La masacre de más de 80 personas, que dejó además un centenar de heridos en Niza muestra el rostro más sanguinario de la nueva forma de guerra del siglo XXI y revela el conflicto político más profundo que afronta el mundo contemporáneo.
La irrupción del Estado Islámico (EI o ISIS, como se lo identifica) expresa la voluntad de poder de una fracción violenta del jihadismo dispuesta a enfrentar no solo al enemigo histórico del terrorismo islámico, Israel, sino a gobiernos de otras corrientes islámicas, a Occidente y a Rusia.
ISIS se propone construir una hegemonía política en la región de Medio Oriente y hoy lleva adelante una guerra territorial en Irak y Siria. En ambas, viene perdiendo terreno, a manos de los gobiernos de Damasco, Rusia y Francia, involucrados directamente en el conflicto. La organización ha dejado atrás experiencias precedentes, no solo la Organización para la Liberación Palestina (OLP), o la libanesa Hizbollah, que actuaba al amparo de Siria y Teherán, sino también de la más espectacular que efectiva Al Qaeda.
Ante las derrotas militares, que le restaron territorio y, en consecuencia, capacidad de recaudación en impuestos y venta de petróleo iraquí, ISIS responde con un manejo terroríficamente magistral de las redes sociales y de los crímenes masivos y espectaculares como instrumento de guerra.
Las redes sociales son el medio utilizado por ISIS para enrolar a jóvenes musulmanes de todo el mundo, capitalizar sus frustraciones y generar en ellos una mística que los convierta en terroristas suicidas. Desde el punto de vista militar, logran dominar así el factor sorpresa. Lo militantes no reportan directamente a un jefe, utilizan explosivos de fabricación casera o, como ocurrió en Niza, un camión de gran porte arrojado contra una multitud.
Contrariamente a lo que se suele pensar, ISIS no es una organización conducida por fanáticos religiosos, sino por estrategas que se rigen con criterios totalmente racionales. Utilizan el fanatismo de sus cuadros militantes, pero para la construcción de un poder político y económico aplicando el principio entronizado en el siglo XIX por el militar prusiano Carl von Clausewitz: "La guerra es la continuación de la política por otros medios".
La organización respondió a los bombardeos de Rusia derribando un avión civil de ese país con 224 personas bordo, en Egipto, en octubre de 2015. Con idéntico criterio produjo tres operaciones criminales espectaculares en Francia, que dejaron 231 muertos: la masacre en la revista Charlie Hebdo, en enero; los atentados simultáneos del 13 de noviembre en París; y el jueves, el ataque en Niza, durante la conmemoración de los 227 años de la Revolución Francesa.
Esta organización es un enemigo agazapado que tiene como teatro de operaciones a todo el planeta. Los líderes mundiales, encabezados por el papa Francisco, Barack Obama, Vladimir Putin, Angela Merkel y la nueva primer ministro británica Theresa May, temen que el Estado Islámico, que se presenta como la restauración del antiguo Califato medieval que abarcaba desde Persia hasta la península ibérica, termine desestabilizando la de por si sumamente frágil paz mundial.
El atentado de Niza fue casi simultáneo con el intento de golpe de Estado en Turquía. Su presidente Recep Erdogan lidera un gobierno fuerte, considerado autoritario, de inspiración islámica pero también enfrentado con ISIS; y también distanciado de Estados Unidos y Rusia por divergencias surgidas de otro conflicto étnico: la nación kurda.
En este rompecabezas, es tan frágil el sistema de relaciones que la dictadura de Bashar al Assad, en Siria, y el gobierno teocrático chiita de Irán dejaron de ser enemigos para convertirse en aliados, al menos provisorios, de las potencias occidentales.
En esta coyuntura mundial, cuando el sistema democrático y representativo se muestra en crisis, el socialismo ha naufragado y los refugiados se convirtieron en un problema político y social incontenible, la nefasta experiencia de las guerras de Afganistán e Irak demuestran que la imprudencia belicista solo agrava los conflictos.
La única opción para los pueblos y sus líderes es la de agotar las instancias para la resolución pacífica y la eliminación definitiva de la violencia, que parece una utopía, pero debe ser una esperanza y una línea rectora.

¿Qué te pareció esta noticia?

Temas

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora