Los historiadores llaman era a ese tiempo histórico, de ciclo largo, en el que el escenario está dominado por un personaje, un hecho o un proceso; por ejemplo, la era cristiana.
En política se llama era al acontecimiento en el que predomina el conductor o líder del poder; por ejemplo, la era napoleónica, la era peronista.
Liderazgos presidenciales diferentes fueron elegidos en Argentina con el voto popular. Esa claúsula democrática no les garantizó quedar exentos de un proceso penal o, condenados de antemano por la opinión pública que actúa rápidamente como auditor de los gobiernos, aunque el involucrado sea indiferente a ese control.
El síntoma es lo que no funciona, y al parecer la representación del líder -casi en todo el mundo- tiene el síntoma de la desconfianza.
En los casos conocidos, el procesado, subjetivamente, no cree que viva un fenómeno político extremo; la opinión pública adversa sí lo cree, con la ilusión de que se administre justicia. Pero, el impacto contemporáneo del síntoma de la política anómica crea dos lados: el elogio de la inocencia de los investigados y una opinión pública con otro elogio, el de la resignación impotente.
Entre las dos posiciones solo existe un vacío de normas y ley en algunos casos. La ley organiza inconscientemente al sujeto con valores y límites.
Buena parte de la sociedad solicita salir del vacío de certezas y de la falta de valores y límites del poder.
El psicoanalista Jacques Miller escribió que por la influencia que logra el poder "no hace falta mucho para imponerse: esencialmente, algunas palabras bien elegidas".
El cúmulo de noticias sobre los últimos acontecimientos procesales penales que pueblan los medios son una señal social repetitiva en la Argentina: entró por la puerta de los juzgados la era de la sospecha.
¿Alcanzarán "las palabras bien elegidas" para exorcizarla?

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Sección Editorial

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