La masacre perpetrada en Francia causa desolación en el mundo. Como siempre, la violencia genera dolor para la mayoría y beneficio, si lo hubiere, para unos pocos.
Las declaraciones de Barack Obama y Vladimir Putin sobre el múltiple atentado ponen de manifiesto que las potencias lo consideran como un hecho de guerra y que identifican a la organización ISIS como un enemigo al que consideran necesario enfrentar, derrotar y neutralizar.
El comunicado emitido ayer por la organización islamista ISIS no solo reivindica la autoría de ese baño de sangre, sino que exalta el valor ético y religioso de la inmolación de los ocho terroristas que asesinaron a 127 ciudadanos desarmados y dejaron gravemente heridos a cerca de doscientos. Es claro que la estrategia criminal, al tomar como objetivo un teatro repleto de espectadores, apuntaba a reproducir un "11 de septiembre en Francia", como advertía el Gobierno de este país desde hace varios meses.
ISIS describe a las potencias occidentales como "cruzados", a las víctimas de sus militantes como "infieles", hace referencia al valor simbólico de los objetivos atacados, invoca a Alá y advierte que este es solo "el inicio de la tormenta".
El papa Francisco, cuyas palabras fueron cuidadosamente pronunciadas durante una homilía, en un cementerio, habló de una "tercera guerra mundial" azuzada por "intereses espurios" y permitida por la indiferencia del resto del mundo.
Más allá de los juicios éticos, casi obvios, que genera el terrorismo, es necesario tomar el peso exacto del peligro de guerra que amenaza a la humanidad.
La masacre recuerda al histórico "crimen de Sarajevo", ocurrido el 28 de junio de 1914, que causó la muerte del heredero de la corona del Imperio austrohúngaro y que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Esa guerra inauguró un siglo en el que por primera vez, las víctimas civiles fueron muchas más que los soldados caídos, los genocidios se cobraron 150 millones de vidas y la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, presentó en sociedad a las armas nucleares.
El terrorismo representa un desafío casi inmanejable, por ahora, para el mundo desarrollado. La operatoria de los extremistas, que ejecutan la acción sabiendo que no sobrevivirán, permite a las organizaciones como ISIS sortear con cierta facilidad a los servicios de inteligencia.
Las potencias occidentales se encuentran en estado de alerta desde la década de 1980, cuando la revolución chiita del Ayatolah Komehini puso en funcionamiento la estrategia de realizar atentados en cualquier país del mundo.
Sin embargo, desde entonces, el terrorismo, con diversas expresiones y con organizaciones incluso antagónicas entre ellas, siguió golpeando.
Los atentados contra las Torres Gemelas, los medios de transporte en Madrid y Londres, la masacre en la redacción de la revista Charlie Hebdo y los dos atentados antisemitas ocurridos en Buenos Aires son solo los hechos más recordados de un reguero de sangre y violencia que incluye varias guerras que involucraron a las grandes potencias, como la del Golfo, en 1991, la de Afganistán y la invasión a Irak, como capítulos centrales de las últimas décadas.
El terrorismo que invoca la fe islámica castiga, directa e indirectamente, a los creyentes que no admiten el recurso de la violencia. Las insurrecciones registradas en el mundo árabe, consideradas al principio como una "primavera democrática", derivaron en la aparición de una nueva fuerza, que se pretende "Estado islámico" y que desarrolla una guerra de violencia inédita en Siria y en Irak. Europa y los Estados Unidos debieron cambiar su visión, sus estrategias frente al surgimiento de este nuevo actor político.
Una de las consecuencias del ataque del viernes es que además de cerrarse la frontera a los inmigrantes que huyen de la guerra en Siria, surja en el Viejo Continente una ola de xenofobia que alterará la convivencia con millones de ciudadanos europeos de origen árabe y fe islámica.
Es imprescindible que Occidente asuma la complejidad del fenómeno, que no se reduce a un "choque de civilizaciones", sino que, como dijo el Papa, deja amplio margen para que operen intereses espurios, y que debe ser abordado con entereza moral y absoluta transparencia.
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