Cuando Barack Obama dirigió el martes 12 pasado su octavo y último "Discurso sobre el Estado de la Unión", ante un Congreso de mayoría republicana que durante su último período de sesiones paralizó la mayoría de las iniciativas de la Casa Blanca, realizó una encendida defensa de sus políticas e instó a la aprobación parlamentaria de proyectos tan polémicos como el levantamiento del embargo comercial a Cuba o el cierre de la prisión de Guantánamo.
Pero Obama esbozó también una larvada autocrítica, a modo de lamento, por no haber logrado superar las disputas partidistas que dividen hoy a la política estadounidense en dos bandos irreconciliables, que dirimirán su supremacía en los comicios presidenciales del martes 8 de noviembre, cuando también se elegirán 34 senadores (un tercio de la Cámara Alta), los 435 miembros de la Cámara de Representantes y los gobernadores de doce estados.
El estilo confrontativo del discurso presidencial está vinculado con la campaña electoral. El lunes 1 de febrero, en Iowa, tendrá lugar la primera de las sucesivas elecciones primarias en los cincuenta estados, en las que demócratas y republicanos escogerán a sus respectivos candidatos. Esa competencia se prolongará hasta junio, pero la proclamación de ambos ganadores se hará esperar hasta julio. El 18 de ese mes se reunirá en Cleveland (Ohio) la convención nacional republicana y una semana después, en Fidadelfia (Pensilvania), lo hará la convención demócrata.

El show republicano
El sistema político estadounidense tiene sus reglas no escritas. Tradicionalmente, cuando el presidente en ejercicio está habilitado para la reelección, la primaria de su partido es apenas una formalidad y la única incógnita surge de la competencia del partido opositor. En cambio, cuando el mandatario en ejercicio culmina su segundo período y no está habilitado para la reelección, las primarias suelen ser altamente competitivas en ambos partidos.
Pero esta vez se presenta una situación excepcional. Si Bien Obama no puede ser el candidato demócrata, nadie duda que ese lugar será ocupado por Hillary Clinton. Las postulaciones del senador Bernie Sanders, exponente del ala izquierda de su partido, y de Martin O'' Malley, exgobernador de Maryland, resultan testimoniales. La atención de la opinión pública se focaliza entonces en la disputa republicana, que en su punto de largada encuentra a nada menos que a once precandidatos y que tiene como atracción principal el protagonismo rutilante del empresario Donald Trump.
Síntoma de esa disparidad en el interés público son los debates televisivos entre los postulantes de ambos partidos, en los que los republicanos duplican en audiencia a los demócratas, aunque las encuestas electorales indican, hasta ahora, que Clinton le ganaría con holgura a cualquiera de los postulantes republicanos.
Precisamente el jueves, cuando no se habían apagado todavía los ecos del discurso de Obama, tuvo lugar el último de los debates republicanos previos a Iowa. Esa cantidad de precandidatos obligó a la cadena Fox, organizadora del evento, a dividir el programa en dos tandas. En la franja principal, discutieron los siete precandidatos que aparecen mejor posicionados en las encuestas: Trump, el senador por Texas Ted Cruz, el senador por Florida Marco Rubio, el neurocirujano afroamericano Ben Carson, el ex gobernador de Florida Jeb Bush, el gobernador de Nueva Jersey Chris Christie y el gobernador de Ohio John Kasich. En un horario preliminar, debatieron los otros cuatro: el senador por Kentucky Rand Paul, la ex titular de Hewlett Packard Carly Fiorina, el exgobernador de Arkansas Mike Huckabee y el senador por Pensilvania Rick Santorum.
El protagonismo de Trump, primero en las encuestas, es el dato central de la competencia. La retórica agresiva de su campaña lo llevó a atacar a Hillary Clinton con el recuerdo del escándalo de su marido Bill con Mónica Lewinsky. Una búsqueda en Google con las palabras "Trump insultos" arroja más de un millón de menciones. Su estilo desagrada a la dirigencia tradicional del Partido Republicano, que preferiría a un candidato con un perfil "centrista".
Pero su afán de distinguirse de lo "políticamente correcto", con su prédica contra la inmigración mexicana y su abierta hostilidad hacia los musulmanes, lo diferencia nítidamente de sus rivales y le rinde excelentes dividendos en las bases republicanas. Hasta cosechó el inesperado elogio del presidente ruso Vladimir Putin: "es una persona brillante y de talento, sin duda alguna. No es asunto nuestro destacar sus cualidades, pero es el líder absoluto en la carrera presidencial".

