El desborde en el pensamiento de un hombre instalado con un cadáver en la morgue de Orán, buscando su satisfacción sexual, impactó como noticia, a no dudarlo.
Seguramente, la curiosidad de un hecho inusual, llevó a muchos interesados a conocer más la trama psíquica sobre este tipo de acción humana.
Algunos encontraron que estas subjetividades se llaman parafilia, denominación del diccionario a los que tienen contacto sexual con objetos extraños.
En 1987 la Asociación Estadounidense de Psiquiatría propuso un cambio exitoso de palabra con el término "parafilia" desterrando al de "perversión" para nombrar a cualquier desorden sexual.
Pero, más allá de la nomenclatura recomendada, "necrofilia" es la palabra más usada en varios ámbitos, incluido el del periodismo.
La historia que se contó de Orán, fue, entonces, una necrofilia.
El estudioso de lo social, Erich Fromm, incluye a esta acción como parte de la destrucción humana, asociada a la violencia y al afecto a la muerte, por el tipo de satisfacción buscada.
En el cuerpo humano se anidan distintas pasiones, una por ejemplo, encontrar la felicidad en el mal negando términamente aquello del "estar bien en el bien".
La sociedad, al necrófilo, lo examina con un zoom y le pone aprensión a la práctica sexual de sentirse atraído por cualquier cadáver. También observa en él una desproporción psíquica enigmática ya que no se entiende cómo son los efectos de las fallas en la ley moral.
Para el derecho, el zoom es diferente. El cuerpo inerte no tiene protección de la ley y la necrofilia no es delito. Se puede profanar, mutilar o hacer canibalismo con un cadáver, que no resultará castigado por el Código Penal. A lo sumo, el necrófilo estaría condenado por su acto si existe una prohibición contravencional que prohíbe "atacar a la moral y a las buenas costumbres". Ese encuadre legal tiene la necrofilia.
Por su parte, el psicoanálisis reflexiona sobre "la voluntad de goce", que hace que el sujeto viva con una pulsión no siempre respetuosa de la ley, sancionada y legitimada por la sociedad.
El psicoanalista Jacques Lacan se refiere a que el fantasma de algunas subjetividades sostienen el goce del sujeto para "discordia" de otros.
Al necrófilo, entonces, lo tiene su voluntad de goce y desde su propio fantasma no conduce otra realidad, la suya.
Esa voluntad de goce alcanzó al coronel Carlos Moore Koëning, jefe del Servicio de Inteligencia del ejército argentino. En 1955, sus oficiales retiran de la CGT el cadáver embalsamado de Eva Perón para esconderlo. El ataúd, secreto de Estado, estuvo en varios domicilios. Moore Koëning no resistió la atracción del cadáver y lo puso en su oficina. La historia investigó que lo acariciaba, hasta que sus superiores dieron al cuerpo el destino después conocido.
La necrofilia tiene formas: contemplación, contacto, mutilación, evocación mental de un cadáver.
El fantasma del necrófilo lo sostiene en la identificación erótica con un cadáver; está convencido de que lo posee. Muchos pueden interrogarse ¿por qué el anudamiento solo a ese cuerpo?... No es el sujeto de la pura lógica, rechaza al orden que le permitiría pensar y reconocerse patético en su acto.

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