tiene que agradecer a mucha gente. En ese listado ocupan un sitio preferencial y recibirán gratitud infinita los médicos. "Me salvaron la vida", dice y los nombra: Julio Nader, Antonio de los Ríos, Macarena Galíndez, Marcelo Nallar y a los del Hospital Garrahan. Destaca también la línea telefónica con el actual ministro de Salud, Oscar Villa Nogués, al Samec, al defensor público oficial Héctor Martínez Gallardo, Antonio Lovaglio y al Dr. Risotti. También quiere agradecer la ayuda recibida por la señora Tonini de Soto, las familias Gómez Rocco, Cheadi, Santiago Godoy, así como a las instituciones públicas (Ente Regulador de Servicios) y a los privados que aportaron y si guen aportando.

Estudios y compromiso

Matías es un paciente "de manual", estricto como nadie con su dieta y los cuidados de su endeble salud.
Cursa cuarto año en la escuela Juana Manuela Gorriti, es fín a la Historia y alejado a las matemáticas. Le gusta mucho cocinar; cuando puede, él mismo prepara su comida y aspira a ser chef. Esa es su pasión, aunque no única.
Pinta cuadros -y los vende-; se desvela haciendo crucigramas y sopa de letras; no se pierde ni un programa de "Los 8 escalones".
También mira fútbol, de acá y del mundo. Todo, luego de estudiar y completar los trabajos de la escuela. Y de cumplir con el tratamiento.

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