Defender el capitalismo en un contexto caracterizado por la hegemonía populista no es cosa sencilla. Los populismos regionales además de degenerar el capitalismo competitivo hasta transfigurarlo en "capitalismo de amigos" o, en términos más precisos, en "socialismo del Siglo XXI", inyectaron en la sociedad lo que el economista austríaco Ludwig von Mises llamara "la mentalidad anticapitalista". Cuando Adam Smith usó la imagen de la "mano invisible" no estaba recurriendo a un argumento de tipo religioso, sino que trataba de describir precisamente la existencia y factibilidad de un orden que no es dirigido por nadie en particular, pero cuyo motor funciona permanentemente en cada intercambio voluntario que cada uno de nosotros realizamos con los otros. El extraordinario crecimiento económico que han vivenciado los países de Occidente a partir del Siglo XVIII (y muchos de los países asiáticos a partir de fines del siglo pasado) no por nada tiene su punto de arranque con la introducción del capitalismo en esas sociedades. Y no en vano, el capitalismo competitivo es hijo del movimiento intelectual que se desarrolló a finales del siglo XVIII y principios del XIX que bajo el nombre de "liberalismo" -otra etiqueta demonizada hasta el hartazgo por la hegemonía populista- ponía a la libertad como totalidad en el centro de los valores sociales, traducido en mercados libres, instituciones republicanas, federalismo político y democracia representativa. La tragedia del capitalismo es que el hombre moderno ha naturalizado la abundancia que de aquél ha resultado y, por añadidura, ha creído que la riqueza es el estado natural del ser humano y la pobreza mera artificialidad creada por el sistema, cuando la verdad es exactamente la opuesta: el hombre nace pobre, y la evidencia empírica nos muestra que es a partir de la introducción del odioso capitalismo competitivo en el mundo cuando el PIB y la expectativa de vida (por nombrar sólo dos variables) comienzan a crecer de manera imparable en el mundo.
Difícil es imaginarnos que bienes y servicios que hoy están al alcance de todos gracias a este sistema basado en la competencia para servir a las multitudes, hubieran sido la envidia de los más ricos de antaño. El capitalismo competitivo no es perfecto ni -a diferencia de muchas de las ideologías que se han puesto en sus antípodas- pretende serlo. Pero es, por qué no decirlo, la mejor opción que tenemos para volver a introducir a nuestra sociedad en la senda del desarrollo, el mérito y la libertad.

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