El virus del odio y sus víctimas

José Armando Caro Figueroa

El virus del odio y sus víctimas

Este mes se cumplen 60 años del fusilamiento del general Juan José Valle y creo oportuno reflexionar sobre los crímenes cometidos al dictado del odio.
Al repasar los acontecimientos del primer centenario de nuestra independencia, Joaquín V. González señaló la nefasta influencia que ejerció la "ley del odio" sobre la vida política de la joven nación.
Han transcurrido otros cien años desde aquel histórico Congreso de Tucumán, y no hemos sido capaces de neutralizar o extirpar la semilla del odio que, en realidad, actúa como un virus mutante en nuestras relaciones colectivas vinculadas con la política.
Sobrellevamos un virus que unas veces se expresa en intemperancias y guerras de ideas, y otras en estrategias para expulsar de la sociedad política a "los otros". La idea de que la mayoría puede imponer a todas las minorías su voluntad soberana por encima, incluso, de la Constitución y de los derechos fundamentales es una de las manifestaciones de aquella enfermedad comunitaria.
El virus del odio se hizo presente en buena parte de los conflictos que son consecuencia de legítimas discrepancias ideológicas o de intereses; impidiendo consensos y dificultando su tramitación pacífica y constructiva.
El fusilamiento de Valle no fue el primer crimen político; tampoco el último.
En demasiados momentos de nuestra historia, minorías iluminadas o mesiánicas cayeron en la radicalización de ideas y se sirvieron de los odios para inaugurar ciclos de violencia y terror.
El fusilamiento del general Juan José Valle, decretado en 1956 por el gobierno de facto presidido por Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Francisco Rojas es, a mi modo de ver, una de las tantas manifestaciones del odio político.
Así como redundantemente recordamos las escenografías del odio, es también necesario recordar aquí la actitud del general Valle frente al pelotón de fusilamiento y ante quienes lo ordenaron. En aquel instante supremo Valle no clamó venganza; tampoco comprometió a su atribulada familia ni a sus seguidores en nuevas cruzadas de odio.
En general, los crímenes dictados por el odio asumieron ejecutorias espeluznantes: Así sucedió con los asesinatos de Manuel Dorrego (1828), Ángel Vicente Peñaloza (1863), Pedro Eugenio Aramburu (1970), José Ignacio Rucci (1973). Y con otros episodios masivos de terror como los protagonizados por la mazorca a mediados del siglo XIX, o los bombardeos en Plaza de Mayo en junio de 1955
Por supuesto, el fusilamiento de Valle no fue el primer crimen político; tampoco el último.
Sucede que el virus del odio requiere para sus infames designios encontrar, en crímenes anteriores y de signo contrario, los argumentos para los nuevos crímenes que resuman venganza, aun cuando sus cultores hablen de ajusticiamientos. Es el odio el que explica esta suerte de encadenamiento fatídico de asesinatos políticos. Así, por ejemplo, los Montoneros esgrimieron el fusilamiento de Valle y aquellas bombas contra los reunidos en la Plaza de Mayo para intentar justificar su vile za.
A su vez, los crímenes cometidos desde los extremismos proclamados peronistas, marxistas o trotskistas sirvieron de pretexto para el golpe de Estado de 1976, que inauguró una etapa de terror masivo y de violaciones atroces a los derechos humanos.
Son pocos los que, habiendo protagonizado las manifestaciones más terribles del odio en la segunda mitad del siglo pasado, se han atrevido a la autocrítica. Rescato a quienes, como Oscar del Barco, están derribando muros y prohijando un nuevo y preliminar consenso político alrededor de la consigna "no matar". El siguiente paso sería apostar por el diálogo y la cordialidad entre argentinos. Este nuevo aniversario del fusilamiento del general Juan José Valle y su mensaje conciliador deberían ser oportunidad propicia para profundizar las reflexiones y los debates que nos conduzcan a abrogar la ley del odio.

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