Por qué ganó Trump?
Bill Clinton empleó la frase "es la economía, estúpido" para explicar por qué ganan o pierden las elecciones los candidatos. Sin embargo, Hillary ha descubierto recientemente -con mucha amargura, sin duda- que la economía, para bien o para mal, no lo es todo; o, al menos, no la economía de los que están fuera del sistema, porque a ellos las mejoras no les llegan.
Como siempre, llueven ahora las explicaciones de por qué ganó Trump en Estados Unidos, aunque tal vez la pregunta correcta debería ser: "¿por qué perdió Hillary?". En efecto, proponer que muchos norteamericanos que le dieron el voto a Trump pertenecen a un creciente grupo de blancos-pobres, con carencia de educación universitaria y resentidos con la política tradicional que los ha empujado a esa situación de pobreza, aunque por supuesto es cierto, no es del todo novedoso, ya que esa masa de votantes existe desde hace ya bastante tiempo, si bien su cantidad y desencanto han ido en aumento.

¿Por qué perdió Hillary?

En varios artículos anteriores, el autor de esta nota ha alertado sobre el problema de la distribución y redistribución del ingreso, y no porque los que quedan fuera del sistema y sus penurias no sean conocidos -puesto que están a la vista de todos- sino porque su problema no es "reconocido", vale decir, como los excluidos van formando parte "del paisaje", nadie les concede atención ni se ocupa de explicar qué los motiva y desmotiva, y mucho menos, se interesa en detenerse a pensar cómo se resuelve su situación.
Por supuesto, este no es un tema del que deban ocuparse los periodistas, aunque sí, naturalmente, los políticos, y muy especialmente la economía, que, con excepción de cada vez mejores mediciones de la pobreza y en algunos casos muy buenas recomendaciones de política, carece en cambio de una rigurosa explicación teórica libre de cuestionamientos lógicos acerca de la distribución del ingreso, y ninguna de por qué el reducido crecimiento de las economías va acompañado de un ahondamiento en la brecha de desigualdad, salvo, por supuesto, el caso de los "chiflados famosos", como decía Joan Robinson, que inexorablemente aparecen en tiempos de crisis y en el mejor de los casos encandilan un poco al principio, pero a la larga no logran iluminar nada.

¿Qué hacer?

La inexistencia de un diagnóstico ajustado de la distribución del ingreso -que para David Ricardo era "el principal problema de la economía"- hace que algunos políticos pongan énfasis solamente en los aspectos del crecimiento a las más altas tasas posibles, confiados en que el "derrame" hará luego el resto.
Por su parte, los políticos de la oposición, a su turno, intentarán poner a la pobreza extrema creciente todos los parches que las limitaciones presupuestarias les permitan, sin que ninguna de las dos propuestas logre atacar la cuestión de fondo.

Los que quedan afuera

En un artículo como este no es posible detenerse en tecnicismos, pero no hay que ahondar mucho para descubrir que la situación de los hoy marginados puede mejorar sustancialmente si es posible aumentar su consumo, pero no por medio de planes o asistencialismos diversos, sino a través de empleo genuino, recordando a Amartya Sen, quien sostiene que los pobres no lo son porque no puedan "comprar", sino porque no pueden "vender"; esto es, no pueden "vender" su capacidad de trabajo, porque su preparación no es suficiente para las exigencias del tipo de bienes y servicios que se demandan en la economía.
Conforme esta reflexión, se debe encontrar un "comprador" para este tipo de trabajo, y el candidato natural es el gobierno, por medio de la obra pública focalizada a las necesidades de quienes padecen NBI: los mismos trabajadores marginados que necesitan resolver sus NBI deberían serían contratados por el gobierno para producir estos bienes: viviendas, desagües, agua potable, pavimento, escuelas.
Complementariamente, se debería estimular un aumento en el total de oferta -y no solamente en la cantidad ofrecida- de bienes de consumo, alentando también la contratación de las personas con NBI para su producción. Al mismo tiempo, desde la política se debería procurar que la velocidad de crecimiento de estas alternativas planteadas -a las que deberían sumarse muchas otras que involucren trabajadores desplazados- supere la de la economía más dinámica, ya que, como en las carreras de autos, la brecha de desigualdad se potencia cuando algunos sectores de la economía acumulan una mayor velocidad de crecimiento que los demás, estirándose progresivamente esa brecha, que en el presente caso es la desigualdad social.
Es claro que las alternativas propuestas no agotan la cuestión de la pobreza extrema y el agrandamiento de la brecha social, ya que hay que ocuparse también del tema de la educación, la salud preventiva y muchos otros aspectos que el planteamiento sugerido no aborda, aunque no ignora ni desdeña obviamente. En cambio, debe remarcarse enfáticamente que las alternativas de tipo proteccionistas, nacionalistas y anti-mercado no son la solución a nada, como bien lo sabemos los argentinos que hemos practicado una y otra vez estas opciones que nos han alejado sistemáticamente de las economías que han hecho importantes avances mientras tanto.
Por supuesto, abogar por la más amplia libertad de comercio y el mayor disfrute de todas las libertades claramente no supone ninguna adhesión al "laissez-faire", esto es, no equivale a proponer el desentendimiento del estado de sus funciones que, como decía Keynes, no son el reemplazo del mercado por el estado sino el ocuparse de lo que "nadie hace".
Por último, no está de más recordar lo recientemente señalado en cuanto a la aparición de "chiflados famosos" que ocupan el lugar que la ciencia deja vacante. El problema es que, a diferencia de la economía, en política los "chiflados famosos" generalmente se transforman en "chiflados peligrosos", y los argentinos -junto a algunos latinoamericanos y europeos- conocemos muy bien este hecho y sus consecuencias.



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