José Agustín García Vidal (27), profesor de Educación Física egresado de la Ucasal, estaba trabajando en un gimnasio como entrenador cuando volcó sus aspiraciones laborales hacia el turismo y hotelería marítimos. Si bien había aplicado en 2011 con excelentes resultados, recién en marzo de 2014 viajó a Londres (Inglaterra) para homogeneizar sus conocimientos como personal trainer según los estándares internacionales de la compañía Steiner Transocean y Royal Caribbean, sus contratistas. Después de concluir una capacitación de tres semanas le asignaron tareas en el SPA de un barco de ensueño, elegante y luminoso, el Serenade of The Seas, donde trabajó nueve meses. En el momento en que los nuevos empleados se suben a una embarcación un oficial les dicta un curso sobre principios básicos de seguridad. A cada tripulante se le estipula una función en los procedimientos de seguridad, por lo que cada cual sabe cómo reaccionar en caso de incendio, ante la presencia de olas grandes e incluso si un pasajero o tripulante hubieran caído por la borda.
"El barco es como una ciudad, pero el personal se conoce entre sí. Hay mucha ayuda entre todos porque se encuentran en la misma situación que vos. Cuando llegué la primera semana estaba algo tímido y si bien sabía hablar en inglés, mi dicción no era espectacular; pero los latinos siempre te dan una mano. Al principio te sentís encerrado", recordó José Agustín, que estuvo de vacaciones cuatro meses en Salta y hoy partió a las 6 de la mañana a su tercera misión en el Brilliance of The Seas. En esta oportunidad estará siete meses a bordo. El barco recorrerá el Mediterráneo teniendo como punto de partida Barcelona. Luego echará anclas en Grecia, Italia, Francia, Grecia, Crocacia y Turquía. Ya en noviembre reposicionará su ruta hacia Tampa, Florida y luego partirá rumbo a Jamaica e Islas Caimán.
"Hay cruceros que duran doce días y podés estar en doce países distintos... y cuando volvés de cada viaje te dan dos meses de vacaciones", comentó José Agustín, que disfrutó de un receso más extenso esta vez porque recibió la visita de su novia inglesa Sophie (28), a quien conoció en viaje. Ella integra el staff de bailarines de las compañías.
José Agustín aclara que la posibilidad de conocer los diferentes destinos depende del puesto que se desempeñe en los cruceros y que el trabajo es arduo, pero a quien cumple sus tareas con responsabilidad y dedicación le esperan rápidos ascensos. Por ejemplo él pasó de entrenador de spinning en el SPA a subgerente y luego a gerente.
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Foto: Juan Barthe
Foto: Juan Barthe
Una diferencia abismal entre ambos cargos –que, por otro lado, es común en todas las organizaciones- se puede deducir de su descripción de una rutina laboral. "Por lo general te levantás a las 6.30 y desayunás en el bufé privativo para los empleados. Ahí está disponible la comida entre las 5.30 y las 10; el almuerzo entre las 11.30 y las 14, y la cena entre las 17.30 y 22. Después trabajo por la mañana. Hoy en día organizo los horarios de los masajistas, acupunturistas y de personal que se aplica a otros servicios. Almuerzo a las 13 y vuelvo a trabajar hasta las 20.30, cuando ceno. Después nos tocan las actividades libres como ver algún show, ir al gimnasio o tomar un trago en el bar propio de la tripulación. Luego me acuesto a la 1 o dos y a las 6.30 empiezo de nuevo", relata.
"Cuando yo era entrenador personal tenía camarote compartido, una cama cucheta con un baño pequeño, pero era como un santuario para mí. Corría la cortina de mi cama y era el único lugar en el barco donde podía estar solo", rememora. Ahora que ganó sus ascensos le destinaron un camarote privado con cama doble e incluso le hacen el aseo cada dos días.

