El afroamericano de 25 años Micah Xavier Johnson fue el atacante vengador del país más desarrollado del mundo. Excombatiente de la guerra de Afganistán, tomó un fusil que manejaba muy bien y mató en Dallas a cinco policías e hirió a otros siete. La cacería obedeció a un ajuste de cuentas. Quiso escarmentar a la policía con justicia propia, usada antes por la policía para matar a dos negros con el frecuente método del gatillo fácil.
Johnson, a su vez, murió después por la explosión de un artefacto robótico activado por las fuerzas de seguridad. Lo fulminó el progreso de la robótica que manipula bombas en manos de la policía y, también lo liquidó el ideal que encarnó: dar respuesta letal al odio racial, violencia policial y a su desocupación de excombatiente que abunda en los EEUU. A esto se suma lo fácil que es que "uno compre su fusil y se vengue de lo que aspira reivindicar".
En la meca del "saber hacer" de Occidente, cuna de las excelencias universitarias que todo el mundo imita, donde sobran los premios Nobel, sobre todo los de Economía, existen policías de gatillo fácil. Muchos de ese país de capitalismo avanzado y mistificado en la libertad de todo tipo, tienen el prejuicio de vincular a los negros con el crimen. Los afroamericanos por un contraprejuicio son cazadores de policías.
La paz social de EEUU depende de que los policías, los afroamericanos, los tiradores delirantes y fundamentalistas religiosos depongan las armas. La paranoia social tiene un simbolismo: todos contra todos.
¿Acaso la paranoia en EEUU no es interpretar que el orden social se cambia con la violencia generalizada contra todos los sospechados?
Esta forma de locura tiene rasgos religiosos y políticos subjetivos.
La paranoia social de esos ciudadanos produjo la violencia persecutoria en espiral. El otro -en nombre de la interpretación de las creencias- puede infinitamente someterse al deseo destructor de cualquiera.

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Sección Editorial

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