Enemigo diferente, con otros tiempos

Pascual Albanese

Enemigo diferente, con otros tiempos

El fantasma del ISIS recorre Europa. Cuando la crisis humanitaria de los refugiados de Medio Oriente conmovía al Viejo Continente hasta el punto de forzarlo a flexibilizar su política rígida migratoria, una serie coordinada de atentados terroristas en París lo obliga a tomar conciencia de que la guerra no es como el tango. Porque, como dice el refrán, "para bailar un tango se necesitan dos", mientras que con la guerra alcanza con que uno quiera librarla para que el otro tenga que padecerla.
Francia tuvo su propio 11 de septiembre.
El shock que sufre su opinión pública es equivalente al que experimentó Estados Unidos tras la caída de las Torres Gemelas. En esa oportunidad, el Congreso norteamericano tomó una decisión jurídicamente inédita: una declaración de guerra contra el "terrorismo internacional". A diferencia de todas las anteriores guerras de la historia contemporánea, el enemigo no era otro estado nacional, sino una organización no estatal sin reconocimiento legal, conocida como Al Qaeda. Por la naturaleza del conflicto, el teatro de operaciones era, por definición, el mundo entero.
Las tropas francesas participan, bien que limitadamente, de la vasta y heterogénea coalición internacional que combate al califato islámico instalado en Siria e Irak. "­Es por Siria!", gritó uno de los atacantes suicidas que perpetró la masacre en el teatro Bataclan.
El ISIS, que reivindicó la autoría de los atentados como parte de su lucha contra la "Francia cruzada", demostró su voluntad y capacidad de extender la contienda al territorio enemigo.
En Francia viven hoy cerca de cuatro millones de musulmanes. Barrios enteros de la "banlieue" parisina son "tierra liberada", en los que la policía no puede ingresar y donde rige la ley islámica, aplicada por tribunales comunitarios.
Esos lugares, que constituyen también una adecuada guarida para narcotraficantes, son un refugio ideal para las células terroristas.
Más de 2.000 ciudadanos galos de origen árabe, incluso franceses de segunda y tercera generación, se alistaron como combatientes voluntarios del ISIS en Siria y en Irak. No se sabe con exactitud cuántos de ellos han regresado, con un entrenamiento y preparación suficientes como para operar descentralizadamente en atentados como los registrados en París. La profesionalidad de la policía francesa está desbordada por los acontecimientos.
El primer desafío que afronta el sistema político francés es aprender a funcionar en tiempos de emergencia. El presidente Francois Hollande decidió el viernes cerrar las fronteras, algo que no sucedía en Francia desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Más allá de su significación material, la medida tiene una singular relevancia simbólica. Notifica a sus compatriotas que las circunstancias han cambiado. La guerra contra el ISIS ya no se circunscribe a desplegar un portaaviones en el golfo de Arabia. A partir del viernes se libra también en las calles de París.
Pero Francia y todo Occidente enfrentan dos cuestiones mucho más difíciles de resolver. La primera es que, al margen de los recursos materiales de ambos bandos, la guerra es un choque entre dos voluntades. En ese terreno, el ISIS cuenta con una ventaja cualitativa en cuanto a moral de combate. Sus milicianos fanatizados van a la batalla dispuestos a morir por su fe. No ocurre lo mismo con sus oponentes.
La segunda gran cuestión es que en esta guerra asimétrica el terrorismo islámico desarrolla una "estrategia sin tiempo". Su propósito no es tanto ganar la guerra sino librarla eternamente, con la conciencia de que su enemigo solo es capaz de imaginar a las guerras como una interrupción en la paz. Esto exige a Occidente algo que hasta ahora no ha sido capaz de pergeñar: una estrategia ganadora. Mientras tanto, simplemente una "estrategia de contención", indispensable pero insuficiente.
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