¿Y quién contra Trump?
El ascenso de Trump hace que, así como a nivel nacional el enigma para los analistas es quién batallará en noviembre contra Clinton, la pregunta central en el campo republicano es cuál de los otros postulantes podría finalmente polarizar contra el controvertido empresario. En este tema, las encuestas son fluctuantes y las opiniones están divididas.
En la contienda de Iowa, Trump aparece en una situación de relativa paridad con el texano Cruz. Nacido en Canadá, hijo de un padre cubano y madre estadounidense, Cruz es uno de los dirigentes favoritos de los conservadores del "Tea Party". Ubicado en el ala derecha republicana, su discurso hace mérito del "excepcionalismo americano", sostiene que Estados Unidos es un país con una misión especial en la historia, rechaza enérgicamente la intromisión del Estado en la economía y enfatiza la lucha contra el terrorismo.
Detrás de Cruz, en los sondeos emerge la figura del senador Rubio, un cubano -estadounidense, también cercano al "Tea Party", pero que a veces parece inclinarse hacia posiciones moderadas. Vinculado a la comunidad cubana de Miami, ataca la política de apaciguamiento con La Habana impulsada por Obama. A pesar de su origen, Rubio, como tampoco Cruz, despiertan entusiasmo en la comunidad hispana, que continúa alineada con los demócratas.
En el cuarto puesto se encuentra Carson, cuya irrupción en el escenario constituyó un episodio conmocionante: un republicano de raza negra, surgido de abajo y transformado en uno de los neurocirujanos más prestigiosos de Estados Unidos. Su imagen, que en noviembre había tenido un fuerte impulso, hasta colocarse en paridad con Trump, en los dos últimos meses sufrió una estrepitosa caída, que fue capitalizada por Cruz.
Recién luego, en quinto lugar, se ubica Bush, quien en un principio constituía la esperanza del “establishment” republicano. Hijo y hermano de dos presidentes, casado con una mexicana, con un perfecto dominio del idioma español y partidario de una reforma inmigratoria integral, el ex gobernador de Florida tiene esa codiciada inserción en la comunidad hispana de la que carecen todos sus competidores republicanos. Si bien logró aportes económicos importantes, su campaña hasta ahora no despegó.
Los demás precandidatos están ya virtualmente fuera de competencia. Lo más probable es que varios desistan a la brevedad y negocien su apoyo a otra figura con mejores posibilidades. El alto mando republicano espera que, a medida que avance el proceso de las primarias, la mayoría de los postulantes abandone la carrera para forjar un frente único “anti-Trump”.
Otra variante posible sería que, frente a la dispersión electoral surgida de la proliferación de precandidaturas, ninguno de los postulantes llegue a Cleveland con mayoría propia y pueda abrirse una ronda negociaciones para ungir un “candidato de consenso”. El inconveniente reside en que Trump ya anticipó que no aceptaría esa alternativa y amenazó con presentarse como candidato independiente, lo que dividiría el voto republicano y aseguraría el triunfo de Clinton.
En cualquier circunstancia, los estrategas republicanos no encuentran la fórmula para salir de una difícil encerrona: los precandidatos con mayor apoyo de sus bases partidarias son los menos indicados para competir con Clinton, y viceversa.

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