El tesoro perdido de la palabra

Javier Cornejo

El tesoro perdido de la palabra

El peligroso mundo en el que cada día nos internamos más y más, nos presenta simplificaciones técnicas, para incentivo de un hedonismo que nos sumerge en el falso "mundo feliz consumista" con el que se nos anestesia. Por un lado el bombardeo de toda una maquinaria tecnológica que altera nuestras funciones cerebrales orientadas por una estimulación neuronal con un claro objetivo, lograr un funcionamiento "repitente" y no "analítico" del cerebro. Es decir: repetir y no pensar.
A ello se suma el consumo de substancias, legales o no legales, fármacos autorizados, pero, de un consumo totalmente masivo en todos los estratos sociales y etarios. En este aquelarre de influencias, se reformula nuestro idioma con un premeditado objetivo de su destrucción en su reemplazo por signos y símbolos que configuran la nueva forma comunicacional de la "red". "Cambiando el idioma se cambian las palabras. Cambiando las palabras se cambian las ideas. Cambiando las ideas se cambian los conceptos. Cambiando los conceptos se cambian las conciencias y las conductas. Cambiando las conciencias y las conductas, se cambian nuestras expresiones artísticas, poéticas, musicales, se cambia nuestra tradición, nuestra moral y nuestra religión", dice el doctor Julio González. O al decir de Miguel de Unamuno: "La lengua es la sangre del espíritu. En el idioma va implícita cierta filosofía, un cierto modo de concebir, y aun más que de concebir, de sentir la vida. Sean cuales fueren los cruces de razas, sea cual fuera la sangre material que a la primitiva se mezcla, mientras un pueblo hable en español, pensará y sentirá en español también". Por ello es esencial la construcción de un país en base al idioma, es decir que a partir de las lenguas nacen los pueblos, y no a la inversa que a partir de los pueblos nacen las lenguas. Indudablemente el lenguaje tiene un valor superior al razonamiento, del lenguaje proviene todo el "hacer". El auge tecnológico comunicacional se suma que pocos leen libros. Y los que leen, saltean la lectura de los contenidos, sin respetar el orden establecido por el autor entre la primera y la última hoja de lo escrito. Ya Ray Bradbury en su novela "Fahrenheit 451" (la temperatura a que arde un libro 232.8º C) nos cuenta la historia de un bombero encargado de quemar libros, porque los gobiernos "ven contraproducente que los humanos lean, pues esto les impide ser felices y lleva a la angustia". Cuando publicó sus obras en 1953 describe una sociedad consumista "en la que la deuda es casi una obligación y se refiere a los programas que ve en televisión como toda familia, una sociedad indiferente ante lo que les sucede a los demás, incluso, indiferente ante sí mismos, más preocupados por la realidad irreal, que les ofrece su televisor, que por su propia vida". Una lucha entre la programación mental y la realidad, entre el "efecto oveja" y el pensamiento crítico, que hoy es llevado a un extremo de "realidad virtual" en una total fusión entre lo cierto, lo real, y lo holográfico artificialmente provocado, planteo que bien fuera presentado oportunamente por la película Matrix: "puedes conocer el camino... el tema es transitarlo". Hoy, para comunicar nuestras ideas apelamos a la presión dactilar sobre un teclado preestablecido que proyecta su resultado a nuestra vista en una pantalla que nos enfrenta. No existe articulación alguna de transmisión de nuestra propia personalidad. Cualquiera que presione el teclado obtendrá la representación de las letras en la pantalla en exacta e igual forma. No ocurre lo mismo con la cadencia que se produce en la representación de ideas y conceptos en una hoja producto de la manual escritura.
El funcionamiento mental de formación de las letras, palabras, presión sobre el papel, resulta producto de un diferente y esencial proceso del conocimiento en que se encuentra inmerso el autor.

¿Qué te pareció esta noticia?

Compartí

0

Te puede Interesar

Comentá esta Noticia