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El terror como estrategia
Hoy se cumplen 40 años de laMasacre de Palomitas. Un fusilamiento de prisioneros, como los que abundaron en esos años aciagos. Un crimen masivo, que se repitió en diciembre de ese año en la localidad de Margarita Belén, en Chaco, y traza una línea represiva uniforme que, por cierto, antecede en muchos años a estos acontecimientos.
En agosto de 1962, el dirigente gremial Felipe Vallese fue el primer desaparecido, durante un gobierno militar de apariencia civil.
En el año 1972, la Masacre de Trelew es otro hito sanguinario en esa trayectoria, como lo sería en 1974 el asesinato en masa de unos veinte combatientes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en Catamarca y como, a lo largo de 1976, una aún no reconstruida cantidad de muertes masivas en todo el territorio del país que fueron presentadas como "enfrentamientos" o "intentos de fuga".
¿No hubo guerra? ¿Hubo guerra? El debate, desde la perspectiva de losderechos humanos, es frívolo. Nadie tiene derecho a fusilar o torturar prisioneros. Ni Jorge Rafael Videla ni Fidel Castro; ni Guillermo Suárez Mason ni el Che Guevara.
El lunes, también, se cumplieron cuarenta años de otra masacre. En la madrugada del domingo 4 de julio de 1976 fueron torturados y asesinados tres sacerdotes y dos seminaristas en la parroquia de San Patricio, en el barrio de Belgrano. El terrorismo, tanto el de Videla y sus bandas como el de Isis y Hezbollah en nuestros días buscan generar impacto.
El relato posterior distorsionó la interpretación de ese episodio. No fue un comando de la ESMA; los indicios posteriores revelan que se trató de una venganza de un grupo de tareas de la Policía Federal. Dos días antes, un comando montonero había hecho estallar una bomba en el comedor de Coordinación Federal, el corazón de la policía. La muerte de cinco religiosos eclipsó la magnitud de la masacre, porque esa misma noche, otras veinte personas aparecieron fusiladas en la Capital Federal, aunque nadie recuerda sus nombres.
Supongamos que hubo guerra. Supongamos que los muertos de Palomitas formaban parte de organizaciones armadas, lo cual no está comprobado y seguramente en la mayoría de los casos es falso: ¿Algún código de guerra legitima esas muertes? ¿Algún argumento estratégico puede admitir el asesinato alevoso de un cura de 68 años, ultra conservador, como era el palotino Pedro Dufau?
La pregunta es más amplia: ¿Qué peligro representaban para la Nación las víctimas de Margarita Belén y Palomitas, si en todo caso ya estaban presos?
El terrorismo busca generar, justamente, terror. Y es una forma de violencia política que siempre encuentra alguna forma de apoyo en el Estado, o en un Estado extranjero
El horror que hoy nos inspira el Estado Islámico, también conocido como Isis, como hace dos décadas los atentados del fundamentalismo islámico contra la Argentina, llevan la misma impronta.
La vida humana, que es el valor más sólido que hoy puede sostener la esencia del orden jurídico, estaba y está absolutamente relativizada, incluso de parte de los organismos de derechos humanos y de los llamados "partidos progresistas".
Mariano Ferreyra, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán son recordados por los partidos a los que pertenecían. También se recuerda a los siete muertos de Plaza de Mayo de diciembre del año 2001, pero en esas jornadas murieron 35 personas en todo el país. La "memoria" es selectiva.
La mayoría están olvidadas, exactamente igual que unos treinta muertos durante los saqueos de 2011 y 2013, y otras veinte víctimas producidas a partir de 2010 en la represión de ocupaciones de tierras o conflictos con la etnia qom en Formosa, Santiago del Estero, Chaco y Jujuy.
La subordinación de la vida humana a intereses supuestamente superiores es el principio del totalitarismo.
Esto va más allá de las pertenencias políticas y las coyunturas históricas. Si no se valora la dimensión sagrada de la persona y la inhumanidad del terror disfrazado de ideología, religión o patriotismo, el Nunca Más será una quimera.

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