Para ganar sin ir a segunda vuelta, y de acuerdo con los resultados de las primarias de agosto, Daniel Scioli debería superar el 40% de los votos positivos y mantener una diferencia de diez puntos con el segundo. En las PASO, la fórmula oficialista logró 8.720.000 votos, sobre un padrón de 32 millones de personas habilitadas, de las que solo votaron 24 millones.
La coalición Cambiemos sumó 6.791.000 sufragios y consagró la candidatura de Mauricio Macri. UNA obtuvo 4.639.000 votos y el candidato es Sergio Massa.
Es decir, Scioli consiguió el voto del 28% del padrón, el 36, 69% de los votos válidos y el 38,67% de los votos afirmativos o positivos.
Cambiemos, el 28,57% de los votos válidos y el 30,12 % de los afirmativos.
UNA, el 19,52% y el 20,57% respectivamente.
La Cámara Electoral solo toma en cuenta los votos afirmativos. Por si el domingo se repitieran guarismos parecidos, hay que recordar que al restarse 1.216.534 votos en blanco, Scioli ganó dos puntos, Macri uno y medio, y Massa solo uno. La balanza se desequilibra.
Los votos en blanco son válidos porque expresan el rechazo de los electores a todos los candidatos. Sin embargo, esas personas podrían estar garantizando el triunfo de uno de esos rechazados.
Aunque parece una forma de exclusión para ciudadanos que sí expresaron su voluntad, la Cámara Electoral se apoya en la Constitución Nacional, cuyo artículo 97 se refiere a porcentajes de "votos afirmativos válidamente emitidos".
No se trata de personas ausentes (en agosto sumaron más de ocho millones) ni de votos invalidados.
Cabe preguntarse el sentido de considerar al voto en blanco como válido, aunque no se lo tenga presente a los fines del resultado final.
Ese discutible criterio, sin embargo, es el que prevalece en la legislación argentina.

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