El personal

José Agustín comenta que la idea de un puesto en un crucero tienta, en mayor medida, a los habitantes de países del Tercer Mundo, a quienes generalmente no los atrae tanto el "descubrir destinos éxoticos mientras trabajan" o "el único trabajo mientras estás de vacaciones todo el tiempo", sino los beneficios cambiarios que les supone cobrar en dólares en sus lugares de origen. "Acá hay jamaiquinos, dominicanos, costarricenses, nicaragüenses, después de Sudamérica encontrás peruanos, chilenos y brasileños, argentinos muy pocos", dice. Añade que también tiene muchos compañeros de los países de Europa del Este, como serbios y croatas. Si uno encuentra un "paisano" es motivo de festejo. "Me acuerdo de que en mi primera semana de trabajo iba caminando con la remera de Boca puesta y una chica me dijo: '¿Paisano?'. Son códigos que tenemos los argentinos y nos posibilitan encontrarnos. Siempre a bora hay alguno que consige fernet o yerba y se arma la juntada", dice.
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Foto: Juan Barthe
Foto: Juan Barthe

Extrañamiento

Acerca de vivir en torno de la inmensidad del mar, José Agustín comentó: "Te marea mucho al principio, pero después te acostumbrás. Te sentís que te falta el aire, descompuesto. A veces se mueve mucho el barco, pero sentís las olas y un poco de miedo te da, aunque es muy seguro hoy en día". "Si estoy estresado salga a cubierta abierta y miro las olas un rato y es impresionante: se me va todo el estrés. Si bien extraño a mi familia y a mis amigos, quiero seguir con esta vida un año o dos. No la cambio por nada", agregó y es claro que ya está tomado en espíritu por "el mal del mar" del que hablaron –sin conseguirlo explicar- tantos poetas y navegantes.
"A veces estar lejos meses y meses es durísimo... La última Navidad y Año Nuevo los pasé allá, sin mi familia. Estaba al lado del teléfono llorando porque mi mamá, mis sobrinas, mis amigos me hablaban. Guardo todos los mensajes y fotos así cuando estoy bajoneado los veo y me emociono", comparte y con voz ronca abordará un capítulo que ningún salteño Lejos del pago querría escribir en su cuaderno de bitácora. A su papá Andrés le dio un ACV (accidente cerebro vascular) y murió en julio de 2015, mientras José Agustín estaba en viaje y él llegó unos días después del funeral.
"Dos semanas antes de que le diera el ACV a mi papá yo estaba en un crucero en Rusia y me encontré con una familia salteña en ese país. Ellos me preguntaron si quería darles algo para que traigan a Salta y yo les di dos cartas, una para mi mamá y otra para papá. A mi papá se la leyeron cuando estaba en el hospital. El día que lo internaron llegó la carta a Salta y se la leyeron en el hospital. Para mí fue el destino", señala. De los días de José Agustín de sal profunda, de despedidas inmensas y también del buen amor habrá alcanzado a anoticiarse don Andrés. "Hoy no tengo ningún arrepentimiento de haber estado allá porque sé que él estaba muy orgulloso de mí. Mi papá siempre peleó para que me realizara y le gustaba la idea de que me fuera del país. La que seguí es una carrera infravalorada aquí", expresa.
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Foto: Juan Barthe
Foto: Juan Barthe

El amor

Acá en Salta José Ignacio tiene a su mamá Silvia, a sus abuelas Gladys y Salomé y a sus hermanas Monserrat y Solana. "Estoy de novio con una chica de Inglaterra con la que compartimos dos barcos, pero estuvimos separados bastante tiempo también. La relación es muy intensa cuando hay una pareja en la tripulación. Siempre decimos que una relación de una semana en un crucero equivale a un mes en tierra. Y un mes a un año", bromea. Sophie es bailarina y cantante y pertenecía al elenco estable del barco, pero decidió quedarse en Londres, adonde José Agustín planea afincarse el próximo año. Aunque haga planes en tierra, a este salteño aún lo tiene el mar aprisionado en su tela de fechas y lugares.
"Con una experiencia así uno empieza a valorar las cosas simples como juntarse a tomar el mate y ver el cielo y eso allá no lo podés hacer; pero me encanta navegar y a todos les digo que intenten vivir un tiempo en el exterior, siempre se puede regresar, pero mejorado", cierra.

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