Junto a Santa Mónica, más allá de Solidaridad y a la vera del río Ancho, varias familias salteñas, en su mayoría jóvenes parejas con algunos hijos, levantaron sus viviendas. Unos pocos ya cuentan con paredes de bloques, sin ventanas ni puerta y sin ninguna seguridad para sus bienes. Les falta de todo, salvo el optimismo. Otras, recién llegadas, pusieron precarias carpas, algunas de nylon, para esperar allí que llegue el tiempo de construir su casa.
Ni se quejan ni piden planes sociales, pero necesitan asistencia. Nicolás Alcalá tiene 19 años; comparte la vida con Ayelén Vera, de 17. Tienen un bebé de poco más de un año y esperan para este verano al segundo. Nicolás es frutero ("Usted ya sabe cómo es nuestro trabajo", dice al cronista). Le preocupan la inflación y el tarifazo, que también llegó a la garrafa.
También, y mucho más, que Ayelén no se puede hacer los controles del embarazo porque no puede dejar sola la casa mucho tiempo.
Lo más urgente para ellos es que la Municipalidad limpie el basural que se levanta frente a su casita y convierta el lugar en un espacio verde, con una canchita, para que los chicos puedan pasar las tardes.
En los barrios del sudeste, a pesar de lo imponente del hospital Papa Francisco y de las buenas instalaciones para el quehacer comunitario, el tema de la higiene y la salud son un problema.
A la gente el Estado no le presta la atención imprescindible.
El nuevo vecindario de Santa Mónica es la prueba de la situación que se vive en las periferias. Las viviendas no dan abasto, son inaccesibles y los alquileres obligan a buscar el terreno propio. Un problema social y, al mismo tiempo, soluciones improvisadas hasta desde el punto de vista jurídico. Más allá de la casa de Ayelén y Nicolás se extienden los lotes delimitados por los propios vecinos. El delegado es Julio, un padre de familia, trabajador registrado, que hasta hace poco vivía en 20 de junio.
Todos tratan de construir su futuro asistidos por dirigentes vecinales, pero todavía sienten muy lejana la presencia del Estado.
La "inclusión", la gran consigna de la época, no llegó todavía a las orillas de río Ancho. Las cloacas, el agua, la escrituración de los terrenos y la construcción de casas elementalmente equipadas son metas aún sin plazos.
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Un reclamo generalizado
La violencia juvenil, las patotas y el paco aún no golpean las puertas de Santa Mónica, pero son la preocupación más profunda y constante que se menciona en los barrios del sudeste. La droga, que es una manifestación de la pérdida de la expectativa de vida, es el fantasma que recorre Solidaridad. Allí, el paco, casi silenciosamente, se cobra muchas vidas jóvenes. Aprovechando la presencia de El Tribuno en la zona, Norma Santillán hace su pedido, que no va dirigido al gobierno sino a la comunidad. Ella es dirigente activa y resonante de las Madres del Paco y pide ropa para personas mayores, jóvenes y niños, zapatillas, cubiertos, ollas, tazas platos "para las mamis". Las "mamis" son las mujeres que sobrellevan la vida con un hijo consumido por la droga. La ayuda puede llegar a Solidaridad 418 Lote 28 Segunda etapa.

Colonia infantil

En el Centro de Integración Comunitaria de Solidaridad, a su vez, están organizando la colonia de verano para niños. necesitan de todo: pinturas, masas de plastilina, lápices, acuarelas, papeles en blanco para los talleres. Para las meriendas, leche, yerba, te, golosinas, galletitas. Juegos de agua, para la pileta, y colaboración para poder llevar a los chicos a los natatorios.
Daniela Castillo, la presidenta del CIC, se propone también llevarlos al cine, para lo cual necesitan una mano de los dueños de las salas y colaboraciones de quienes les sirvan la merienda.
"Quienes puedan darnos una mano, en buena hora. Los chicos lo van a disfrutar y agradecer", dice Daniela.

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