La avenida del excorsódromo iba quedando vacía, apenas grupos aislados de jóvenes alegres buscaban presuroso la salida a la avenida Paraguay. Eran los que se habían quedado hasta el final, luego del histórico triunfo de Los Pumas, frente a Sudáfrica. Ellos también tenían derecho a ese "pedacito" de gloria, al menos por ese contagiante entusiasmo, mostrado durante la mayor parte del emotivo encuentro. La imagen de esos jugadores, saludando a la gente por todo el estadio, se disparaba a través de los celulares a cada rincón. Salta era epicentro de la "fiebre" Puma, con ese privilegio de haber sido la primera provincia donde la victoria llegó.
El capitán Agustín Creevy lo había anticipado en el último entrenamiento: "Me cansé de decir que hay que aprender de las caídas", y ayer se corrió el telón de un nuevo acto. Al menos, para saber que este equipo no conoce el verbo claudicar. Curiosamente varios de sus integrantes, son nacidos en provincias donde el rugby puso la semilla, que hoy recoge con ese sentimiento que pregonaron muchos caudillos en el pasado. Por decir algunos nombres: el técnico Daniel Hourcade, Nicolás Sánchez y Matías Orlando son tucumanos, Juan Manuel Leguizamón y Facundo Isa, santiagueños y Ramiro Herrera nació en Comodoro Rivadavia. Este modelo debería ser incorporado a otros deportes, el caso del fútbol, por ejemplo, donde abunda la importación.
Cada gesto, mimetizado en la gente común tenía el dulce sabor de la victoria. Los chicos corriendo alegremente con la camiseta de sus clubes, los jóvenes contagiados de esa alegría, prolongaban la tarde; mientras los grandes almacenaban fuerza para lo que se venía. El partido había terminado, pero mucha gente se resistía a abandonar el festejo. Al contrario, hizo el "aguante" a los jugadores esperando que salieran para dirigirse al tradicional tercer tiempo. Se formó una galería, ampliamente custodiada. Había pasado más de una hora y bastó que alguien dijera: "allí vienen" para que la espera se trasformara en felicidad. Nuevamente los Pumas mostraron la clase de deportistas que son: accesibles y sin ningún tipo de divismo. Se acercaron a la gente, solidarios y agradecidos. Fue el momento de las selfies y los autógrafos. En la otra punta, el ídolo sudafricano Bryan Havanna, se retiraba en silencio, pero sin abandonar sus auriculares.
Al final, mis nietos (Martina y Joaquín) me dijeron: "Gracias abuelo por esta fiesta" y yo les dije: "Yo también estaba invitado y la piñata la rompí con mi corazón a punto de estallar".

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