Según Homero, en el Estrecho de Messina, entre la Isla de Sicilia y la parte continental de Italia, había dos monstruos que devoraban a los marineros que cruzaban por allí porque al intentar huir de alguno de ellos, fatalmente se aproximaban al segundo. Estos monstruos eran Schylla y Carybdis, siendo probablemente el primero un afilado y múltiple peñasco, y el segundo un feroz remolino. El héroe, Ulises, debió enfrentarse a la decisión de optar por uno u otro con el riesgo de naufragar en cualquiera de los dos casos, pero Ulises habría optado por el peñasco, resignando algunos marineros, porque estaba convencido de que el remolino le habría infligido pérdidas aún más severas.

La encrucijada de las economías

Las economías, a todo esto, tienen también sus Schylla y Carybdis, que son nada menos que la inflación y el desempleo, "monstruos" que claramente representan problemas muy graves y no fácilmente resolubles. La situación de dilema entre la inflación y el desempleo se descubrió a mediados del siglo pasado en Economía y es claro que constituye una limitación a la política económica, porque los esfuerzos que se intenten para atenuar alguno de estos dos flagelos empeora las cosas en términos del otro: menos inflación implica más desempleo y recíprocamente.

La inflación y el desempleo en la Argentina

En la Argentina, a todo esto, esta dicotomía es por demás evidente, como puede ejemplificarse en el período 1983-1989, en el que la tasa de desempleo fue bastante reducida, aunque la inflación fue muy elevada; en tanto, entre 1991 y 2001, la tasa de inflación fue muy pequeña, pero la de desempleo batió récords. Más cercanamente en el tiempo, a partir de 2003 aproximadamente, la tasa de desempleo fue reduciéndose, pero a cambio de un aumento en la tasa de inflación. Por su parte, para el nuevo gobierno a partir del 10 de diciembre de 2015, el dilema entre inflación y desempleo es una realidad también porque una de las herramientas antiinflacionarios -por ahora solamente insinuada- que es la apertura de la economía, en una primera instancia podría provocar un incremento en el desempleo ya que muchas actividades que correlativamente generan empleo quedarían debilitadas si debieran competir con la producción importada, gran parte de la cual se ofrece a precios internacionales en dólares más reducidos que la producción doméstica.

¿Debe abrirse la economía?

¿Debe permitirse que la producción importada compita con la propia, descomprimiendo las presiones inflacionarias, aun a costa de incrementar la tasa de desempleo? O, por el contrario, ¿debería permitirse que la tasa de inflación se mantenga e incluso se potencie, con tal de mantener los niveles de ocupación? Por supuesto, a la Economía no le corresponde responder esta pregunta, porque entraña opiniones sobre lo que es mejor o peor. Sin embargo, lo que le está vedado a la Economía, no le esta prohibido a los economistas, y en el caso de quien esto escribe, es claro que la baja tasa de inflación ha triunfado en casi todas las batallas -recuérdese la elección que gana el radicalismo en el gobierno en 1985 gracias al Plan Austral-, y todas aquellas en las que se impuso el peronismo con Menem, desde 1991 en adelante, gracias al Plan de Convertibilidad. Por otra parte, no es menos cierto que cuando los precios suben se perjudican todos, no sólo los asalariados; en cambio, cuando aumenta el desempleo, solamente lo hacen aquellos que pierden sus puestos de trabajo.

¿Se puede minimizar el impacto negativo de la apertura?

No obstante lo anterior, una forma de no perjudicar a los potenciales desocupados con una apertura de la economía, sería la de conformar un seguro de desempleo por un tiempo acotado que le dé contención a quienes pudieran perder sus puestos de trabajo, hasta tanto las mayores inversiones generen nuevas oportunidades de empleo junto a más bienes y servicios Conforme lo anterior, el Gobierno debería prestar más atención al problema de la inflación, buscando lo más rápidamente posible tasas más reducidas para las subas de precios, porque esto facilita otras medidas, principalmente en relación a la inversión productiva.

¿El dilema inflación-desempleo es estable en el tiempo?

La experiencia argentina y también la internacional es bastante contundente en cuanto a que en términos políticos, económicos y sociales, es muy peligroso sostener altas tasas de inflación durante mucho tiempo, porque elevadas y persistentes tasas de subas en los precios socavan también la producción, logrando justamente que para una misma tasa de inflación el desempleo pase a ser todavía más elevado, esto es, la relación inflación-desempleo se torna más alta porque las expectativas negativas en cuanto a la inflación hacen que tanto empresarios y trabajadores las incluyan en sus decisiones, lo que potencia aun más la inflación, mientras el desempleo se estanca sin que se logren reducciones en el mismo. Sin embargo, este fenómeno también puede presentarse en términos virtuosos: en la medida en que se percibe que la tasa de inflación disminuye, se reducen justamente las expectativas inflacionarias y esto contribuye a crear una corriente inversora que es funcional a la reducción del desempleo, lo que ayuda a que el dilema entre estos dos “monstruos” se presente, inevitablemente como siempre, pero esta vez a niveles más bajos, esto es, con valores más reducidos tanto de la inflación como del desempleo.

El Gobierno debe tomar una decisión

En definitiva, como Ulises, el Gobierno tiene una disyuntiva, y como el héroe de Ítaca, debe tomar una decisión, porque mantener ambos problemas no beneficia a la sociedad, y claramente, tampoco al propio Gobierno.
Es evidente que, como la experiencia de la Argentina lo demuestra, la inflación se ha “devorado” a muchos gobiernos, justa o injustamente, y aunque no es ético desentenderse del problema del desempleo, hay que partir de estabilizar la economía porque sin ella no serán posibles las inversiones, privadas y públicas, única forma genuina de reducir la desocupación.

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