¿Es la excesiva autoestima la contracara de un complejo de inferioridad? La flema de los ingleses, la puntualidad de los suizos, la alegría de los brasileños y el ego de los argentinos. El ego es una característica tan aceptada de la personalidad de los argentinos que inclusive el papa Francisco bromea con el estereotipo: "Siendo argentino esperaban que me llamase Jesús II", le dijo en chiste al presidente de Ecuador, Rafael Correa, en una visita privada que dejó de serlo cuando el mandatario contó la anécdota por la red social Twitter.
Y por esta fama, que parece indisputable, es que ha resultado llamativo que la canciller argentina, Susana Malcorra, sorprendiera con una teoría totalmente opuesta. "El problema de los argentinos es que tenemos un enorme complejo de inferioridad y en esto pueden citarme que lo firmo", dijo la jefa de la diplomacia para referirse a la falta de valoración que, según ella, impide el desarrollo de las potencialidades del país.
La flagrante contradicción con el rasgo de carácter más "universalmente reconocido" de los argentinos nos llevó a explorar si acaso la desmedida autoestima y el complejo de inferioridad no eran tal vez las dos caras de una misma moneda.
Las reflexiones existenciales más punzantes se combinan con descripciones desopilantes en la mirada de los expertos.
¿Por qué los latinoamericanos hacen tantos chistes sobre los argentinos?
"El ego es parte de la patología nacional", le comenta a BBC Mundo la socióloga y politóloga Graciela Römer. "Los argentinos de alguna manera se sienten el pueblo elegido: dicen que Dios es argentino, que son el granero del mundo y que están ¡condenados! al éxito", precisa. "Creen que estiran la mano y, como son el pueblo elegido, pueden poner el gol de Maradona y decir que lo hizo Dios", ironiza en referencia al polémico tanto anotado por Diego Maradona al equipo inglés en un partido por la Copa Mundial de Fútbol de 1986 en México.
"Compadritos": el tango y el ego
La idea del ego vastamente desarrollado encuentra una evidencia contundente en los diccionarios de lunfardo, eso que algunos llaman "la lengua del tango" y que constituye la jerga o dialecto popular de Buenos Aires, nacido de la inventiva de las primeras oleadas de inmigrantes.
Si hay una voz que describa al "porteño" o habitante de Buenos Aires es el término "compadrito". Compadrito quiere decir "valiente" pero también "fanfarrón" o "mandaparte". Y es algo así como la figura arquetípica del tango.
En la lista de palabras "lunfardas" relacionadas con el ego se pueden sumar "engrupido" que significa vanidoso o "agrandado" para denotar al que ostenta.
Para el historiador Felipe Pigna, ese "pasado inmigrante" del argentino es determinante para la sobrestimación del "yo" conocida como ego. "El mandato del inmigrante es el mandato del éxito; llega de otro país para que le vaya bien, y la aprobación de que le va bien viene de afuera, no de adentro.
Padecemos de esa referencia permanente al afuera", analiza ante la consulta de BBC Mundo. "Es una constante que aparece siempre cuando uno viaja al exterior del país por ejemplo: vuelves y te preguntan "¿qué dicen de nosotros allá?".
Ego paranoico
Otro caso parecido resultaría de hacer un simple muestreo de las entrevistas a los artistas que visitan Argentina o que estrenan una película y conceden reportajes a medios de comunicación locales. Se observaría que las preguntas que nunca faltan son del estilo "¿qué opinan del público argentino?" o "¿quieren conocer Argentina?".
Y en algunos casos son la primera pregunta del reportaje.
"Algo de verdad debe haber en esto del ego, porque forma parte de un lugar común entre nosotros los argentinos también", reflexiona para BBC Mundo el filósofo Tomás Abraham. "Tenemos una enorme tendencia a ser comparativos, todo el tiempo nos estamos midiendo con el otro.
"Tener sexo para contar"
Pigna va aún más allá y considera que Argentina "es un país donde vivir para las apariencias es algo fundamental y está asociado a un componente muy tóxico en la sociedad argentina que es la envidia". "El sentimiento de la envidia está profundamente arraigado, la preocupación más por lo que hace el otro que por lo que hago yo o el hacer las cosas para contar: desde tener sexo para contar o viajar para contar". Y en este punto es donde tanto los distintos campos de estudio consultados coinciden con la canciller argentina y con el psicoanálisis. "El argentino oscila entre creerse el mejor y sentirse el peor. Y compensa esto narcisísticamente buscando lugares donde ser los mejores del mundo", diagnostica el psicoanalista Diego Sehinkman.
Para la canciller Malcorra, la superación del "nudo gordiano" de la falta de desarrollo en las potencialidades argentinas viene de no valorar las "riquezas infinitas que poseemos". La funcionaria afirma que "el mundo tiene grandes conflictos por falta de agua, alimentos y espacio' y que justamente Argentina "tiene todo lo que el mundo necesita". Pero para eso debe superar su complejo de inferioridad. Para Graciela Römer, el costado más oscuro del ego es que "detrás de una personalidad egocéntrica hay un profundo autoritarismo porque el egocéntrico no puede descentralizarse y por eso no puede competir con el otro, sino que necesita destruirlo para sostener su autoestima".
Acomodar el ego
Con el mal nacional recostado en el diván, los expertos avalan la idea del complejo de inferioridad como la otra cara de la moneda del ego y lamentan el desgaste de energía puesto en ese sentimiento inconducente.
En este sentido, el filósofo Tomás Abraham propone el desafío de "acomodar el ego al costado más positivo de las ambiciones y los logros, porque al fin y al cabo el ego tiene algo vital aunque en exceso pueda llegar a ser autodestructivo". Para el caso extremo de la autodestrucción y aunque parezca humor negro, viene a cuento otro chiste que le gusta contar al papa Francisco, quien también es de origen argentino. "¿Usted sabe cómo se suicida un argentino? Se sube arriba de su ego y de allí se tira abajo".

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