La comunidad y los individuos están en estado de alerta. Como si se hubiera pronosticado un tsunami inminente, la violencia causa pánico. El miedo a ella se generalizó; hay prevención, capacitación de recursos humanos y castigo para sus cultores. Existe un estado de emergencia para poderla controlar.
En sintonía con esta alerta, la Fundación Lapacho, pionera hace varias décadas en este tema, programó distintos encuentros con profesionales y estudiantes para analizar a fondo la teoría y la práctica que causa la violencia individual y social.
Desde el 3 de septiembre iniciará una extensa capacitación todos los sábados, con opiniones, debates y conversaciones con invitados locales y nacionales. Se hablará de las distintas formas explícitas y solapadas que fue adquiriendo la violencia humana que, en algunos análisis, resulta más dañina que la que, a veces, provoca la naturaleza frente a las poblaciones vulnerables.
Esta movilización de la Fundación Lapacho repasará la teoría y la práctica de la violencia en sus distintas manifestaciones. Iniciativas como ésta son escasísimas en un medio donde los anuncios tienen una sutil retórica sin presupuesto y sin practicantes para intervenir en las realidades violentas.
El tema es un debate y preocupación limitada al fisco y casi solo para proteger a la mujer. Faltaba que el tercer sector se involucre con la actualidad. La Fundación Lapacho lo hizo y quedó a la altura de la urgencia que crea el malestar de las pasiones violentas. Pensó en poner el énfasis en la comprensión del "tsunami".
Hoy la violencia es sistémica, institucional, personalizada y también resistida por grandes colectivos que la denuncian como inexorable, en una época dónde el semejante perdió todo valor, excepto para ser tomado por el mal.
La reflexión y la aplicación de los paliativos contra la violencia produce una queja parecida a un mantra. Cada vez que un funcionario opina sobre la materia lamenta la insuficiencia de las normas para regular los vínculos entre los hombres, en la familia, en la sociedad. Es decir, hay una demanda de más controles fiscales.
Desde otro punto de vista, la violencia anida en la pulsión de muerte. Cuando ésta se despierta, suele transformarse en agresión o destrucción. Es el momento de la ceguera moral, donde la censura y las prohibiciones caen como palmeras arrasadas por el tsunami de la violencia.
Lo más notable de la violencia es que produce un goce al que la pone en acto, inclusive no importa si el ámbito es el privado o lo público. Además, favoreció la indiferencia social. Por otra parte, se observa que la violencia opera a través de un fantasma singular que aflora y busca la satisfacción de la pulsión de muerte.
El deseo destructor, inclusive, con nuevas segregaciones, debe ser considerado hoy, en el análisis de la violencia de cualquier tipo.
En la subjetividad yace lo más oscuro del ser (para los antiguos el kakon) y es por eso que no se puede omitir una lectura profunda del síntoma de lo violento.
Lo violento tiene los objetos del deseo del sujeto, cuya elección se refiere a poseer lo que el otro tiene, aunque no se le sirva para nada. La violencia termina con la ilusión del igualitarismo y la fraternidad. El kakon divide radicalmente a los sujetos.

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